Los dragos milenarios

Leoncio Rodríguez

 

¬°Dragos‚Ķ! he aqu√≠ a los magnates de nuestra flora. Recios, cicl√≥peos, sombr√≠os, todo en ellos tiene un sello caracter√≠stico de grandeza, de monumento prehist√≥rico, que no lograron remover ni reducir a pavesas las fraguas de los volcanes. Fuertes e inconmovibles en sus sillares de roca, ah√≠ncan sus ra√≠ces en el coraz√≥n de la tierra, y el jugo que la sorben lo convierten en savia de color de p√ļrpura.

 

¬°Qu√© adustez tan especial tienen estos √°rboles milenarios, que no han logrado ‚Äúfamiliarizarse‚ÄĚ con el pueblo! Recluidos generalmente en solitarios lugares, a extramuros de los pueblos, en oquedades sombr√≠as como los del barranco del Infierno, en Adeje, o en las escarpas de las rocas, como los de ‚ÄúLos dos riscos‚ÄĚ, de Taganana, dij√©rase que les atrae la soledad. Mis√°ntropos del reino vegetal, dan siempre, al contemplarlos, una sensaci√≥n de rigidez, de aplomo, de consistencia p√©trea. Pasan los ciclones sobre ellos y ni siquiera estremecen sus ramas. Los vientos se desflecan en sus hojas cortantes y aceradas como dagas, y ac√°llanse sus rumores bajo la copa sombr√≠a, de recia urdimbre, como si temieran despertar al monstruoso dormido...

 

Apologistas ilustres ‚ÄďHumboldt, Dumont d‚ÄôUrville, Leopoldo de Buch, Leclercq, entre otros‚Äď han ensalzado su belleza, consider√°ndolos como una de las especies m√°s curiosas del mundo vegetal. Por su parte, el conocido escritor espa√Īol, Eugenio Noel, lament√°base de que todos hablasen de ellos, menos los escritores nacionales. Lo mejor que se ha escrito sobre la vegetaci√≥n de Canarias, dec√≠a, es extranjero, alem√°n casi siempre. ‚ÄúY, no obstante ‚Äďa√Īad√≠a‚Äď, vale la pena de trasladarse a Icod, a√ļn con los ojos llenos de deslumbramiento de la Orotava, y ver al Teide desde el drago, desde su sombra legendaria y prehist√≥rica contemplar aquel cono impasible, lleno de sol, que sacude los nervios con b√°rbara valent√≠a. Desde ninguna parte el Teide es m√°s bello. Y hasta esa belleza parece prest√°rsela el √°rbol. Dignos el uno del otro, este gigante vivo inspira la idea de que ha de perpetuarse en el tiempo m√°s, mucho m√°s, que la mole muerta del enorme picacho‚ÄĚ.

 

 

Y un ilustre bot√°nico, gran enamorado de nuestros √°rboles, el doctor Masferrer, recordando que los abor√≠genes del archipi√©lago veneraban el drago como un genio bienhechor, dec√≠a que debiera castigarse al que se atreviera a cortarles alg√ļn gajo y premiar, en cambio, al que mejores y mayor n√ļmero de ejemplares hubiese propagado en cierto espacio de tiempo. Y a√Īad√≠a que donde existi√≥ el c√©lebre drago de la Orotava, debiera erigirse un monumento hist√≥rico, con cuatro j√≥venes dragos que se√Īalaran en su alrededor los cuatro puntos cardinales.

 

La edad de estos monstruos vegetales ha sido objeto de grandes disquisiciones cient√≠ficas. Todas coinciden en que tales √°rboles exist√≠an antes de la Conquista, corrobor√°ndolo las escrituras de datas que hicieron los conquistadores al repartir las tierras ocupadas por los bosques, respetando los dragos. Piazzi Smith cifraba la edad del antiguo drago de la Orotava en cuatro o cinco mil a√Īos, y como prueba de su antig√ľedad se cita el testimonio de Cadamosto, de que al visitar Tenerife, a mediados del siglo XV, ya se encontraba el √°rbol en decadencia.

