La agroecología

Un enfoque necesario para la gestión
sostenible de los sistemas agrarios

 

José Luis Porcuna

Servicio de Sanidad Vegetal. Generalitat Valenciana

Fotos: Autor - Rincones

 

La utilización de términos como Agroecología, Agricultura Eco-lógica o Sostenibilidad, resulta ya habitual en nuestra sociedad, aunque apenas hace poco más de diez años, su uso estaba restringido a los ambientes y sectores más marginales ocupados por el movimiento “ecologista”.

 

 

Entre estos términos, es especialmente el de “sostenibilidad” el que se ha convertido en un auténtico comodín de moda. Hace tiempo que no aparecía en el vocabulario un término tan versátil. Desde un político a un director de empresa, desde un sindicalista a un estudiante, la utilización del termino está garantizada. Tanto en un informativo de un medio de comunicación como en un informe científico o en una conversación informal, su uso es casi obligado. Sin embargo, si analizamos el significado que le confiere cada usuario del término, nos encontramos con grandes divergencias en sus contenidos.

 

En efecto, es habitual que tanto personas cualificadas como instituciones altamente reconocidas utilicen el termino “sostenibilidad” para componer discursos revestidos de color verde, que en realidad contienen importantes contradicciones conceptuales y terminológicas. Quizás, el retraso de las instituciones educativas y de investigación en abordar los temas ecológicos y medioambientales ha favorecido que se produzca y se mantenga la confusión.

 

 

El desarrollo legislativo del marco europeo refleja con precisión esta situación. Efectivamente, en el Tratado de Roma de 1957, cimiento de la Comunidad Económica Europea, no aparece ni una sola palabra sobre medio ambiente.

 

En principio esta aseveración podría parecer sorprendente, pero en aquellos tiempos la estrella era el “productivismo”; se tenía una fe ciega en un crecimiento económico sin freno, y ninguno de los futurólogos, economistas y científicos de la época podían prever un cambio de sensibilidad y mentalidad que pudiera cuestionar y frenar ese mismo crecimiento.

 

Han de pasar casi 15 años para que aparezca en la cumbre celebrada en París los días 19-20 de octubre de 1972 una referencia clara sobre el medio ambiente: “[...] los Jefes de Estado y de Gobierno subrayan la importancia de una política medioambiental comunitaria. A este fin invitan a las instituciones [...]”.

 

 

De nuevo fue necesario que pasaran algo más de 15 años para que el Comité Económico y Social de la CEE, en Dictamen de 13 de diciembre de 1988, señalara la actividad agraria basada en la utilización de insumo químico como causa importante de degradación de suelos y medio ambiente en general. En este sentido, dicho dictamen recogía la necesidad de:

 

• Controlar los efectos negativos de la actividad agraria.

• Limitar los efectos de los fitosanitarios.

• Reducir la excesiva utilización de fertilizantes minerales.

• Controlar las concentraciones de instalaciones de ganadería industrial.

• Luchar contra la desertización.

• Implicar al agricultor en la protección del entorno.

 

 

Sin embargo, estas consideraciones no aparecen recogidas entre las prioridades de investigación hasta el año 1994. Efectivamente, para el cuatrienio 1994-1998 (Área 4 - 684 MECU), la Unión Europea propone: “[...] investigaciones para una reorientación de la Agricultura Comunitaria hacia sistemas de producción menos intensivos, aceptables ambientalmente, viables económicamente y capaces de mantener empleo [...]”, señalando específicamente las siguientes líneas:

 

• Protección de la biodiversidad en agricultura.

• Desarrollo de variedades adaptadas a condiciones adversas.

• Desarrollo de la agricultura ecológica.

• Análisis del impacto socioeconómico y ambiental del abandono.

• Manejo de recursos hídricos escasos y prevención de la salinización.

• Interacción agricultura-medio ambiente.

• Desarrollo de prácticas agrícolas respetuosas con el medio ambiente.

• Desarrollo de métodos no químicos o con bajo empleo de químicos y manejo integrado de cultivos.

<

• Desarrollo de equipos mecánicos que reduzcan contaminación y erosión.

• Desarrollo de métodos de producción de bajo insumo que permitan la mejora de la calidad de los productos agrícolas tradicionales.

