Francisco Rojas Fari√Īa: la mirada sincera

Gemma R. Medina Estupi√Ī√°n

Fotos: Francisco Rojas Fari√Īa

 

La mirada de Francisco Rojas Fari√Īa (1926-2007) ha marcado la imagen de Canarias mas all√° de lo que los propios canarios podemos imaginar. Su instinto creador, combinado con su capacidad de observaci√≥n, gener√≥ iconos que a√ļn perduran en el imaginario de las islas. Su mirada a los paisajes canarios ha dejado una huella profunda dentro de la iconograf√≠a paisaj√≠stica del archipi√©lago. Rojas Fari√Īa nunca ha sido reconocido como uno los autores de la representaci√≥n gr√°fica tur√≠stica de Canarias; tampoco como una de las miradas que resguardaron parte de los paisajes isle√Īos de finales de los a√Īos 50 y de la d√©cada de los 60 para las generaciones venideras. Sin sus im√°genes, el recuerdo de este periodo quiz√° permanecer√≠a oculto, tan s√≥lo posible para aqu√©llos que lo experimentaron personalmente. De ah√≠ el valor etnogr√°fico que contienen estas im√°genes. Con ellas recuperamos muchos rincones de Canarias, sus fiestas y sus protagonistas. Desde las cebolleras de Lanzarote hasta los pescadores de Agaete. En estas fotograf√≠as encontramos una fuente de patrimonio √ļnico, que completa como testimonio y como testigo la historia de Canarias.

 



 

Ya en los primeros coqueteos de Rojas con el mundo de la fotografía apareció su interés innegable por recoger imágenes del paisaje que lo circundaba. Rojas quiso conservar retratos de los viajes que realizó con su esposa, Luisa Hernández (Chichi), y por ello, recién casado, compró su primera cámara fotográfica en un barco que los llevaba a Tenerife.

 

Fue una de esas casualidades afortunadas que la vida ofrece en ocasiones. Rojas comenz√≥ a sacar fotograf√≠as para el recuerdo y desde el primer momento confes√≥ que esta actividad no le desagradaba en absoluto. Al contrario, r√°pidamente comprendi√≥ que √©sta podr√≠a ser una afici√≥n fruct√≠fera. A√ļn se conservan estas primeras fotograf√≠as que muestran la capacidad incipiente de un artista. Hombre inquieto, que siempre estuvo buscando nuevos l√≠mites, experiencias provocadoras a las que enfrentarse y con las que experimentar, Rojas practic√≥ a lo largo de su juventud toda una serie de actividades deportivas paralelas a su √°mbito profesional. Pero ninguna de estas actividades era compartida con su esposa, Luisa Hern√°ndez. Por eso, cuando descubri√≥ la fotograf√≠a, la convirti√≥ primero en su principal afici√≥n, y, posteriormente, en su profesi√≥n. Con la fotograf√≠a pod√≠a compartir una actividad que le apasionaba con su familia, fusionando de forma definitiva la pr√°ctica profesional y art√≠stica con su vida privada. A esta fusi√≥n le debemos el hecho de contar con un archivo fotogr√°fico de aproximadamente 10.000 negativos.

 

 

Así que, ya a principios de los 60, Rojas abandonó un puesto de trabajo estable y bien remunerado como era la representación de Nestlé en Canarias, para dedicarse profesionalmente a la fotografía.

 

Desde ese momento, las imágenes no se escaparon a su objetivo y Luisa Hernández se transformó en la principal gestora de este fondo documental que engloba todo su universo. Las imágenes se acumularon en este archivo, que se caracteriza por su calidad global y en el que, a grandes rasgos, podríamos diferenciar entre imágenes de arquitectura, paisaje y etnografía, retratos de personajes relevantes de la sociedad y la cultura de este periodo, imágenes de familia y lo que hemos denominado como experimentación.

 

 

En este art√≠culo vamos a deambular entre algunas de las im√°genes que se integran en el grupo de paisaje y etnograf√≠a que Rojas realiz√≥ a lo largo de su carrera, pero principalmente en las d√©cadas de los a√Īos 60 y 70, ya que en un recorrido como √©ste ser√≠a inabarcable el vasto n√ļmero de im√°genes que conforman este √°mbito en su archivo.