 

Otro tema de discusi√≥n cient√≠fica ha sido la procedencia de esta especie. Algunos la consideraron oriunda de las Indias orientales o del norte de √Āfrica. Otros, como los se√Īores Webb y Berthelot, tan conocedores de la flora canaria, a la que dedicaron largos y minuciosos estudios, coinciden en que se trata de una especie ind√≠gena comprendida en las del primer clima, y particular de nuestro archipi√©lago, as√≠ como de la Madera y Porto Santo.

 

No ha faltado tampoco alg√ļn historiador, dado a la fantas√≠a y a la leyenda, que ha cre√≠do ver en estos √°rboles el fabuloso Drag√≥n de las Hesp√©rides, guardador de las manzanas de oro, ni quien, m√°s expl√≠cito a√ļn, asegurase haber descubierto, a trav√©s de su lente, la imagen del monstruo terrible reflejada en el interior del fruto.

 

En cuanto a su clasificaci√≥n bot√°nica, algunos autores los incluyen en la familia de las palmas; otros, en la de los lirios, por la forma de sus brazos, redondos y lisos, de cuyos dedos parte la hoja, ‚Äúsemejante a la del lirio c√°rdeno‚ÄĚ, y casi todos consid√©ranlos pertenecientes a la clase de los esp√°rragos por la especial estructura de su tronco sin madera, de sustancia esponjosa, que utilizaban los ind√≠genas para rodelas o construcci√≥n de corchos para abejas.

 

Entre los dragos que más celebridad han tenido en la isla debe citarse, en primer lugar, el que existía en el antiguo jardín de Franchy, en la villa de la Orotava. Su fama trascendió a todos los países del mundo, y en libros y crónicas aparece mencionado como una de las grandes maravillas de la Naturaleza.

 

 

Piazzi Smith, que lo muestra en curiosa estampa litogr√°fica, le dedica extensas p√°ginas en sus impresiones de viaje. ¬°Pobre y anciano √°rbol, exclama, cuyo tronco est√° hueco! Cuando Lugo y sus conquistadores, en 1496, establecieron all√≠ el dominio espa√Īol, su tronco sirvi√≥ de capilla para la celebraci√≥n de los santos misterios: antes sirvi√≥ para las reuniones dru√≠dicas entre las tribus guanches por muchos siglos. ¬°Cu√°n fr√°gil no est√° ahora! Una tempestad, en 1819, arranc√≥ una rama, y m√°s recientemente unos b√°rbaros cortaron un trozo grand√≠simo de su hueco tronco para el museo de bot√°nica de Kew. As√≠ que, en vez de crecer en anchura, este √°rbol se iba aniquilando, hasta que el se√Īor marqu√©s del Sauzal, propietario inteligente, entr√≥ en posesi√≥n de √©l.

 

Por su parte, el naturalista Le Dru, de la expedici√≥n francesa del a√Īo 1796, dice: ‚ÄúVi en el jard√≠n de Franchy un drago, el m√°s hermoso de cu√°ntos hay en las islas, y quiz√°s en todo el globo: tiene 20 metros de altura, trece de circunferencia en su parte media, y veinte y cuatro en su base‚ÄĚ.

 

Entre los gajos de su elevada copa hab√≠a una mesa, con asientos para catorce personas, en la cual se sirvi√≥ un banquete el a√Īo 1792, en honor de la embajada inglesa, presidida por lord Macartney, que hac√≠a viaje para el Extremo Oriente. La distinguida comitiva pudo albergarse perfectamente en el amplio espacio que dejaban los cuatro grandes brazos del √°rbol, donde se improvis√≥ una s√≥lida plataforma con galer√≠a exterior para el servicio y una c√≥moda escalera para subir a ella.