 

 

La agroecología. Un enfoque holístico de la ciencia

 

Durante muchísimos años el hombre se fue adaptando a la evolución de la naturaleza, de tal forma que la coevolución que se producía aseguraba el sometimiento de éste a las leyes naturales y garantizaba los equilibrios de los sistemas biológicos. Sin embargo, en muy pocos años los papeles se invirtieron. La ciencia permitió al hombre dominar numerosos aspectos de la naturaleza, y el hombre ha pasado en poco tiempo de temerla a desarrollar programas para protegerla. De esta manera el curso de la coevolución se rompía.

 

 

Esta falta de sincronismo entre evolución y adaptación se hizo especialmente patente en el mundo vegetal, donde la utilización de variedades híbridas provocó la pérdida de miles de variedades locales (abiertas), que habían evolucionado ligadas a zonas y a manejos determinados, y que fueron literalmente barridas de la mayor parte del planeta.

 

En la agricultura moderna, las formas de producción se caracterizan sobre todo porque requieren una extracción continua de energía proveniente de la naturaleza. Esta energía provoca a su vez una descarga residual en el aire, el agua y la tierra que genera grandes cambios y problemas, tal vez mayores que los que se pretendía solventar (Sevilla, 1993).

 

Para muchos científicos la velocidad de dichos cambios ya ha superado la capacidad de adaptación de la propia naturaleza, y varios límites esenciales, que garantizan la estabilidad de los sistemas terrestres, ya han sido transgredidos: el calentamiento global, la extinción de especies y el ciclo del nitrógeno.

 

 

Otros límites esenciales están a punto de ser sobrepasados: el uso del agua dulce, conversión de bosques en cultivos, acidificación de los océanos y el ciclo del fósforo. También preocupan los límites de la contaminación química y la carga de aerosoles en la atmósfera. Todos ellos constituyen las señales palpables de que avanzamos hacia una situación de crisis ambiental profunda.

 

Frente a esta situación, la agroecología surge como enfoque científico para dar respuesta a la crisis ecológica y sobre todo frente a los graves problemas medioambientales y sociales generados por el desarrollismo.

 

Desde esta perspectiva, la agroecología puede ser definida como “la disciplina científica que enfoca el estudio de la agricultura desde una perspectiva ecológica, pretendiendo construir un espacio teórico que permita analizar los procesos agrarios desde una perspectiva holística (global), incluyendo la perspectiva del espacio y la del tiempo, y considerando ensamblados los problemas sociales, económicos y políticos” (Altieri, 1992, 1995).

 

De esta manera, desde el enfoque de síntesis, la agroecología se manifiesta como una ciencia viva, una ciencia con corazón. Una ciencia que no pretende estar en el pasado, ni en los libros, ni en las elucubraciones de los historiadores agrarios, ni es aséptica, ni ajena a la realidad de la agricultura moderna:

 

 

• Una ciencia políticamente democrática, porque incorpora y tiene presente en sus análisis a la mayoría de los ciudadanos, constituida inevitablemente por los que aún tienen que nacer.

 

• Una ciencia económicamente justa y solidaria, en cuanto que valora la multifuncionalidad de las parcelas agrarias, especialmente en los servicios que prestan a la naturaleza los campos cultivados: manteniendo el paisaje, preservando la biodiversidad, conservando los suelos, sosteniendo una población, su cultura, sus ritos y sus tradiciones..., además del valor que puedan obtener sus productos en los mercados.

 

• Una ciencia socialmente ética, en la que aparece como inexcusable, para cualquier investigador vinculado, la obligación de introducir tales consideraciones en sus perspectivas de análisis.

 

• Por último, la agroecología se define como agronómicamente sostenible, puesto que se dota de los instrumentos científicos y técnicos necesarios para el análisis y el diseño de sistemas agrarios perdurables.

 

Sostenibilidad. Es el momento de plantear un decrecimiento sostenible

 

La necesidad de plantear un nuevo modelo de crecimiento aparece cuando se publican los primeros estudios del Club de Roma, continuados con el informe Global 2000, de 1980.

 

 

En 1987, para corregir los efectos del crecimiento sin límites, se publica el informe Brundtland. Este informe, elaborado por la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, establece el desarrollo sostenible como método oficial para corregir los efectos de la crisis ecológica. En él, el desarrollo sostenible se define como aquél “que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas propias”.

