La casa como imaginario

Alberto Omar Walls



Todos los sentidos se fraguan en la Casa Infantil que subyace en el interior más oculto de todo artista. Algunos lo han confesado expresamente, y otros han testimoniado algunos hallazgos o preferencias literarias en ciertos productos creados que evidencian ese tipo de deuda, fueran poemas, relatos, pinturas o fotografía y cine... No siempre se comenta, y ni siquiera se es tan consciente como para aventurarse a darle cualidades literarias a un submundo metafórico que se oculta bajo los pliegues del creador ya maduro. El escritor no sabrá explicar bien nunca por qué escribe, ni siquiera a partir de qué instrumentos mentales elabora sus creaciones.

Claro está, se fabricará, mientras indaga, una respuesta eficaz, un universo teorético inteligente, y nada más. Para engañar y engañarse... Porque no sabe el escritor por qué escribe, ni conoce los ocultos resortes que lo impulsan a estar de continuo de manos del lenguaje. Siempre he dicho, donde me han preguntado, que escribo a partir de los relatos que mi tía Mica me contaba hace más de sesenta años, en la casa Ramón y Cajal, 8, de Santa Cruz, cuando aún era llamado el Monturrio y el barrio Duggi se componía de muchas calles sin asfaltar. Pudo haber sido la confabulación en el proceso de habla y escucha, además del sillón de orejas de mi padre, donde me pasaba horas enteras abstraído con mis muchas lecturas. La casa no era sólo la casa donde se comía y dormía, era una acogedora marmita donde se cuajaban los poderes metafóricos con que se dotan los instrumentos de quien, andando los años, sería un escritor. La casa era la Casa, la fabricadora universal de ficciones desde la que se alimentaban muchas de las imágenes que miraban hacia el futuro. Los mundos de esa Casa Virtual quedan escondidos en la memoria del futuro creador y los recuperará transformados, como era de esperar, en hechos poéticos.



Sabemos que ha ocurrido con ciudades que poseyeron una densidad imaginativa más allá de su historia misma (Alejandría, París o Venecia). Yo mismo terminé este año una novela que se zambulle en La Laguna del siglo XVII, intentando rescatar del olvido algunos de sus posibles imaginarios, a través del olfato...

Dirá lo que quiera decir, pero la infancia y la Casa, o casas, que la fabricaron, están fijadas, como viejas calcomanías, en el telón de fondo de una existencia que ya no está ni volverá jamás. Quizá sea en parte ese el primer motor del escritor, el que lo incita a revivir los pasados imposibles alfilerados en una infancia desaparecida. Ese estremecedor poema de Pedro García Cabrera, Pesadilla, que aparece en este mismo número especial de Rincones, sería imposible concebirlo si no se tratara de la casa de la infancia, donde su padre, maestro, les enseñaba a los chicos a "leer en voz alta aires de libertad", o donde su madre los "miraba desde el fondo del alma". Porque no era ni sería jamás una casa cualquiera, ¡era la Casa!, hecha aparentemente de los simples materiales de la construcción, pero "Más que de cal, de piedra y de madera, era de carne y hueso igual que los hermanos"... existen muchos ejemplos en toda la literatura donde observamos que las dotes esgrimidas por el escritor tienen que ver tanto con los sentidos físicos (vista, tacto, olfato, gusto y oído) como con las visiones y pasiones, temores u horrores, amores y llantos. Casa tomada es un genial relato de los muchos de Julio Cortázar. Para mí un maestro del suspense literario y la trama o urdimbre inquebrantable. En ese sentido, respecto del uso del arte de la gran estructura, con la misma genialidad que caracterizaba a Hitchcock en el cine. Observen cómo comienza el relato: "Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua [...] guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia".

