Árboles, extraños en la ciudad

Rubén Naranjo Rodríguez

Fotos: FEDAC - Centro de Fotografía Isla de Tenerife - Autor

 

No hace falta un excesivo esfuerzo para apreciar la escasa importancia que tiene el arbolado en las calles de las ciudades canarias, salvo muy contadas excepciones. Incluso aquel visitante que llegue a las islas encandilado por la propaganda de las promociones turísticas, se verá sorprendido por la aridez que por lo general define el paisaje urbano de los pueblos y ciudades del archipiélago. Si en otras latitudes más septentrionales, a las que a menudo se acude a la hora de hacer comparaciones, el árbol es uno más, y en muchas ocasiones protagonista destacado, de los elementos que conforman el espacio urbano, en Canarias no sucede así. El panorama es especialmente desolador en la urbe más poblada, Las Palmas de Gran Canaria, en la que, como señala la arquitecta Saro Alemán Hernández, es bien corta la historia de la jardinería y de pobres realizaciones1. Y ello pese a que este aspecto constituyó una de las reclamaciones más reiteradamente expresadas por la ciudadanía, aunque de forma minoritaria, si bien con momentos de gran implicación popular.

En este sentido, y siempre en referencia a la capital grancanaria, en el baúl de los frustrados recuerdos quedará el intento de reverdecer los pelados riscos que rodeaban la población, iniciada exitosamente por el alcalde López Botas a mediados del siglo XIX2, e incluso la propuesta de crear un jardín botánico en pleno corazón de Vegueta, en el solar donde se levantaba el convento de San Ildefonso y que hoy ocupa, entre otras edificaciones, El Museo Canario. En este quiero y no puedo del arbolado en la entonces ciudad de Las Palmas, quedan propuestas como la primera celebración en Canarias de la Fiesta del Árbol, el 29 de abril de 1902, iniciativa del Apóstol del árbol, Francisco González Díaz, o la puesta en marcha de las primeras asociaciones ambientalistas canarias, como fueron las Sociedades de Amigos de los Árboles, a lo largo de las primeras décadas del pasado siglo.

 

 

Pese a todo, el avance a empujones de la ciudad, más allá de cualquier planificación, simplemente planteaba ocupar el espacio, sin más veleidades arborícolas que rellenar alguna esquina que quedara entre las manzanas de edificaciones, que en un alarde de generosidad podían recibir el misericordioso nombre de “plaza”. E incluso las aceras se reducían a la mínima expresión, sin espacio para bulevares o ramblas en las que poder desarrollar plantaciones de árboles. Si la situación resultaba penosa en la ciudad antigua, matizada por la presencia de las fincas agrícolas y huertas prácticamente insertadas en la población, alcanza su cénit en el ensanche que supuso la expansión hacia al norte, al encuentro del Puerto de la Luz. La única nota verde en este amplio espacio de expansión urbana, más allá de los Jardines de Santa Catalina (actual parque Doramas), felizmente recuperados para la ciudad no sin amplias controversias, lo constituía el actual parque de Santa Catalina, que no era de propiedad municipal, pues dependía de la administración portuaria. Incluso la carretera del Puerto, permanente referencia informativa por su penoso estado, llamada a ser la gran avenida o bulevar de la ciudad, al lado del mar, se convirtió en una triste y anodina calle, de estrechas aceras, pero al menos de pomposo nombre: León y Castillo.

 

En la isla tinerfeña, Santa Cruz supone un referente a valorar, en cuanto a una mayor preocupación por incluir el árbol en el paisaje de la ciudad. Si la creación de nuevas vías se hizo con la idea de que el arbolado constituyera un elemento fundamental de las mismas, lo que tiene su expresión en las diferentes ramblas que definen el tejido urbano, iniciativas como el parque García Sanabria supusieron una auténtica movilización ciudadana, desde que fuera inicialmente planteada en el año 1881 por Patricio Estévanez. Ya a lo largo del siglo XX, jugó un papel fundamental el médico Diego Guigou y Costa, como parte destacada de un movimiento ciudadano que consiguió materializar un proyecto que parecía utópico. Como expresa la profesora María José Betancor Gómez, el doctor Guigou realizó una importante labor divulgativa, no sólo en pro del arbolado de plazas y jardines, sino también de las montañas que rodean Santa Cruz, desarrollando a su vez una intensa campaña para que su ciudad tuviera un gran parque, poniendo siempre especial énfasis en la importancia que esto tenía para el correcto desarrollo de la infancia3.