 

 

Desde la extensa producci√≥n fotogr√°fica de Rojas dedicada al tema paisaj√≠stico, se pueden diferenciar varios escenarios o tem√°ticas que a lo largo de su trayectoria desarroll√≥ a su manera: desgranando peque√Īas historias. Son momentos que Rojas seleccion√≥ para ser transportados en el tiempo, para que perdurasen congelados para siempre.

 

Uno de estos temas fue el del ámbito rural. Rojas se sintió fascinado por los oficios tradicionales y en especial por el trabajo de la tierra. En sus imágenes se recuperan los usos y las costumbres de aquella época. En ellas se observan no sólo los hábitos y los sistemas de cultivo, sino también las indumentarias que durante el periodo utilizaron los campesinos de Canarias, algunos de ellos tan característicos como los usados en Lanzarote y La Graciosa.

 

 

Se trata de im√°genes que plasman con solemnidad la labor de las mujeres y de los hombres del campo. Encuadres que observan con respeto el ejercicio diario de esta profesi√≥n desarrollada desde anta√Īo. Con ellas, el fot√≥grafo se acerc√≥ a las personas sin estorbar en sus quehaceres, casi como un testigo mudo de lo que all√≠ suced√≠a. Las mujeres que siembran cebollinos en la Era de Uga, en Yaiza, parecen no notar su presencia aunque debieron de percatarse, pues Rojas realiz√≥ una serie entera aprovechando este momento casi m√°gico. En sus im√°genes, el fot√≥grafo mostr√≥ un uso maestro de luces y sombras, contraste entre los colores vistos desde el blanco y negro, l√≠neas en la tierra y en el cielo. Rojas no desperdici√≥ ninguna posibilidad de a√Īadir simetr√≠a y perfecci√≥n a sus im√°genes, pero sin introducir ning√ļn elemento, tan s√≥lo observando atentamente el entorno que rodeaba a cada enfoque.

 

 

Rojas afirmaba que no le gustaba generar espacios artificiales, escenarios para producir efectos en la fotografía. Siempre restándose importancia como artista, se describía a sí mismo como el profesional paciente que disfrutaba buscando el instante mágico para captarlo con su cámara. Casi como el turista que pasa por ahí y capta una imagen idílica. Pero como el mismo fotógrafo afirmaba, consciente de su calidad profesional pero siempre desde la humildad, ese turista sólo lograría una foto genial, y un buen fotógrafo debería lograr una serie completa1.

 

 

Esta afirmaci√≥n qued√≥ ejemplificada con una serie realizada sobre la Era, junto al molino de Uga en Lanzarote, que result√≥ perfecta. Las cebolleras marcan un hito: su silencio, su cotidianidad, son el reflejo de una realidad √ļnica, absolutamente vern√°cula, que forma parte de la idiosincrasia de esta isla y de la historia de Canarias en los a√Īos 60. Con las primeras im√°genes vemos a cuatro mujeres. Mientras tres se dedican a la siembra, la cuarta sostiene los cebollinos que ser√°n plantados. En otra imagen de la serie aparece una quinta mujer que camina en l√≠nea recta tras las que se encuentran trabajando y se dirige hacia la que sostiene los cebollinos. Esta figura, que aparece de perfil, nos ofrece una nueva perspectiva sobre la indumentaria de estas trabajadoras del campo, que utilizan el tradicional sombrero de trabajo de ala ancha hecho de paja (la sombrera, como se denomina en su versi√≥n femenina). Pero adem√°s, para protegerse igualmente del sol, vest√≠an un delantal colocado a su espalda para cubrirse las piernas al inclinarse en la siembra. Todos estos detalles son observables en estas fotograf√≠as. Rojas rescat√≥ este momento, pero tambi√©n mir√≥ a su alrededor y descubri√≥ que all√≠, al otro lado de la era, los dromedarios eran utilizados para arar la tierra. Otra imagen nos muestra a otras cebolleras cortando los tallos, rodeadas de cebollas blancas que parecen un manto a su alrededor. Es una imagen casi buc√≥lica rescatada en una actividad agr√≠cola. Una mirada cargada de belleza dirigida hacia estos quehaceres tradicionales que impregnan la cultura de las islas.