Escribir es una aventura muy personal, y no creo que se puedan lanzar axiomas de cómo hacerlo sin caer en la pedantería de querer influir en los demás y, en última instancia, justificarte con los juegos intelectuales de tu poderoso ego. Cada artista cuece su arte en la marmita de su infancia y juventud. Como en el caso de las sopas orientales, se hierve media vida tu caldo vivencial, para que el caldo creador te sirva para la otra media. Nadie puede vivir por mí, y juro que lo hago cada día y a cada hora de la mejor manera que sé hacerlo. Vivir es una aventura hermosa que se perfecciona en cada momento y también se te destruye, para tener que recomenzarla a cada rato. Es gratis vivir y experimentar; sólo que aprendemos a poner un precio a las vivencias y por eso, luego, se dice que la vida es cara. El mundo entero nos está esperando a la puerta de cada acto para que lo experimentemos a manos llenas. De cada ser depende lo que se escoja, para martirio o goce. Escribir es también una aventura que se renueva cada vez que te enfrentas con el papel en blanco o la pantalla de ordenador. En muchos aspectos no queda más remedio que poner cerca ambas aventuras: la de vivir y la de escribir. Creo que las dos, la vida y la escritura, conforman la cara y el envés de una misma realidad: la experiencia reinterpretada. Porque la realidad (y eso es algo que se aprende) no es única y ni, para todos, la misma. la realidad es anomia y para hallar sus sentidos debemos indagar, como mínimo, en dos de sus muchos aspectos, la relatividad y la dinámica. Lo Presente absoluto es lo único que definiría, en última instancia, a la realidad experimentada; pero no hay nadie que usando la escritura pueda contar o narrar un hecho tal cual ocurrió. También es asunto que afecta al tiempo, pues la vida se produce en el ahora y la observación artística, por parte del lector, en el pasado o en el futuro.

El escritor es el mentiroso que, como el taxidermista, se atreve a dar la apariencia de verosimilitud a seres inventados pero a los que obliga a adoptar apariencias de humanos; es el titiritero de seres que no existen.

¡Qué simpática contradicción!: siendo creadores, inventamos una realidad y la movemos como si fuera auténtica. Vida y escritura son, por otro lado, cara y envés de un mismo hecho, conjugan expresión ficcionalizada de seres que no existen y seres que existiendo adoptan conciencias internas de ficción o desencanto. Puedes escribir mirándote el ombligo o cualquier otra parte del cuerpo, y haces literatura. Puedes escribir mirando la porción del mundo que te rodea, con tu visión psicológica, filosófica o sociológica y sigues haciendo literatura. O hasta puedes escribir sobre tu propia persona enajenada del mundo, y sigues haciendo literatura. A nadie se le escapa que escribir no es ya sólo desnudarse ante fantasmas o ponerle el cascabel a la imaginación, la fabulación; perfeccionarse en la buena carpintería o, dicho de otra manera, en el buen hacer; o ejercitarse en la voluntad de estilo.

Para hacer buena literatura no basta ya con hacerlo bien; no es imprescindible sólo el cómo lo haces sino también el qué dices o qué cuentas. Aunque la vieja verdad aún sigue siendo cierta y es que casi todo ha sido dicho ya y que el escritor no tiene otra obligación que escribir bien por encima de sus deseos de transformar la realidad.

Si nuestra materia prima es la mentira, ¿será que nos empuja el deseo de alcanzar la verdad a través de la ficción? ¿huimos de lo que deseamos? Trabajamos con la lengua y los íconos, las músicas y el folklore, trabajamos con los mitos y los dioses humanizados, trabajamos con los detritus de otras culturas y otras artes, y trabajamos con nuestras infancias, con nuestros mundos interiores... ¡Somos unos auténticos cocineros de todas las materias y nuestros guisos han de saber a algo no saboreado antes y, si fuera posible, original! Y eso es imposible, porque todo se parece; es decir: toda mentira ha de tener en su seno, como mínimo, la esperanza de pasar por verdad y por ello se delata. Si no fuera así, no existirían los críticos (comensales de paladar refinado), ni el lector culto o especializado, ni la competencia entre escritores... La única inocencia posible, y quizá menos mentirosa, es la práctica del anonimato y el narrar historias de los dioses o culturas de corte prehistórico. ¿Pero nos resulta posible a estas alturas romper la baraja de la mentira institucionalizada y embarcarnos a la búsqueda de una verdad única que no admita en su envés la otra cara de la ficción? Pero existe un territorio íntimo al que todo escritor recurre, aunque no sea consciente de ello. Para algunos escritores es evidente su fuente de inspiración, porque no sólo lo admiten sino que la estimulan: la infancia y la casa o casas donde se vivió la niñez donde se fraguaron sus ilusiones y esperanzas. Toda casa es un ser vivo, que siente y padece, respira o muere. Las gentes de mi generación tendrán aún presente el infinito valor sustancial que nuestras casas de entonces albergaban.