 

 

En la vieja ciudad de Aguere, sus jardines privados y públicos han acogido a lo largo de cinco siglos una amplia variedad de flora ornamental que forma parte de la personalidad de esta urbe. El catálogo florístico elaborado bajo la dirección de Wolfredo Wildpret de la Torre permite entender y valorar cómo esa variedad de flora que se encierra en los límites urbanos de La Laguna, contribuye a definir el carácter y la personalidad de alguno de los rincones más representativos de la histórica ciudad4.

 

La lucha por el árbol

 

Por señalar espacios que perfilaban la identidad de las ciudades canarias, existen unos cuantos ejemplos que resultan sin duda paradigmáticos. Uno de los más destacados y que más barrancos de tinta hicieron correr en la prensa de la época, fue el llamado “Baobab del Callejón del Judío”. Se trataba de un árbol único que, según refiere Leoncio Rodríguez en su obra Los árboles históricos y tradicionales de Canarias, constituía “una de las más interesantes curiosidades del país”, formándose “caravanas de extranjeros [...] que iban a visitar el baobab”5.

 

 

Según lo describe Eduardo Rodríguez Núñez en las páginas de la Revista de Canarias, en su número 55 correspondiente al 8 de marzo de 1881, se trataba de un soberbio ejemplar de Adansonia digitata. Ante la iniciativa municipal de ensanchar dicho callejón, proponía Rodríguez Núñez dejar el árbol en el centro de la nueva calle o alineado con las nuevas construcciones, pero en cualquier caso respetándolo y protegiéndolo con un enverjado. La prensa local se ocupó largamente del tema, e incluso el referido articulista acudió a solicitar la ayuda del botánico Ramón Masferrer para que también intercediera a favor del monumental árbol6. El botánico catalán se mostró bastante escéptico al respecto, recomendando ante lo que parecía inevitable “una fotografía del pobre condenado a muerte, encargándole, al propio tiempo, procure adquirir todos los datos posibles sobre su edad y dimensiones”7. Pese a la polémica suscitada y las alternativas planteadas, una vez más la estulticia municipal se aplicó con todo el rigor, de tal forma que, según recoge Leoncio Rodríguez, “comenzó el hacha a hundir sus afilados aceros en las entrañas del coloso; tarea larga y difícil que se prolongó varias jornadas ante la fría indiferencia de un grupo de espectadores”. Para concluir señalando: “fueron todas las exequias que se hicieron al pobre árbol, tan admirado de los extraños”.

 

Otro árbol, en este caso sin el exotismo del baobab, pero que llamaba la atención por su majestuoso porte y que también fue motivo de amplia polémica en la prensa de la época, fue el conocido como “Laurel de la Alameda”, en la capital grancanaria. Igual que en el caso del árbol santacrucero, una reforma urbana concebida desde la lógica del frío tiralíneas de la ordenación municipal, determinaba la eliminación de un monumental y casi centenario ejemplar de Ficus microcarpa.

 

 

La polémica suscitada en la isla llegó a un medio publicado en Madrid, la revista España forestal, donde los ingenieros de montes Juan Farias y Luis Morales insertaron un contundente artículo con un no menos destacado titular: “Un caso de dendrofobia aguda. Bellos árboles que desaparecen”8. Se lamentaban los ingenieros, no sólo de la escasa sensibilidad hacia el patrimonio natural, sino de la nula aplicación de la legislación ambiental existente. Algo que, como se comprueba observando actuaciones del pasado y del presente, forma parte de nuestro “acervo histórico”. En palabras de Farias y Morales, “el laurel ‘grande’ de la alameda y sus compañeros de infortunio han sido condenados a la última pena, y al escribir estas líneas se acaba de cumplir la sentencia, entre la mayor indiferencia [...]”, para añadir: “el hecho en sí, en estos tiempos que corremos de mercantil materialismo, no tiene el menor interés para la mayoría de las gentes”.

 

 

Por su parte, Alonso Quesada lo hizo merecedor de su prosa, dedicándole un artículo en el que expresaba de una manera diáfana el porqué de la desaparición del añorado laurel: “Porque sobresale. El laurel no puede continuar en alto. Y enfrente del Casino, menos. Es la perenne historia insular. [...] Durante muchos años se irguió gallardo, superior, espléndido. Pero los hombres pequeñitos diéronse cuenta de que el laurel les vencía en estatura y han acordado suprimirlo. Es un caso de envidia provinciana”9.