 



 

Al igual que otros fot√≥grafos de este periodo, como Ricard Terr√©, Ram√≥n Masats y Xavier Miserachs, quienes ya han sido reconocidos como parte de la vanguardia2, Rojas se desmarc√≥ de las l√≠neas tradicionales de la fotograf√≠a documental realizada en aquel periodo, un estilo de fotograf√≠a que remarcaba exclusivamente momentos relevantes, escenas impregnadas de dramatismo y carga heroica. Rojas renunci√≥ a ese tipo de representaci√≥n para acercarse a la realidad por s√≠ misma y expresar la belleza que √©sta transmit√≠a. El fot√≥grafo busc√≥ la imagen global que recoge tanto las virtudes como los defectos de cada espacio, de cada situaci√≥n, de cada personaje. Estas im√°genes no s√≥lo son bellas en su esencia, sino que adem√°s, por su capacidad expresiva, nos transportan, como si de una m√°quina del tiempo se tratase, a lo que eran escenas habituales en la vida de los canarios hace cuarenta a√Īos.

 

Esto ocurre con las im√°genes que nos remiten a otras actividades relacionadas con el campo, como la imagen de la joven pinochera de Tamadaba. Esta muchacha, que aparece acompa√Īada por su perro que la vigila y resguarda, porta con sus manos un fajo de pinocha con la naturalidad del que ejercita el gesto a diario. Rojas exalta la figura de la muchacha, iluminando su rostro entre la vegetaci√≥n a la vez que permite que las sombras caigan sobre gran parte de la imagen, rescatando, por supuesto, la figura del perro, que aparece completamente iluminado, sentado, esperando la siguiente orden de su due√Īa.

 

 

De igual forma, el pastor que espera complacido a que su reba√Īo se sacie con las hierbas crecidas en una peque√Īa colina situada junto al √°rea de cultivo. Sabio, despreocupado, se apoya en su bast√≥n mientras observa curioso los movimientos de sus ovejas. Rojas articula esta imagen de forma casi matem√°tica, situado en lo alto de la colinita donde pastan las ovejas. El fot√≥grafo distribuy√≥ la imagen en dos √°mbitos: un primer plano con las ovejas y las ca√Īas que las rodean; un segundo plano, en la parte superior de la imagen, que muestra el campo de cultivo, con los surcos del arado y el pastor. Es una composici√≥n serena de l√≠neas radiales, encontradas, que contrastan con las diagonales marcadas en el terreno.

 

 

Con su cámara, Rojas captó también imágenes sobre otros oficios. Entre ellos podemos destacar la imagen del zapatero en su taller, inmerso en su trabajo, con su mesa llena de zapatos y herramientas. O el trabajo del basurero municipal, una imagen que Rojas tomó desde su casa en la calle Montevideo de Las Palmas. Con ella reflejó la labor diaria realizada por este profesional y, a su vez, nos cedió a todos la posibilidad de conocer cómo se desarrollaba su trabajo. El basurero vertía el contenido de una cesta en una carreta tirada por dos burros. La escena la vemos desde arriba, con lo que la instantánea tomada por Rojas nuevamente se ejecuto desde el respeto por el trabajo realizado, sin generar interrupciones ni falsas actitudes provocadas por la presencia de la cámara.

 

 

Agaete fue un lugar privilegiado por ser protagonista continuo de la visi√≥n y de la experimentaci√≥n constante de este artista. All√≠ ten√≠a una casa el fot√≥grafo, que fue punto de encuentro y refugio de su grupo de amigos, la vanguardia art√≠stica de la √©poca. C√©sar Manrique, Manolo Millares, Pepe D√°maso y Mart√≠n Chirino, entre otros, disfrutaron de los paisajes de Agaete y fueron fotografiados en m√ļltiples ocasiones por las lentes de Rojas. √Čste recopil√≥ sus semblantes como artistas y como amigos, a veces a modo de retrato individual y otras en grupo, como un manifiesto generacional: son escenas cargadas de simbolismo que nos acercan de una forma especial a la vanguardia art√≠stica de esta √©poca.