 

En general, en la mayoría de los informes y estrategias oficiales se confunde el desarrollo con el crecimiento, quizás porque en nuestra sociedad occidental éstos los percibimos unidos. Sin embargo en muchas zonas deprimidas y en países pobres el desarrollo se suele obtener a través de la mejor distribución de los recursos, mientras que el crecimiento suele generar en muchos casos una mayor pobreza para la mayoría de la población.

 

Lo que es evidente es que “a la vez que se extendía la preocupación por la ‘sostenibilidad’ se subrayaba implícitamente, con ello, la insostenibilidad del modelo económico, hacia el que nos ha conducido la civilización industrial” (Naredo y Valero, 1999).

 

Conviene también matizar que la mayor parte de las definiciones de sostenibilidad derivan del lenguaje político y económico, más que de la ecología –la ecología habla de “estabilidad” y de “evolución” de los sistemas, pero no de “sostenibilidad”–. Además, el término “sostenible” nació acompañado de aquel otro de “desarrollo” para hablar así de “desarrollo sostenible”, sintagma que pertenece al arsenal propio de los economistas. Así, cuando un nuevo concepto compuesto, que pretende ser de síntesis, toma sus dos componentes de una sola de las partes en conflicto, indica ya en la resultante el triunfo de la parte dominante, en este caso la economía (Naredo, 1999).

 

Herman E. Daly analiza y aclara los conceptos de “desarrollo” y “crecimiento” de la siguiente manera: “Crecer significa aumentar el tamaño [...]. Desarrollarse significa expandir o realizar las potencialidades con que se cuenta, acceder gradualmente a un estado más pleno, mayor o mejor. Una economía puede crecer sin desarrollarse, o desarrollarse sin crecer, o hacer ambas cosas o ninguna”.

 

 

Víctor M. Toledo (1995) aún matiza más la expresión “desarrollo”, ya que para él “significa no sólo integrar aquellos sectores o núcleos sociales o países que se hallan retrasados [...] sino que equivale a destruir, en muchos casos, su capacidad de suficiencia material y espiritual, es decir se les despoja de sus habilidades para dotarse por sí mismos de alimentos, energías, agua… así como de ideas, inspiraciones, sueños y proyectos de vida”.

 

En relación a esto, Calatrava (1995) considera que “no existe desarrollo rural si no está basado en la agricultura y su articulación con el sistema sociocultural local, como soporte para el mantenimiento de los recursos naturales”.

 

Para la agroecología, la economía es un subsistema de un ecosistema global. Este ecosistema global es finito y sus equilibrios son frágiles. En consecuencia, plantearse el crecimiento sostenido de la economía resulta algo nítidamente imposible e inviable en un periodo largo de tiempo, ya que se pretende construir un sistema infinito en un mundo finito, frágil y limitado.

 

Para la agroecología, además, los problemas sociales son mucho más complejos que los tecnológicos, por lo que las soluciones apuntadas por el informe Brundtland aparecen como muy parciales. En este sentido compartimos las críticas realizadas por muchos científicos, como Weinberg, quien afirma que “las soluciones tecnológicas sirven para arreglar los problemas sin tener en muchos casos que eliminar las causas del problema”.

 

Valores agroecológicos de los sistemas agrícolas tradicionales

 

• La importancia de las estructuras parcelarias en “mosaico”: Si es bien cierto que las parcelas de escasas dimensiones plantean importantes problemas de incremento de costes al impedir o complicar su gestión y mecanización, también es cierto que constituyen en sí mismas un modelo escrupulosamente científico de diseño, ya que esa configuración ha permitido preservar unos altísimos niveles de biodiversidad. Esta biodiversidad ha sido la clave para atemperar el desarrollo de muchas plagas y enfermedades frente a la virulencia con la que se han desarrollado en otras zonas con paisajes más continuos y homogéneos.

 

Poner en valor la agricultura familiar significa, entre otras cosas, diseñar estrategias que resalten el valor añadido de estos modos de producción, en muchos casos casi artesanales, de modo que el comprador sienta que además de comprar un producto hortofrutícola está preservando un diseño, un paisaje, una cultura agraria milenaria y modélica y una manera de pensar.

