El campo ante la

urbanización mundial

Antonio González Viéitez

Economista

Fotos: FEDAC - Claudio Moreno Medina - Rincones

 

El aire de las ciudades hace libre

 

“El aire de las ciudades hace libre”. Así rezó durante siglos el principio emancipador fundamental durante la Edad Media en el mundo occidental. En el campo, es decir en casi todos los sitios, vivían y mandaban los señores, con sus criados y sus mesnadas. Y sus subordinados complementarios, los siervos de la gleba, obedecían. La vida del común de las gentes dependía de la voluntad superior del señor, que se concretaba, según los casos y las épocas del año, en la obligatoriedad de trabajar y hacer producir las tierras señoriales, o en acudir con armas y bagaje cuando el señor decidía atacar o se tenía que defender del vecino, o en el límite, en el escarnio y la humillación del ius primae noctis cuando los vasallos contraían matrimonio. Fue con el desarrollo de los burgos cuando fueron apareciendo las primeras libertades de entonces, y cuando uno se podía evadir de la servidumbre, siempre que se cumplieran determinados requisitos.

 

 

Con el paso del tiempo, las ciudades fueron consolidando sus “privilegios” (que no pueden entenderse en sus inicios como derechos establecidos), y las aglomeraciones urbanas comenzaron a necesitar y producir grados más elevados de cohesión social, dicho sea con todas las matizaciones. La gente se encontraba con mayor cobijo y más segura y, a medida que se iban produciendo excedentes alimentarios, era mayor el número de personas que ya no eran imprescindibles en el campo. Es cierto que las ciudades dependían de su hinterland para avituallarse, pero el mundo rural siempre estuvo en situación de inferioridad, ahondándose con el tiempo, respecto de las ciudades.

 

La Primera Revolución Industrial y la introducción de las manufacturas supuso, primero en el Reino Unido y más tarde en todo el mundo occidental, el inicio del imparable proceso de desruralización-urbanización de la sociedad. Porque el poderoso crecimiento de las actividades industriales y también de los servicios, exigía fuertes procesos paralelos de concentración poblacional, el imprescindible “ejército de reserva” explicado por Marx. Y el crecimiento, el desarrollo, el progreso, el maquinismo, fueron fenómenos rotundamente urbanos.

 

Se trataba de un proceso de profunda transformación social. Con las matizaciones que se quiera hacer, es generalmente aceptada la tesis del economista inglés Colin Clark quien, a mediados de siglo XX, estableció que el progreso económico queda marcado por el paso de la población del sector primario al sector secundario y de éste al sector terciario. De forma que el “progreso” viene de la mano de la superación “lineal” de la sociedad rural y su transformación en sociedad urbana.

 

 

Y aquí se concentra una de las valoraciones más metabolizadas por nuestra sociedad actual. El campo, la vida rural, el cosmos agrario no representa otra cosa que el atraso, las penalidades y la miseria. De todo ello hay que escapar como se pueda, y así lo hacen todas las personas valiosas, decididas, emprendedoras y rebeldes al hambre y a los abusos. Esta manera de pensar y de actuar trae consigo que quienes “no se atreven” a dejar el campo son los campurrios, los maúros, los magos, el patio de atrás donde quedan los más pusilánimes y los más torpes, porque “hasta las mujeres” emigran. Como es lógico, esto tiene reflejos económicos en la distribución de la renta. De forma unánime, en todos los países, las rentas de las personas que permanecen en el sector primario son notablemente inferiores a las de quienes tienen cualquier otro trabajo. El mercado ha hecho suyas las valoraciones sociológicas y, aunque los alimentos nos resulten caros, el dinero que le llega a la gente del campo es una parte ridícula de lo que se paga en los mercados y en las tiendas. Estamos en el reino de los intermediarios.

 

De acuerdo con esta visión de las cosas, el “progreso” no se alcanza en el campo, que es el “atraso”. Y esta tesis puede que nunca haya expresado mejor toda su potencialidad que en el mundo moderno, donde las ciudades, como “opuestas” a lo rural, parece ser que van a ser los sujetos de la historia y hasta puede que, en el futuro, sustituyan a los mismísimos estados nacionales como ámbitos de decisión.

 

Porque es en las ciudades donde se crea y madura el lado más prestigioso de la aglomeración demográfica. Las diversas formas de la cultura, las artes y las actividades de enseñanza y formación son fundamentalmente urbanas.