 

Desde los ‚Äúventanales‚ÄĚ del original comedor, abiertos a los cuatro vientos, pudieron admirar los ilustres comensales los distintos paisajes del valle, desde las lejanas cumbres de los Realejos hasta las orillas de la costa, orlada de blancas espumas. ¬°Un espect√°culo que s√≥lo pod√≠a ofrecerles Tenerife con su gigantesco drago y su maravilloso escenario!

 

En junio de 1819, un violento hurac√°n destruy√≥ la soberbia copa del drago, quedando √ļnicamente el tronco, en el que se coloc√≥ una plataforma para tapar la hendidura abierta e impedir la infiltraci√≥n de las aguas, y as√≠ se conserv√≥ hasta el a√Īo 1867, en que otro hurac√°n acab√≥ de destruir el hist√≥rico √°rbol, verdadero monumento de la Naturaleza, que causaba la admiraci√≥n de propios y extra√Īos.

 

 

Otro de los dragos notables de la isla, por su majestuoso porte y su amplia y contorneada copa ‚Äďel de Santo Domingo, en La Laguna‚Äď, era el hor√≥scopo de los campesinos para sus barruntos del tiempo. Si el √°rbol florec√≠a por el lado norte, el a√Īo era de lluvia en los altos; si por el sur, tiempo de costa. Y ¬°ay de nuestros campos cuando los dragos no florec√≠an! A este prop√≥sito, un observador anot√≥ el hecho de que el a√Īo 1851, que fue de espantosa sequ√≠a en la isla, florecieron todos los dragos al llegar el mes de agosto. Al siguiente invierno, las lluvias fueron generales en las islas, y costas y median√≠as se cubrieron de verdes sementeras.

 

De este drago, como de los dem√°s, se extra√≠a por incisiones en el tronco un jugo resinoso de color encarnado, que al contacto del aire se solidificaba en la corteza; tal era la famosa ‚Äúsangre de drago‚ÄĚ, de la que dec√≠a un escritor extranjero: ‚ÄúEstando la luna llena sudan estos √°rboles una goma clara y colorada, mucho m√°s astringente que el ‚Äėsanguis draconis‚Äô, que nos viene de Goa y de otras partes de las indias orientales, porque los jud√≠os, que son los droguistas de esos lugares, para ganar y enga√Īar lo falsifican y multiplican con tantos ingredientes que de una libra hacen cuatro‚ÄĚ.

 

Este preciado producto fue objeto de un gran comercio con los antiguos romanos y hasta el siglo XIX con muchos países de Europa que lo utilizaban para curas medicinales, fabricación de tintes y barnices y especialmente para usos dentífricos. La industria llegó a ser de tal importancia que se estableció diezmos sobre ella, proporcionando considerables ingresos al erario insular.

 

El escritor Bory de Saint-Vincent, que en 1804 visit√≥ el drago de La Laguna, dec√≠a hablando de la famosa droga isle√Īa: ‚ÄúLa mayor parte de los viajeros de nuestra expedici√≥n de exploradores, adquirieron en La Laguna, en un convento donde hab√≠a unas encantadoras religiosas, paquetes con residuos vegetales de color encarnado (‚Äėsang de drag√≥n‚Äô), que les recomendaban para la conservaci√≥n de dientes y enc√≠as. El mejor elogio que puede hacerse de la peque√Īa mercanc√≠a es que las j√≥venes religiosas ten√≠an todas la ‚Äėboca fresca y bella‚Äô‚ÄĚ.

 

De los demás supervivientes de la especie, que son motivo de orgullo para Tenerife por el interés que despiertan entre cuantos extranjeros visitan la isla, corresponde el título de honor al drago de Icod, considerado como el más antiguo del archipiélago.

 

Los naturalistas han coincidido casi todos en asignarle una edad de m√°s de 3.500 a√Īos. Su base tiene un per√≠metro de doce metros y la altura del tronco, hasta la copa, m√°s de catorce metros.