 

La validez del diseño microparcelado ha sido refrendada, apoyada y recomendada por las mejores instituciones científicas de todo el mundo. Recordemos que la OILB (Organización Internacional para la Lucha Biológica) recomienda para el control integrado que:

 

“[...] las parcelas no sean superiores a 100 m de lado”, avalando científicamente, en consecuencia, nuestro diseño.

 

“[...] la superficie de reserva ecológica será al menos del 5 % de la superficie total de cultivo”, avalando igualmente la continua presencia de setos, ribazos y lindes, presentes en nuestros campos, como estrategia sostenible para el control de plagas y enfermedades.

 

 

Para muchos agricultores y técnicos puede resultar extraño saber que la incidencia mínima de las plagas y enfermedades a lo largo de toda su historia en los campos es debida, en gran parte, a la estructura microparcelada heredada de sus antepasados, así como a la presencia de muchos cientos de kilómetros de setos y ribazos asociados a las acequias o a las lindes de las parcelas.

 

• El agua y la materia orgánica, vecinos cercanos: Desde la perspectiva agroecológica, no podemos olvidar que la medida mas importante a la hora de ahorrar agua consiste en conservar la estructura del suelo y manejarlo como “un ente vivo” (Tello, 1998) en el que una de sus necesidades es retener el agua. Para ello la presencia de materia orgánica es imprescindible. Estudios realizados sobre el tema han evidenciado que la capacidad de retención de agua en un suelo estructurado aumenta hasta un 50 % respecto a un suelo con poca estructura. Recordemos que el uso continuo de abonos químicos, herbicidas, etc. sin los aportes esenciales de materia orgánica han convertido gran parte de los suelos agrícolas de nuestro país en suelos desestructurados con altos niveles de desertización… y con la consecuente pérdida de la actividad microbiológica y del trabajo de aireación y promoción del desarrollo radical de las lombrices.

 

El marco económico desde la perspectiva agroecológica

 

• Los precios deben contar toda la verdad: La agroecología tiene que incorporar en sus análisis muchos de los costes olvidados por los científicos, economistas y gestores medioambientales. Son el precio del desarrollo, del consumismo, de la mala gestión de la tierra. El precio que estamos y seguiremos pagando durante un buen periodo de tiempo constituye unas pérdidas económicas espectaculares. ¿Cuánto vale el suelo agrícola que se muere por erosión, contaminación... o por mala gestión? ¿Por qué no calcular la capacidad productiva directa e indirecta de dichos suelos durante los próximos 50 o 100 años? ¿Cómo podríamos valorar la contaminación de un acuífero? ¿Qué coste tendrá la utilización de aguas contaminadas sobre los cultivos que riega, o sobre los hombres que la beben? ¿Qué precio podemos poner a los valores estéticos, éticos, culturales, etc...? ¿Qué precio podremos aplicar en la valoración del capital genético despilfarrado y casi perdido en pocos años, cuando componerlo costó cientos y miles de años de rigurosa y callada selección?

 

 

Todos los estudios realizados hasta ahora sobre el tema, desde la Dra. Carolyn Alkire, economista de la Wilderness Society (EE.UU.) hasta el Dr. Martínez Alier (Universidad de Barcelona), han puesto de relieve que existen importantes discrepancias entre los costes y los precios de los productos en los mercados. Dichos autores, entre otros, han señalado que los precios, que son la herramienta principal de la economía monetaria, no dicen la verdad. Los precios son ciegos a la mayoría de los costes sociales y ecológicos... Mientras que los productos vegetales procedentes de la agricultura industrial son cobrados a precios muy inferiores a su valor real, sin embargo los servicios que incluyen un alto componente de mano de obra tienen generalmente precios excesivos. Para la Dra. Carolyn Alkire, si los precios de la energía, del transporte, de los productos químicos, del trabajo... fueran ajustados de forma correcta respecto a su valor real, la economía se beneficiaría enormemente. Los puestos de trabajo proliferarían parejos al medio ambiente.