 

Además, el proceso de “enriquecimiento” de las ciudades y “empobrecimiento” de la vida rural tuvo una velocidad deslumbrante. Apenas hubo resistencia y el bandazo fue precipitado y espectacular.

 

 

En Canarias fuimos testigos de excepción de ese proceso. Sin detenernos demasiado en los números, en una sola generación, la que va de 1960 a 1990, la población activa en el sector primario se desmoronó desde el 43’48 % hasta el 7’34 % (hoy apenas alcanza el 5 %). Y, como es lógico, el ajuste complementario se produjo en el sector servicios, que del 35’51 % se catapultó hasta el 71’43 %, según datos del INE. En el caso canario, la pérdida de 36 puntos de uno supuso la correspondiente ganancia de 36 puntos en el otro. Y eso, porque el peso conjunto del sector industrial y el de la construcción permaneció inalterado. Un auténtico terremoto social: pasamos de ser una sociedad agraria a otra de servicios, de una rural a otra urbana, de una de magos a otra de camareros. Y todo eso en apenas tres décadas. Ni nos reconocíamos.

 

Por supuesto, lo que quedaba atrás era peor. Así, las viejas rutinas, miserias y sobre todo la falta de perspectivas se quisieron olvidar con el mismo orgullo, entusiasmo y alegría con la que se tiraban las alpargatas al barranco o a la marea. Parecía que la vida urbana superaba en todo a la rural. Pueblos y caseríos se abandonaron y despoblaron, al punto que apareció un corte generacional limpio. En el campo se quedaban los viejos y, cuando éstos faltasen...

 

Esta percepción de que lo rural no sólo era peor sino que era “innecesario” se veía corroborada todos los días porque los alimentos, incluso los que antes eran un lujo prohibitivo para muchos, los podíamos traer de fuera, con buena calidad y precios muy baratos. Su presencia masiva en las estanterías de los híper ahuyentaba los fantasmas de las hambrunas. Nos sentíamos liberados de una auténtica maldición histórica.

 

El aire de las ciudades esclaviza

 

Con el tiempo, las crecientes aglomeraciones urbanas comenzaron a padecer los excesos de la saturación y a mostrar su lado menos prestigioso. El aire de las ciudades ya no “hacía libres” porque la conquista de la igualdad de derechos en las sociedades democráticas, había ya “liberado” por completo a los ciudadanos del ámbito rural. Y comenzaban a reventar los problemas de las últimas tandas de urbanización masiva, cuya estrategia se había limitado a proporcionar el “almacenamiento” de la gente, sin tener en cuenta ninguna otra consideración, en lo que se llamó el “urbanismo salvaje”. El barrio del Polvorín (¡qué nombre!) de la ciudad de Las Palmas es un ejemplo formidable de ese hacinamiento insostenible de familias numerosas, en pisos de 50 metros y sin ningún equipamiento ni espacios comunes y libres. Hasta el punto de que hace unos años se derribó por completo todo el barrio y una gran cantidad de personas tuvo que realojarse en otros lugares de la ciudad.

 

 

Y las conurbaciones aparecidas con el boom del turismo, tanto las legales como las numerosas clandestinas, comenzaron a mostrar su lado más conflictivo.

 

No vamos a comentar aquí las graves dificultades que crean las deseconomías de escala y las formidables aglomeraciones de la nueva civilización urbana. Y la contradicción tradicional entre la ciudad enriquecida y el campo empobrecido va a hacerse mucho más compleja en un montón de aspectos. El más significativo que aparece en las ciudades de nuestro mundo es el de su insostenibilidad medioambiental. Porque en la cultura del “usar y tirar” y del consumo compulsivo de masas, la ciudad se transforma en una especie de Moloc, tremenda devoradora insaciable de recursos y materiales. Y, a su vez por su incapacidad para reciclarlos, en gigantesca maquinaria de producción de basuras y desperdicios de imposible gestión sostenible.

 

Se pueden enumerar algunas de las principales características de esta situación. Las ciudades se convierten, frente a la parsimonia y contemplación del mundo rural, en una realidad sometida a la dictadura del Tiempo, pautado por los horarios urbanos, donde se entronizan las urgencias y las prisas, la vorágine de lo efímero y pasadero y la sensación de “montaña rusa” de los ciudadanos. Y la conquista de la ciudad por el automóvil privado ha arrinconado a sus habitantes y los ha convertido en peatones subordinados y amedrentados. Como no puede ser de otra manera, los viejos caminos rurales desaparecieron sepultados entre zarzas y matorrales debido a su absoluta inutilidad.