 

 

En su archivo abundan las im√°genes de paisajes de Agaete y sus pescadores. Rojas capt√≥ la magia que transmite este oficio duro y peligroso, pero cargado de poes√≠a. El fot√≥grafo busc√≥ plasmar la dial√©ctica del hombre y el mar, llegando en ocasiones a meterse en √©l, como ya lo hab√≠a hecho muchas veces anteriormente durante sus horas de submarinismo. Pero en estas ocasiones lo hizo con la c√°mara, para alcanzar una imagen perfecta. Como la visi√≥n √ļnica del pescador sobre la barca, sobre el mar, frente a las monta√Īas. El resultado es consecuencia directa de su dominio t√©cnico y su capacidad art√≠stica. La c√°mara de Rojas permaneci√≥ a ras del agua, con lo que la perspectiva se torn√≥ majestuosa, como si de un gran angular se tratara.

 

 

El fot√≥grafo tambi√©n capt√≥ otras escenas relacionadas con el √°mbito de la pesca. Tales como los momentos de la espera, de mujeres con pieles curtidas por la sal, vestidas de negro, esperando la llegada de los pescadores, con la angustia en sus rostros. Im√°genes tras la llegada y el reparto del pescado, con la pesca ya descargada en tierra, que quedaba atr√°s, mientras los pescadores regresaban a las barcas para sacarlas de la mar. O de la selecci√≥n del pescado, cuando una mujer se acercaba a la playa en busca de una pieza fresca para la cena mientras un ni√Īo que s√≥lo ve√≠a pasar el tiempo la observaba. La pesca ofreci√≥ muchos momentos m√°gicos al fot√≥grafo, que se complaci√≥ en capturarlos, brind√°ndonos ahora, cinco d√©cadas despu√©s, la posibilidad de disfrutar con rituales y costumbres quiz√° ya apagados por el tiempo.

 

 

Esta forma de captar la realidad en sus im√°genes fue en m√ļltiples ocasiones premiada, siendo el √°mbito de los concursos el que le proporcion√≥ el mayor y continuo reconocimiento a la calidad de su obra. Desde aquel 4¬ļ Premio en el Sal√≥n Regional de Fotograf√≠a del Mar en 1960, pasando entre otros por el Primer Premio del Concurso Mundial de las firmas BMW y Zeiss Gran Angular en 1971, hasta el Premio de Canarias en el certamen nacional Un D√≠a en la Vida de Espa√Īa de 1987.

 

 

Dentro de este fant√°stico fondo patrimonial encontramos tambi√©n im√°genes de las fiestas que se celebraban en las islas. La Rama de Agaete, por supuesto, ocupa un lugar destacado dentro de ellas. En estas fotos encontramos la semilla de una fiesta que no ha perdido su esencia con el paso de los a√Īos. Las im√°genes de Rojas nos muestran a los cabezones, que ya por aquellos a√Īos formaban parte principal de la fiesta. Y como no pod√≠a faltar, Rojas ofrece una serie de im√°genes tomadas a los m√ļsicos de la Banda de Agaete, la protagonista sin lugar a dudas de esta celebraci√≥n. El fot√≥grafo plasm√≥ la algarab√≠a alrededor de los m√ļsicos y el sentimiento de felicidad que √©stos sent√≠an por formar parte de la fiesta: el bombo, la trompeta y el tambor, entre otros, orgullosos de tocar su m√ļsica para los aldeanos. Vemos hombres, mujeres, ni√Īos, bailando y disfrutando de la Bajada de la Rama mientras otros, tal y como ocurre hoy en d√≠a, miran desde los balcones y las azoteas.