 



 

A su vez, en La Palma, la localidad de Los Sauces sufrió en la primavera del año 1932 una irreparable pérdida de su patrimonio natural. En este caso se debió al interés en dejar libre el espacio donde crecía un espectacular ejemplar de Dracaena draco para convertirlo en un “solar edificable”. Drago que, por su porte y belleza, se comparaba incluso con el de la villa de Icod de los Vinos. Si bien en este caso existió cierta movilización municipal, buscando la declaración de “utilidad pública” para evitar su tala, la misma no llegó a tiempo. La prensa, que como otros periódicos jugó un destacado papel de sensibilización a favor del arbolado y de denuncia de los múltiples atentados que sufrían, se hacía eco de esta noticia10, calificando de “atentado criminal” el hecho y pidiendo un “castigo ejemplar” para los responsables, como medio, afirmaba, de conseguir que se reprimiera “el odio al árbol; odio inconcebible y criminal que alientan instintivamente tanto al campesino como al hombre de la ciudad”.

 

 

Por singulares, en cuanto a las particulares características de los ejemplares que fueron talados, no pueden considerarse como únicas las referencias indicadas, pues desde diversos rincones del archipiélago surgían voces que se quejaban de su destrucción, demandaban una mayor preocupación hacia el arbolado existente, o simplemente la masiva plantación en las ciudades y pueblos, en la medida que también los núcleos urbanos van adquiriendo mayor importancia. En este sentido, la preocupación de la burguesía urbana en la mejora de la calidad ambiental de las poblaciones, encuentra reflejo en Santa Cruz de la Palma con la creación de la llamada Agrupación Pro Paseos y Arbolado, sociedad constituida por un reducido grupo de jóvenes empeñados en la plantación de “árboles y flores y la creación de otros adornos indispensables” en las plazas y paseos públicos, con propuestas concretas para determinados espacios, caso de la abandonada Alameda de la capital palmera11.

 

 

La ya mencionada Fiesta del Árbol, de obligatoria convocatoria por Real Decreto desde el año 1915 en todo el Estado12, y que en la inmensa mayoría de los casos tendría como marco de celebración pueblos y ciudades, significará un intento de implicar a la sociedad civil en la mejora del medio ambiente urbano mediante el arbolado de sus calles y plazas. No obstante, salvo la oportunidad de que gozaban los poderes públicos locales de soltar sus discursos y la jornada festiva, con merienda y baile incluidos, de que gozaba la ciudadanía, escaso resultado práctico se obtuvo de estos encuentros.

 

 

El panorama actual

 

Pese a todo, los parques y calles de las ciudades canarias, así como los pequeños jardines urbanos, ven crecer hermosos y en ocasiones singulares ejemplares de árboles, que siguen llamando nuestra atención. Un homenaje a los mismos constituye un precioso trabajo elaborado por Günther y Mary Anne Kunkel, dedicado a los Árboles exóticos cultivados en Gran Canaria, editado en el año 1969 por el Cabildo Insular13. Con la rigurosidad y el cariño que ponían en todas sus empresas relacionadas con el medio natural, las páginas de este texto dan cuenta de una amplia relación de especies cultivadas que enriquecen aún más el patrimonio natural del archipiélago. Algunos llamaron la atención del botánico alemán por su extraordinario porte, caso del conocido como “Árbol bonito” de la antigua carretera de Tafira, cuya imagen del archivo personal de Kunkel ilustra estas páginas. Aunque diezmado de su soberbia copa, sigue dando sombra en su lugar original, lo que no se puede decir de otro espectacular árbol ya perdido: el “Árbol del responso”. La codicia inmobiliaria y la insensibilidad municipal determinaron que el dos veces centenario ejemplar de Ficus macrophylla, fuera arrancado del lugar en el que durante décadas dio sombra a los deudos y acompañantes de los difuntos que recibían sepultura en el vecino camposanto de la vieja ciudad. Hoy agoniza en medio del tráfico, mutilado y convertido en un simple elemento más del mobiliario ciudadano.

 

 

Tal vez sea éste, entre otros muchos, el mejor ejemplo del maltrato que recibe el arbolado, sometido a los caprichos de los ediles de turno, de larga tradición en estas islas, como ha podido comprobarse, o la incapacidad de los servicios municipales encargados de su cuidado y mantenimiento. Enfermedad ésta de la que existe una amplia “tradición” en el Estado español, como lo refleja Antonio Cánovas, autor de un pequeño libro, Voz de alarma14, publicado en 1927 y que era su personal respuesta a las devastadoras podas radicales que perpetraba el ayuntamiento madrileño contra los árboles de dicha villa, “idéntico, por su ejemplaridad –se decía en la dedicatoria– al de otras muchas poblaciones españolas”.