 

 

La “huella ecológica” de nuestras ciudades es desmesurada y abrumadora. Trasiega y consume materiales, bienes físicos y alimentos a una velocidad tal que no le basta el ritmo normal de la biosfera. Y se apura y se obsesiona para acelerar los procesos de producción, forzando las cadencias naturales, buscando desesperadamente “coeficientes de transformación” de inputs en óptimos de outputs, despreciando con petulancia, ignorancia y estupidez los límites de la naturaleza y el respeto a los seres vivos de los que nos servimos y alimentamos (por ejemplo, enloqueciendo a las vacas a las que habían forzado al canibalismo).

 

La cultura urbana no sólo ha empobrecido al mundo rural para enriquecerse, sino que encima, y sin respeto alguno, le impone sus procesos y mecanismos de actuación sin tener en consideración que el mundo rural gestiona y administra, en nombre de todos, la flora y la fauna. Es decir seres vivientes, biodiversidades, que se basan en la fotosíntesis, que es, según los científicos, la única energía (aparte del fuego cósmico) productora de bienes, ya que el resto lo que hace es explotar y consumir recursos ya creados por la naturaleza, sean renovables o no.

 

El mundo rural y la pelea por la sostenibilidad

 

Toda esta serie, amplia y compleja, de fenómenos que se viene produciendo ha generado, a mi entender, hasta dos procesos sociales, diferenciados, de replanteamiento de lo rural:

 

 

1.- De una parte, pudiéramos hablar del “redescubrimiento del campo” y de lo rural por parte de los ciudadanos urbanitas. El aire de las ciudades ya no “hace libre”. A veces se torna irrespirable. Es lo que certifica la riada de coches que abandonan la ciudad todos los fines de semana, puentes y acueductos, en una especie de referéndum motorizado de rechazo a lo urbano, aunque (y eso es lo paradójico) al llegar al “otro” sitio se tienda a reproducir los mismos modelos urbanos de comportamiento.

 

En cualquier caso, en lo rural se busca, y por supuesto se idealiza, lo contrario de lo urbano. Es decir, el tempo lento; lo absurdo de la hipercompetitividad; la cooperación fraternal en las faenas de las cosechas, las vendimias o el “echar un techo”; la apuesta natural por el reciclaje que llega a su clímax en la cultura del estiércol; el percibir tan naturales y cercanos los misterios de la vida y la muerte en el mundo de las plantas y de los animales. Es allí donde los olores, los sonidos y sabores se ponen en pie en el paisaje total, contrastando con el esfuerzo imposible de reproducirlos en el cartón piedra de los parques temáticos; es el mundo de la viejas sabidurías de nuestras viejitas que nos guían en los vericuetos por los que se contrasta y se trasmite el conocimiento humano; donde se percibe como en ningún otro sitio la diferencia entre lo que es el “valor de cambio” (el de un terreno fértil, abandonado y lleno de malezas con un letrero que reza “Solar. Se vende” y un número de teléfono móvil) y el “valor de uso” (donde puede uno extasiarse ante la increíble obra de arte de una surcada para papas, o la geométrica plantación de millos, parras, tomateros, naranjeros o plataneras al aire libre, y donde no hace ninguna falta ningún letrero que diga “Finca. Se vive, se trabaja y se producen alimentos”).

 

El deleite de lo rural en contraste con lo urbano ya estaba en los clásicos, incluso el goce que se disfrutaba en los campos de las Islas Afortunadas. El poeta latino Horacio dice en su épodo XVI:

 

Busquemos las islas ricas, donde la tierra sin arar rinde trigo cada un año, y está en ciernes la no podada viña y, no engañoso jamás, germina el pimpollo de la oliva, y el higo negro es adorno de su árbol, y la miel corre de las encinas huecas; y de los altos montes delgada el agua se desliza con su pie fresco y sonoro

 

(Quinto Horacio Flaco, 41 a. de C.).

 

Volviendo al argumento, estos contrastes se hicieron visibles en el mundo moderno, sobre todo gracias al movimiento alternativo hippy, que, al margen de cualquier otra valoración, fue capaz de situar al “mundo rural” como referencia sostenible, saludable, sensata, sensible e inteligente, frente a la “jungla de asfalto”. Y esa valoración es la base de toda la movida del turismo rural y la obsesión de “tener una casita en el campo con su huertita”, que alcanzó el grado sumo de lo grotesco y de lo hortera en los famosísimos e ilegales “cuartos de aperos”.