 

Otra festividad retratada fue la celebraci√≥n del Corpus en la capital grancanaria. Las alfombras de flores que cubren la plaza de Santa Ana y sus aleda√Īos. En estas im√°genes se observa la preparaci√≥n y el resultado de estas obras de arte ef√≠mero que conforman una de las m√°s espectaculares tradiciones del archipi√©lago. Ni√Īos y adultos colocan los p√©talos y los viandantes los observan, curiosos y fascinados con sus quehaceres. El resultado: un hermoso tapiz natural que cubre toda la superficie de la plaza, enmarcado por la mirada de Rojas.

 

 

Las gentes, los pueblos, el movimiento o la calma diaria de muchos rincones de Canarias fueron otros de los temas apreciados por este fot√≥grafo. Se podr√≠a decir que el artista disfrutaba llev√°ndose con su c√°mara pedacitos de calma, de la tranquilidad que se respiraba en estos lugares. En muchas de sus im√°genes se muestra el trasiego de un pueblito como Fataga o un camino por el que se cruzan los campesinos llevando sus burros cargados con la cosecha hacia la casa. O, simplemente, la instant√°nea de unos lugare√Īos sentados, reposando al caer la tarde, en su lugar habitual de conversaci√≥n. En estas fotograf√≠as Rojas destacaba tanto los personajes como los objetos. A trav√©s de estas series podemos acercarnos a la realidad cotidiana que se desarrollaba en Canarias durante los a√Īos 60. Nuevamente encontramos que la calidad art√≠stica no resta nada al gran valor documental de estas im√°genes. Siguiendo su estilo, la mayor√≠a de estas fotograf√≠as fueron tomadas en silencio, sin alertar a los protagonistas de que una foto iba a transportarlos en el tiempo. Debido a ello, las escenas son naturales, sin artificio, y ofrecen al espectador la posibilidad de sentirse presente cuando se capt√≥ la estampa.

 

 

Rojas disfrut√≥ fotografiando a personajes populares. De la misma forma que retrat√≥ a muchos personajes relevantes de la cultura y las artes de aquel momento, decidi√≥ inmortalizar a algunas gentes de pueblos y aldeas que quedaron grabadas en sus negativos. Son retratos interesantes. No en vano, en la mayor√≠a de las ocasiones Rojas ni siquiera los conoc√≠a con antelaci√≥n. Frente a la tradici√≥n fotogr√°fica de retratos de √°mbito rural en Espa√Īa desarrollada desde los a√Īos 30, Rojas opt√≥ por la sinceridad. En la tendencia cl√°sica encabezada por Ortiz Echag√ľe se seleccionaba a los personajes, se planificaban las escenograf√≠as e incluso las vestimentas de los protagonistas de cada imagen. Rojas nunca intervino de una forma tan directa. En ese sentido, su mirada estaba m√°s relacionada con la que en ese preciso momento desarrollaba Oriol Maspons, que buscaba el ‚Äúmomento oportuno visto con inteligencia fotogr√°fica‚ÄĚ3. Al igual que Maspons, Rojas influy√≥ en escasas ocasiones, intentando captar la realidad por s√≠ misma. Son im√°genes en las que Rojas captur√≥ la mirada o las actitudes de sus retratados. Son muy hermosas por ejemplo las instant√°neas en las que aparecen ni√Īos jugando, o charlando, sin apenas intuir que su imagen se convertir√° en el s√≠mbolo de una √©poca. A la orilla del mar, en las calles del pueblo o jugando junto al barranco, los ni√Īos siguen siendo ni√Īos, disfrutando del momento sin pensar en nada m√°s, as√≠, tal cual los capt√≥ Rojas.

 

Algunos son retratos más cercanos, como el que nos ofrece un primer plano de un pescador, ataviado con un gorro deshilachado por el tiempo y la mar, que, sentado junto a las nasas, fuma en pipa. Este personaje gira la cabeza hacia el fotógrafo al sentirse retratado, con lo que descubrimos su mirada directa e interrogativa.

 

Otros retratos reflejan la esencia de los personajes, como la serie que Rojas realiza sobre la anciana de los gatos. En estas im√°genes suele aparecer sentada junto a su puerta, rodeada de gatos y alguna cabra. Observando c√≥mo transcurre su existencia, con la cara curtida por el paso de los a√Īos pero con una expresi√≥n a√ļn activa.