 

 

De más está decir que los árboles ayudan a conformar el paisaje urbano, y paradójicamente contribuyen a humanizar un medio que sin ellos se torna hostil y carente de vida. Son en definitiva el testimonio que nos han dejado aquéllos que nos han precedido y referente de la concepción que se ha tenido, y tiene, del espacio público. Si hemos de valorar la importancia que se le da en Canarias, en su conjunto, al arbolado en los núcleos de población, en razón de los municipios que se han adherido a la Declaración del Derecho al Árbol en la Ciudad, o Carta de Barcelona, creada en junio de 1995, el panorama no puede ser más desolador. Son contadas las localidades isleñas que aparecen en dicho listado, lo que no deja de ser demostrativo del escaso interés que este asunto despierta en los poderes públicos locales. No se olvide que los árboles tardan en crecer bastantes años, unos cuantos más que los cuatro que definen una legislatura municipal, donde parece primar el efectismo, antes que la efectividad.

 

Si ya en algunos periódicos de los años veinte y treinta del pasado siglo es posible encontrar la afirmación de que “el concejal es el enemigo número uno del árbol”, las actuaciones de los servicios municipales aún hoy, y cada vez más15, tienden a “martirizar” al arbolado, en acertada descripción de Ricardo Codorníu y Stárico. Este ingeniero de montes, también llamado Apóstol del árbol, ya denunciaba en el año 1914 “la ignorancia y la rutina [que] hacen que los hombres cometan inverosímiles atentados contra los árboles”. Se quejaba el ilustre murciano de la innecesaria poda a la que son sometidos los árboles ornamentales, la cual “merma al árbol belleza y salud, y de ello debe prescindirse generalmente en los destinados a adornar jardines y parques, a dar sombra en las calles y a producir maderas en el monte”16. En la actualidad, estas podas tan innecesarias como perjudiciales para la salud del árbol y su propia estética, sólo parecen justificarse en un dudoso “gusto estético” o en razón de las generosas minutas que las empresas concesionarias de los privatizados servicios de Parques y Jardines pasan a los correspondientes ayuntamientos. Podas traumáticas, auténticas salvajadas, en cualquier época del año y sin respetar el ciclo biológico de las diferentes especies, que mutilan los árboles, que comprometen su futuro y que en ocasiones se pretenden disimular con los términos de “terciado” o “limpieza”17. En no pocas ocasiones estas podas salvajes se justifican en el “desmesurado crecimiento” del árbol, cuando el problema estriba en la inadecuada elección de las especies o el insuficiente espacio en el que las mismas tienen que sobrevivir. Capítulo aparte merece el maltrato sufrido por una de nuestras especies más emblemáticas, la palmera canaria, donde las malas prácticas de jardinería han favorecido, cuando no directamente propiciado, la propagación de múltiples enfermedades y plagas que han ido diezmando la presencia de innumerables ejemplares a lo largo de las calles y plazas de las islas.

 

 

Además de sufrir la contaminación que generamos y que ellos mismos ayudan a combatir, los árboles urbanos deben superar la ausencia de profesionalidad de los “técnicos” encargados de su mantenimiento, las arbitrarias decisiones municipales, el sañudo vandalismo, las consecuencias de obras y reformas que no los tienen en cuenta, y un largo etcétera de calamidades. Tal vez por eso, en otras ocasiones, las remodelaciones urbanas o los nuevos espacios públicos parecen querer el gris frente al verde. Es la labor “creativa” de arquitectos y urbanistas la que condena a la ciudadanía a sufrir “plazas duras”, eufemismo con el que se designan desolados espacios donde prima el hormigón o el cachivache más o menos hortera o posmoderno. Cuando no, simplemente, se acude al árbol o arbusto de plástico o metálico, súmmum de la modernidad.

 

 

Y en este sentido, más allá de la alharaca bienintencionada, pero no por ello menos falsa, de los programas políticos y los proyectos municipales, sigue sin entenderse, en su auténtico significado, que el arbolado es un conjunto configurador de la calidad ambiental urbana. Como apuntan José Antonio Saiz de Omeñaca y Antonio Prieto Rodríguez, autores de un muy recomendable manual de Arboricultura y gestión del arbolado urbano18, ello contrasta con el mal uso que de los árboles se hace en tantas ciudades, así como con la escasa importancia que se suele atribuir al conocimiento de los mismos, aspectos ambos que, añadimos, tienen cumplida ejemplificación en las calles, plazas y parques del archipiélago canario.