 

 

El nuevo fenómeno social de los agricultores “a tiempo parcial” y de los agricultores “de fin de semana”, a mi entender, está a caballo entre lo que hemos llamado redescubrimiento del campo y el otro proceso que vamos a comentar a continuación, la reconquista y regeneración del campo desde el propio mundo rural.

 

2.- Este segundo proceso responde a los esquemas del regeneracionismo, que surge siempre que se produce un bloqueo en cualquier proceso de modernización. Y el mundo agrario, por medio de sus portavoces más inteligentes y sensatos, comenzó a apostar por una agricultura y ganadería modernas y sostenibles.

 

Por supuesto, el primer objetivo tiene que seguir siendo la producción de alimentos, en todos sus órdenes y dimensiones. Además, tiene que ser una producción creciente, aunque ni de lejos al ritmo de la fuerte evolución demográfica. Y eso es así porque todavía siguen produciéndose importantes volúmenes de excedentes y, por otro lado, está creciendo como la espuma una nueva línea de actividad agraria que no tiene como objetivo la alimentación humana, sino la producción energética por medio de los discutidos biocombustibles. Pero la regeneración rural se basa en que las labores del campo cumplen otra serie de objetivos de enorme trascendencia social.

 

A este efecto nos es de gran utilidad comentar, con brevedad, la evolución de la Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea (U.E.). En sus primeros momentos y desde la misma década de los cincuenta del siglo pasado, la U.E. de entonces dedicaba hasta las dos terceras partes de todos sus fondos de ayuda a la PAC, con el objetivo de garantizar la alimentación de sus pueblos, que se había visto en serio peligro a lo largo del fragor bélico de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo único era incrementar la producción. A estos efectos, y siempre presionados por las muy beligerantes organizaciones agrarias europeas, y sintetizando mucho, se establecieron elevados precios de recogida sin ningún tope. Y eso supuso que las rentas agrarias fueran de la mano del volumen producido. Y todas las producciones crecieron de forma inimaginada. Y los excedentes se convirtieron en “montañas de mantequilla, lagos de leche y ríos de vino...”. Y su almacenaje fue costosísimo, forzando su exportación (en claro dumping), compitiendo deslealmente con las exportaciones de los países del Tercer Mundo a los que se les había encomendado que produjeran precisamente esas mismas mercancías. Se trataba de una situación del todo insostenible porque, además, estaba concebida y dirigida por el único criterio de la hiperproductividad, forzando los ritmos de la naturaleza hasta límites autodestructivos.

 

 

Y aparecieron los movimientos regeneracionistas. Porque la estrategia no consistía en trasladar al mundo agrario los mecanismos de la producción industrial. La naturaleza no tiene capacidades infinitas. Es necesario atenderla con sabiduría, aparte de con respeto. Y la PAC va a ir evolucionando y, en primer término, se va a exigir que las producciones estén sanas y sean saludables, con lo que se va a impedir que se sigan usando productos venenosos y procesos descontrolados de aceleración forzada de la actividad agraria. Y se van a exigir garantías de salubridad. Y las “subvenciones” agrarias, que van a continuar, eso sí, con tendencia fuertemente decreciente, van a estar condicionadas a respetar las condiciones establecidas y a evitar cualquier riesgo o peligro alimentario.

 

Y la PAC va a introducir un nuevo criterio, el de la multifuncionalidad. Concepto original y sugerente en varios aspectos:

 

Primero. Por una parte, porque pone de manifiesto que la actividad agraria, en nuestro mundo de hoy, realiza varias funciones y cumple varios objetivos además de, por supuesto, proporcionar alimentos saludables y en las condiciones adecuadas a los ciudadanos. Entre esos otros objetivos podemos destacar: 1). Luchar contra la erosión, porque se sabe (y se ve) que el abandono de cultivos es el inicio de la pérdida irreparable de esos recursos naturales. 2). Poner en valor un importantísimo patrimonio de inmuebles e infraestructuras de todo tipo, incluyendo patrimonio cultural y etnográfico de especial relevancia. Cuando las personas emigran, todo eso se deteriora con increíble rapidez y se derrumba. 3). Mantener determinados equilibrios de población y territorio, evitando el crecimiento de las aglomeraciones urbanas, que aportan unos costes de todo tipo difícilmente soportables. 4). También hay valores intangibles que tienen implicaciones reales evidentes. Entre ellos está el paisaje, que no sólo tiene enorme valor para quien lo disfruta a diario, sino también para quienes vienen a disfrutarlo desde el otro lado. La Geria, Tazacorte, Garachico, Taibique, Las Lagunetas y tantos otros, son paisajes “construidos” por las mujeres y los hombres del campo. Y todos ellos nos enseñan experiencias originales y nos enriquecen. Y 5). El turismo rural y la propuesta de patear los viejos caminos de herradura, veredas y senderos, pueden llegar a tener una importancia sustantiva en la vida y milagros del mundo rural.