 

 

Por supuesto, dentro de su galería de personas también encontramos los personajes clásicos de este periodo, como puede ser un sacerdote o un guardia civil. En estos casos, Rojas se recreó en el marco espacial, generando simetrías que establecieron juegos visuales cargados de simbolismo, como si de un juego de palabras se tratase.

 

 

La mirada de Francisco Rojas también acarició el paisaje de las islas por sí mismo, sin necesidad de encontrar personajes que llenaran su encuadre. Este artista absorbió la belleza paisajística de las islas y la rescató con su cámara.

 

Desde las monta√Īas de Lanzarote y la exuberancia de la vegetaci√≥n de La Palma, hasta los rincones del centro de Gran Canaria, las sabinas de El Hierro, los molinos de Fuerteventura y las costas del sur de Tenerife, Rojas disfrut√≥ de la naturaleza en su m√°xima expresi√≥n y resguard√≥ lo m√°gico que hay en ella. Esta intensa mirada de contemplaci√≥n hacia lo grandioso del paisaje canario le permiti√≥ adem√°s escribir varias p√°ginas dentro de la historia del desarrollo tur√≠stico y promocional del archipi√©lago, ya que estas im√°genes ilustraron algunas de las mejores gu√≠as tur√≠sticas de la √©poca.

 

 

Los paisajes de Rojas transmiten la fuerza y la intensidad con la que fueron percibidos, habl√°ndonos no s√≥lo del espacio f√≠sico que reflejaron, sino tambi√©n de la personalidad del que se situ√≥ al otro lado de la c√°mara. Este fot√≥grafo no temi√≥ acercarse al objeto retratado, se√Īalando a veces con su encuadre un espacio limitado del conjunto. Al contrario, el uso de este efecto le proporcion√≥ algunas de sus mejores im√°genes. La naturaleza descontextualizada se vuelve misteriosa y atractiva. Las dunas de Maspalomas, captadas con una cercan√≠a que no permit√≠a percibir el mar, se transformaron en un ente vivo. Son luces y sombras. Formas y dibujos generados por las l√≠neas en el espacio de penumbra. Es la belleza de la naturaleza mostrada desde una perspectiva fascinante. A trav√©s de su visor se enmarcaron el Roque Nublo y el Teide. Desde esta mirada percibimos la admiraci√≥n del fot√≥grafo por la naturaleza y su capacidad de fascinarse con los fen√≥menos que √©sta produce. Gracias a esta fascinaci√≥n que se transfiere a las im√°genes, los paisajes de Canarias reflejados en estas fotograf√≠as impresionaron a todo aqu√©l que los observ√≥. Por eso, Rojas fue contratado en diversas ocasiones para realizar reportajes fotogr√°ficos sobre distintos lugares del archipi√©lago con finalidad promocional dentro y fuera de Espa√Īa. Lanzarote, La Palma y Gran Canaria fueron contempladas desde Canad√°, Estados Unidos y diferentes zonas de la Espa√Īa peninsular a trav√©s de sus presentaciones de diapositivas con m√ļsica y texto.

 

A lo largo de su carrera su prestigio como fot√≥grafo fue en aumento. Durante las d√©cadas de los 60 y 70, Rojas fue el mejor fot√≥grafo de arquitectura de Canarias. Su obra es tan extensa que ofrece una amplia visi√≥n de la arquitectura moderna construida en ese periodo. Esta calidad como fot√≥grafo le hizo merecedor de toda una serie de encargos institucionales y privados que lo convirtieron, desde finales de la d√©cada de los 70 y hasta pr√°cticamente sus √ļltimos a√Īos, en el fot√≥grafo oficial del √°mbito cultural de Gran Canaria. Se alej√≥ de la arquitectura pero permaneci√≥ retratando la cultura: exposiciones, cat√°logos, actos oficiales, concursos, eventos culturales. Rojas Fari√Īa fue un testigo sincero que nos ha dejado todo su legado: cinco d√©cadas de cultura en Canarias ilustradas con sus fotograf√≠as.