 

La mayoría de las personas creen que deben elegir entre un ambiente saludable y una economía boyante. Cuando se escucha a pensadores como Carolyn Alkire se comprende lo erróneo de tal aseveración. Ella ha demostrado, calculando los costes reales de cada cosa, que para prosperar, e incluso para sobrevivir, los precios deben contar la verdad ecológica. No se puede agitar una vara mágica y cambiar los precios de centenares de bienes y de servicios. Sin embargo, hay una manera de realizar el tránsito, reemplazando parcialmente los impuestos existentes con impuestos sobre la contaminación, el agotamiento de los recursos o las modificaciones de la naturaleza. Los precios, realineados mediante un cambio en los impuestos, podrían ser las riendas que dirigieran el consumo.

 

A la luz de estos planteamientos, el consumo de productos procedentes de la agricultura industrial aparece como altamente subvencionado, al no soportar los costes reales que genera. Esos costes ocultos suelen ser cheques al portador que cargamos sobre la biosfera o sobre las próximas generaciones. A su vez, el cuerpo normativo europeo en el que se enmarca la agricultura ecológica se configura, para muchos juristas, como de dudosa legalidad, ya que grava en la práctica, mediante controles, registros, análisis, etc., a los agricultores y ganaderos que optan por el modelo ecológico y no contaminante. El principio de “el que contamina paga” se estaría aplicando justamente al revés.

 

Durante mucho tiempo hemos hablado de la necesidad de demostrar científicamente la bondad de las prácticas ecológicas y su rentabilidad real, pero en este caso el debate ha sido ya ampliamente documentado y en consecuencia superado. Sin embargo, no podemos olvidar en los planteamientos de todas estas cuestiones algo que se hace cada vez más patente en las sociedades modernas, y es que el rechazo o aceptación de análisis, teorías o técnicas científicas no sólo depende de su consistencia y fuerza para enfrentarse a la realidad, sino que intereses económicos, sociales y políticos pueden influir decisivamente en su adopción por la sociedad o en su paso al ostracismo.

 

Bibliografía

- Altieri, Miguel A. Biodiversidad, agroecología y manejo de plagas. Valparaíso (Chile): CETAL, 1992.

- Altieri, Miguel A. Agroecología: bases científicas para una agricultura sustentable. Santiago de Chile: CLADES, 1995.

- Alkire, Carolyn. Economic value of golden trout fishing in the golden trout wilderness, California. San Francisco: California Trout, 2003.

- Brundtland, Gro Harlem. Our common future. Oxford: Oxford University Press, 1987. (Trad. en castellano: Nuestro futuro común. Madrid, Alianza, 1988).

- Calatrava Requena, Javier. “Actividad agraria y sustentabilidad en el desarrollo rural: el papel de la investigación-extensión con enfoque sistémico”. En: Ramos Real, Eduardo; Cruz Villalón, Josefina (coord.). Hacia un nuevo sistema rural. Madrid: Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1995, pp. 303-328.

- Daly, Herman E. (comp.). Economía, ecología, ética: ensayos hacia una economía en estado estacionario. México: Fondo de Cultura Económica, 1989.

- Martínez Alier, Joan; Schulupmann, Klaus. La ecología y la economía. México: Fondo de Cultura Económica, 1991.

- Naredo, José Manuel. “Sobre la reposición natural y artificial del agua y los nutrientes en los sistemas agrarios y las dificultades que comporta su medición y seguimiento”. En: Garrabou, Ramón; Naredo, José Manuel (eds.). La fertilización en los sistemas agrarios: una perspectiva histórica. Madrid: Fundación Argentaria; Visor, 1999.

- Naredo, José Manuel; Valero, Antonio (eds.). Desarrollo económico y deterioro ecológico. Madrid: Fundación Argentaria; Visor, 1999.

- Shiva, Vandana. Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo. Madrid: Horas y Horas, 1995.

- Sevilla Guzmán, Eduardo; González de Molina, Manuel (eds.). Ecología, campesinado e historia. Madrid: La Piqueta, 1993.

- Tello, J.; Porcuna, José Luis. “Gestión integrada de cultivos: una visión holística de la agricultura”. Phytoma, nº 97 (marzo de 1998), pp. 9-14.

- Toledo, Víctor Manuel. Campesinidad, agroindustrialidad, sostenibilidad: los fundamentos ecológicos e históricos del desarrollo rural. Morelia: Grupo Interamericano para el Desarrollo Sostenible de la Agricultura y los Recursos Naturales, 1995.

- Weinberg, Alvin M. “Science and trans-science”. Minerva, nº 10-2 (1972), pp. 209-222.

 

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