 

Segundo. El concepto de multifuncionalidad aporta otro elemento muy valioso para lo que hemos dado en llamar regeneracionismo. Va a desaparecer el concepto de subvenciones, que pesa como una losa sobre el amor propio de las gentes del campo. Una subvención encierra un parecido irritante con una limosna que se da a los pedigüeños. Porque el sentir tradicional era ése. Orgullo herido y vergüenza acomplejada de un lado. Irritante vanidad y mal llevado complejo de superioridad por otro.

 

Las cosas ahora van a ser por completo distintas. Porque la gente del campo produce, al margen de alimentos sanos, otra serie de funciones de elevado valor social, pero que tienen la característica de ser, en algunos casos, bienes públicos (el paisaje) mientras que en otros (turismo rural, lucha contra la erosión) se trata de lo que se conoce como externalidades positivas.

 

En suma, los agricultores y ganaderos realizan dos tipos de funciones. Una de carácter privado: la producción de alimentos que se venden en los mercados y por los que se recibe un precio (más bien menos que más justo). Pero también realizan otras varias funciones que generan enorme beneficio social y que, por sus propias características, no tienen ni mercados ni precios. Según esto, de acuerdo con la tesis de que “el que contamina paga” y también “el que descontamina cobra”, las gentes del campo no reciben limosnas ni subvenciones. Nadie les regala nada, sino que la comunidad les paga (o compensa, como se quiera) directamente la contrapartida de sus producciones intangibles. En el fondo les están pagando por la sostenibilidad que producen.

 

A partir de esta concepción, la regeneración del medio rural parte del amor propio restituido de las gentes del campo y de la valoración, sabia y reconocida, de sus esfuerzos y sudores.

 

 

¿Y en Canarias?

 

La regeneración de la agricultura canaria ya se está llevando a cabo por parte de algunos ¿miles? de agricultores, apoyados por unos cientos de técnicos entusiastas y contando con un sostén institucional compacto en las palabras pero deslavazado en los hechos.

 

En cualquier caso, no resulta especialmente complejo hilvanar un esquema estratégico para dar el salto hacia la actividad agraria sostenible en Canarias. Lo que sí parece alejado es que la “dirigencia” le eche el esfuerzo continuado y la voluntad política plena para, rompiendo inercias, alcanzar lo perfectamente alcanzable.

 

Y aquí juega un papel preponderante el liderazgo político y social, y no estamos hablando de liderazgos personales sino colectivos. Liderazgo que tendría como objetivo algo tan sencillo como casar la oferta y la demanda agrarias. Demanda que, en la actualidad, se satisface por la vía de los flujos de mercancías que importamos de todo el mundo.

 

 

Pasemos, pues, a la oferta, que es la que hay que estructurar:

 

A).- En primer término, las tierras de cultivo. Y aquí nos encontramos con dos realidades. Por un lado, tierras que están en cultivo, y por otro, tierras abandonadas, donde lo normal sea encontrarnos con propietarios absentistas que lo único que tienen son expectativas de que sus fincas se transformen en solares. Y al estar indagando nosotros, aquí y ahora, cómo se incrementan las producciones agrarias, no vamos a contabilizar los terrenos que están en producción, ni siquiera cuando pudieran dedicarse a producciones alternativas.

 

Así, nos encontramos con un montón de fincas en desuso, cuyos propietarios difícilmente van a dedicarse a la producción agrícola como forma de vida. Y eso constituye un auténtico despilfarro de recursos naturales.