 

Notas

1 Alemán Hernández, Saro. Las Palmas de Gran Canaria: ciudad y arquitectura (1870-1930). Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo de Gran Canaria, 2008, p. 131.

2 Los progresos en este sentido resultaban evidentes, si hacemos caso de lo publicado por el periódico grancanario El Ã³mnibus, en su edición del día 20 de mayo de 1857, donde se llega a afirmar que “los árboles que pueblan los riscos, antes desnudos, de San Juan y San Francisco, ostentan en esta primavera todo su verdor, descubriéndose ya perfectamente no sólo de todos los puntos de la ciudad, sino hasta del mar. Recomendamos al ayuntamiento que cuide siempre de conservarlos, y de hacer cada año nuevas plantaciones, porque aquella mejora es una de las que más efecto producirán en el buen aspecto y salubridad de nuestra población”.

3 Betancor Gómez, María José. “El papel de los parques en el desarrollo infantil para Diego Guigou y Costa (1861-1936)”. En: Actas del XVII Coloquio de Historia Canario-Americana 2006. Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo de Gran Canaria, 2008, pp. 1071-1084.

4 Wildpret de la Torre, Wolfredo (et al.). Flora ornamental del casco histórico de La Laguna. La Laguna: Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna; Gobierno de Canarias. Consejería de Medio Ambiente y Ordenación Territorial, 2005.

5 Rodríguez, Leoncio. Los árboles históricos y tradicionales de Canarias. Santa Cruz de Tenerife: El Día, 2001, vol. I, 2ª parte, p. 92.

6 Rodríguez Núñez, Eduardo. “Un árbol notable”. Revista de Canarias, nº 55 (8 de marzo de 1881), pp. 68-69.

7 Masferrer y Arquimbau, Ramón. “Un baobab próximo a desaparecer”. Revista de Canarias, nº 60 (23 de mayo de 1881), pp. 151-152.

8 Farias, Juan; Morales, Luis. “Un caso de dendrofobia aguda: bellos árboles que desaparecen”. España forestal, nº 62 (junio de 1920), p. 93.

9 Quesada, Alonso. “Por qué desaparece el laurel”. En: Obra completa Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo de Gran Canaria; Gobierno de Canarias, 1986, t. 4, pp. 251-252.

10 El odio al árbol: un hecho censurable. La prensa, nº 6.732 (25 de mayo de 1932), p. 1.

11 Archivo de la Delegación Insular del Gobierno en La Palma. Documento A-12, Agrupación Pro-Paseos y Arbolado. 17 de octubre de 1922.

12 Real Decreto del Ministerio de la Gobernación, de 5 de enero de 1915. Gaceta de Madrid, nº 6 (6 de enero de 1915).

13 Kunkel, Günther. Árboles exóticos: los árboles cultivados en Gran Canaria. I. Dibujos de Mary Anne Kunkel. Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo Insular de Gran Canaria, 1969.

14 Cánovas, Antonio. Voz de alarma. Madrid: Editorial Ibérica, 1927.

15 Los ejemplos, desgraciadamente, son abundantes, pero sin lugar a dudas uno que se lleva la palma, nunca mejor dicho, es el caso del edil del municipio de Las Palmas de Gran Canaria, con titulación académica de arquitecto, que ante el derribo por un temporal de viento de algunas palmeras en la calle Bravo Murillo de dicha ciudad, sobre la marcha ordenó talar todas las palmas de dicha vía, acción de la que posteriormente se jactaría, afirmando que no le “temblaría el pulso” para ordenar otro arboricidio semejante “si hiciera falta”.

16 Codorniú y Stárico, Ricardo. Doce árboles: narraciones que dedica a sus doce nietos un forestal en activo. Murcia: El Tiempo, 1914.

17 Al respecto, las atinadas reflexiones y sensatos consejos de un pequeño pero bien documentado folleto, Manual del árbol en la ciudad, editado por Ecologistas en Acción, que debería ser libro de cabecera de aquellos ediles encargados de las zonas verdes de su municipio, así como de los técnicos y responsables de su mantenimiento. Véase: Ecologistas en Acción. Manual del árbol en la ciudad. Madrid: Ecologistas en Acción, 2001.

18 Sáiz de Omeñaca, José Antonio; Prieto Rodríguez, Antonio. Arboricultura y gestión del arbolado urbano. Madrid: Ministerio de Fomento; Ministerio de Medio Ambiente, 2004.

 

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