 

 

Hasta tal extremo es famoso y digno de estudio este √°rbol, que siendo ministro de Fomento el se√Īor Gasset, en un decreto que public√≥ sobre Parques Nacionales, en febrero de 1917, dec√≠a: ‚ÄúIgualmente deben catalogarse todas las dem√°s particularidades aisladas notables de la Naturaleza patria, como grutas, cascadas, desfiladeros, y los √°rboles que por su legendaria edad, como el Drago de Icod, por sus tradiciones regionales, como el ‚ÄėPino de las tres ramas‚Äô, junto al santuario de Queralt, o por su simbolismo hist√≥rico, como el √°rbol de Guernica, gozan ya del respeto popular‚ÄĚ.

 

El gigantesco drago, consignaba tambi√©n en un informe oficial el ingeniero jefe de Montes, se√Īor Ballester, ‚Äúsimboliza el ocaso de una flora antediluviana, tan pr√≥xima a ser del dominio paleontol√≥gico, que acaso sean estos ejemplares que nos restan en Canarias y otros muy contados del continente africano, la √ļltima representaci√≥n del paso de esta colosal especie por nuestro planeta‚ÄĚ.

 

El a√Īo 1907, con motivo de la visita que hicieron a esta isla los profesores y alumnos del Colegio Polit√©cnico de Z√ļrich, estuvieron en Icod ocho d√≠as dedicados a estudiar el drago y sus caracter√≠sticas m√°s esenciales. De dichos estudios dedujeron que su edad era de 2.500 a√Īos.

 

En los √ļltimos tiempos, el √°rbol ha sido objeto de sol√≠citos cuidados por parte de la municipalidad de Icod, lo que habla muy alto de la cultura de sus habitantes, contrastando con la enemiga que en pasadas √©pocas se sent√≠a en Tenerife por todo lo que representaba belleza y ornato para nuestra tierra. Refiere a este prop√≥sito, el se√Īor Masferrer el siguiente episodio:

 

‚ÄďHace ya no s√© cu√°ntos a√Īos que al propietario del hermoso drago de Icod se le hab√≠a ocurrido cortar el √°rbol porque le perjudicaba. Acert√≥ en aquel mismo tiempo a ir a Tenerife un naturalista ingl√©s que, con el prop√≥sito de ver todo lo que de notable tiene la isla, fue a Icod con el principal objeto de estudiar aquel famoso ejemplar de drago. ‚ÄúMuy a tiempo ha venido usted ‚Äďle dijeron al llegar a Icod‚Äď. Dentro de poco no habr√≠a podido usted satisfacer los deseos de ver el citado √°rbol, ya que su due√Īo lo va a cortar de un d√≠a a otro‚ÄĚ. ‚Äú¬°Ah! ‚Äďexclam√≥ sorprendido el ingl√©s‚Äď, en ese caso ya no s√≥lo me interesa ver el √°rbol, sino que quisiera, adem√°s, tener el gusto de conocer a su due√Īo‚ÄĚ. ‚Äú¬ŅY para qu√©?‚ÄĚ, le preguntaron. ‚ÄúPara pedir su retrato, que pienso publicar en alguno de los peri√≥dicos ingleses ilustrados, poni√©ndole al pie: ‚ÄėFulano de Tal, canario civilizado a√ļn, que acaba de cortar el m√°s hermoso drago de Tenerife‚Äô‚ÄĚ.

 

Afortunadamente, el hist√≥rico √°rbol sigue en pie, venerado y admirado de todos, y contin√ļa exhibi√©ndose al visitante, con su rugoso tronco carcomido por los siglos, como una de las m√°s notables curiosidades de la isla.

 

Admirable vestigio del pasado, bien pudo decirse de él, como de la vieja encina de Gabriela Mistral:

“El peso de los nidos fuerte no te ha agobiado.

Nunca la dulce carga pensaste sacudir,

no ha agitado tu fronda sensible otro cuidado

que ser ancha y espesa para saber cubrir."

 

Bibliografía

Rodríguez, Leoncio. Los árboles históricos y tradicionales de Canarias. Santa Cruz de Tenerife: la Prensa, ca. 1940, pp. 99-110.

 

 

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