 

 

En consecuencia, la propuesta consistiría en organizar lo que se llama un Banco de Tierras, en donde se inscribirían las fincas abandonadas y aptas para la inmediata puesta en producción, sabiendo sus propietarios que no se iban a poder transformar en solares (hay que reconocer que la última Ley de Medidas Urgentes va a dificultar este argumento, por lo que conviene su urgente revisión) y garantizándoseles una renta por su arrendamiento cuando éste se produjera.

 

B).- En segundo término, las aguas de riego. Porque una de las principales causas de abandono de muchísimas fincas es la falta de agua a precios asumibles. Y aquí conectamos probablemente con la “madre de todas las estrategias”, que no es otra que la instauración del Nuevo Modelo Energético, basado en energías naturales, limpias y renovables, cuya explotación debería constituirse en patrimonio municipal y servir de soporte básico para la financiación de los ayuntamientos canarios, superando la fase de machacar el territorio como fórmula aberrante pero inefable durante décadas.

 

Y nos hemos topado con la energía, porque la producción de energía limpia y la de agua potable están íntimamente conectadas. Podríamos incluso llegar a decir que la mejor forma de utilizar esas energías, cuando tienen potencia de sobra y no se puede almacenar la energía sobrante, es dedicarla a la producción de agua potable. Y, en su caso, para almacenarla en elevación y constituirse en garantía de suministro constante, aun cuando faltase, por ejemplo, el viento.

 

Esa agua de riego producida públicamente (por supuesto, con empresas eficientes, transparentes y especializadas) tendría que almacenarse y distribuirse con eficiencia dentro de cada isla, aprovechando así el formidable patrimonio hidráulico hoy abandonado y desmoronándose.

 

 

C).- En tercer lugar (en primer término desde el punto de vista social) está la población activa agraria. Y aquí nos encontramos con el grave problema del relevo generacional. Por tanto, la política que se necesita es aquélla que explique, enseñe y ponga en práctica la tan cacareada multifuncionalidad. Porque ya no se trata del trabajo analfabeto y embrutecedor de los siervos de la gleba. Se trata de un trabajo de elevada formación técnica, de reconocida sensibilidad ambiental y con el creciente prestigio social de una forma de vida sostenible y sostenedora. Y para ello, es preciso fomentar y estimular una política de formación y empleo dirigida, sobre todo, a los jóvenes de las zonas rurales.

 

De esta forma podríamos llegar a tener tierras de cultivo, aguas de riego y jóvenes agricultores. Y el liderazgo que se reclama (con la implicación comprometida de los representantes políticos y sociales) es aquél que permita enhebrar todos estos mimbres para ir levantando toda una nueva estructura agraria.

 

¿Para producir qué? No vamos a entrar aquí en ese mundo; no es éste el lugar. Aunque para los especialmente interesados hay un magnífico artículo de Juan S. Nuez Yánez y Manuel Redondo Zeara, en el nº 24 (2008) de la revista Hacienda canaria cuyo título es “La balanza agroalimentaria de Canarias”. Y reproduzco la cita de un Acuerdo del Parlamento de Canarias con que acaba el trabajo. “...Esto no significa que ese incremento [de las producciones agrarias] haya de lograrse a cualquier precio y en perjuicio de los intereses de los canarios como consumidores, sino potenciando, en aquellos renglones en los que el crecimiento es posible, la producción local frente a las importaciones”.

 

A partir de estas sensatas indicaciones, lo razonable es que se practique una cierta planificación de las producciones, de acuerdo con la evolución de las diferentes demandas.

 

Y como aspecto final, pero absolutamente primordial, hay que hablar de los circuitos de comercialización, con el fin de eliminar la caterva de intermediarios innecesarios (los mismitos de la polca de Nijota con que nos regalan Los Sabandeños) y acercar los precios pagados al agricultor y los precios que tiene que pagar el consumidor final, en claro beneficio de ambos.

 

Está claro que esta muy ambiciosa propuesta debería tener un soporte institucional. Y, en efecto, se plantea la posibilidad de crear un Instituto para el Desarrollo Rural de Canarias (o como se le quiera llamar). Pero teniendo en cuenta algo esencial. No se trata de crear nuevos puestos de trabajo ni de abrir nuevas oficinas. Se trata de la imperiosa necesidad de que se coordinen y colaboren todos los servicios existentes involucrados, aunque estén situados en diferentes ámbitos y niveles institucionales, para que, superando cualquier idea y comportamiento de inútil e ineficiente corporativismo, se propongan todos ellos sacar adelante esta formidable y ambiciosa apuesta.

 

 

 

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