 

 

Adem√°s, Rojas se recreaba con la experimentaci√≥n. Eso fue una constante en toda su trayectoria. Lo hac√≠a con esa mezcla de t√©cnica-ciencia y arte-creatividad que caracteriz√≥ su trabajo y que se reflejaba en su personalidad. Rojas experiment√≥ con los encuadres, las t√©cnicas, el uso del color y con elementos ajenos a la fotograf√≠a para generar efectos espectaculares. Ya en los √ļltimos a√Īos, este esp√≠ritu innovador y de b√ļsqueda continua lo acerc√≥ a la tecnolog√≠a digital, un √°mbito que consideraba inmenso y lleno de posibilidades creativas. Estas im√°genes dejan una estela incomparable de modernidad que traspasa las barreras del tiempo. Son im√°genes que permanecen y permanecer√°n como iconos pop, como reflejos de su √©poca y de su personalidad, como ejemplos de lo moderno.

 

 

Por √ļltimo, hay que mencionar las im√°genes que Rojas capt√≥ sobre la zona sur de la isla de Gran Canaria antes de que fuese invadida por el turismo. Con motivo del Concurso Internacional de Ideas Maspalomas Costa Canaria, convocado en 1961 por Alejandro del Castillo, Rojas realiz√≥ un reportaje completo sobre el √°rea que se utiliz√≥ para ilustrar las bases de dicho concurso. Irrepetible es la imagen del camellero que camina con su dromedario por las dunas de Maspalomas. Estas im√°genes, algunas de las cuales a√ļn son utilizadas como modelo de iconograf√≠a tur√≠stica, viajaron por todo el mundo y escribieron parte de la historia promocional de Gran Canaria. De hecho, al concurso se presentaron arquitectos de 24 pa√≠ses. Pero √©stas no fueron las √ļnicas im√°genes realizadas y utilizadas con car√°cter tur√≠stico. A ellas se suman muchas otras, como las vistas del Puerto de la Cruz, La Orotava, Santa Cruz, el Roque de Bonanza, el Roque de Agando, La Geria, Puerto del Carmen y Arrecife, entre otras, que fueron incluidas como material promocional en revistas tur√≠sticas especializadas como Costa canaria. Todas mostrando la exuberancia de la naturaleza isle√Īa.

 

 

Es innegable que el √°mbito paisaj√≠stico forma una parte importante de la obra de Rojas y son pocos los que han reconocido su m√©rito. Su valor se incrementa al haberse convertido en un modelo a seguir dentro de la fotograf√≠a tur√≠stica de las islas. Estas escenas aparecen cargadas de po√©tica, de su especial manera de mirar hacia los espacios naturales con la admiraci√≥n del que aprecia la belleza salvaje de los paisajes, remarcando su excepcionalidad: mostrando un aut√©ntico para√≠so natural. Playas desiertas a√ļn sin edificar, extensiones de cultivos junto al mar, barrancos frondosos, im√°genes de un archipi√©lago tal y como era hace 50 a√Īos. Escenas de un entorno casi ins√≥lito para las nuevas generaciones. Un archipi√©lago que muchos no conocimos y que permanece vivo gracias a estas im√°genes.

 

 

√Čste es el legado de Rojas, quien con su mirada sincera y moderna export√≥ la belleza de las islas al mundo y a nosotros mismos.

 

Notas

1 Francisco Rojas Fari√Īa, extracto de una entrevista realizada en 2005.

2 Francisco Rojas Fari√Īa deber√≠a ya figurar dentro de la historia de la fotograf√≠a como parte de esa vanguardia.

3 Maspons, Oriol. ‚ÄúC√≥mo hago mis fotograf√≠as‚ÄĚ. Arte fotogr√°fico, a√Īo 4, n¬ļ 47 (noviembre 1955), p. 692 (citado en: Fern√°ndez, Horacio. Variaciones en Espa√Īa: fotograf√≠a y arte 1900-1980. Madrid: La F√°brica, 2004, p. 118).

 

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