Las casas en que vivimos eran propicias para la inspiración y la convivencia. Nuestra familia vivió largo tiempo en una casa del barrio Duggi de Santa Cruz. No cabe duda de que no se trataba de una casa campesina, pero allí sí que ayudé a encender el fogón y el infiernillo para que las mujeres fabricaran las deliciosas comidas que alimentaban diariamente a nuestra familia numerosa. Oía todas las mañanas los cencerros de las cabras cuando se acercaban para ser ordeñadas. Aquellos mansos animales nos proporcionaban el primer alimento del día, en forma del mejor desayuno de la ciudad, compuesto de leche calentita recién ordeñada y unas cucharadas de gofio de millo. El cosquilleante y espumoso líquido al subirse a nuestros labios superiores nos transformaban en ancianos de blancos bigotes en cuanto la bebíamos. Y esa sencilla experiencia nos mantenía alegres y risueños durante toda la mañana. Cierro los ojos y puedo oír aún el tintineo mañanero de aquellos cencerros del rebaño de cabras que cruzando la calle Ramón y Cajal arriba, provenientes del barranco de Santos, iban a la búsqueda de la hierba fresca que se hallaba en lo alto de Las Asuncionistas. Oiría pronto los toques recios de una de las manos cerrada en puño del cabrero dando contra la puerta de madera de nuestra casa mientras en la otra portaba la medida de latón. Me alongaba luego de oírlo a la ventana del piso alto y me quedaba viendo cómo ordeñaba las cabras. Me embobaba oír aquel fru fru fru corto, rítmico, rápido, metálico y esponjoso que se producía en el caer de la leche cuando era proyectada desde las tetas del animal hasta el cacharro de latón que, pronto, acabaría completamente lleno de espuma blanca y sabrosa como un caramelo de nata.

Puede que la comida no esté tan alejada del alma de las cosas, si entendemos que su función, por tan excelsa, ha de ser cuidadosa con el contenedor del alma: el cuerpo. Los productos que nos alimentan, las cosas o productos que se usan en todo plato, por sencillo que sea, han tenido que formar parte de la naturaleza. Como todo ser vivo, también servimos de alimento a otros seres. No es que todas las cosas se puedan comer, aunque vivamos en época en que todo se devora, se fagocita, deglute y desecha rápidamente. Vivimos en la época que nos han dejado nuestros antepasados, y los que vienen (ya vendrán pronto) vivirán en el mundo que nosotros les dejemos. Pero debemos abstraernos un tanto de esa conceptualización del alimento de la vida, que pasa por entender que todo lo que vive se procesa, usa, se utiliza y degrada al fin, para centrarnos en algo más simple y doméstico como la cocina familiar y el recuerdo de aquel platillo magnífico de arroz con leche de nuestros primeros cinco años que nos hizo descubrir que la tata era el ser más adorable del mundo.

Reconozco que de pequeño me deslumbraban los pasajes de la literatura francesa del diecinueve en que los protagonistas mantenían sus relaciones en torno a una buena comida. Quizá por eso creo ahora que alrededor de toda la cocina familiar se nutre el que será el individuo futuro. Como tercer hijo de familia numerosa, recuerdo de mi infancia que muchas cosas importantes se producían y fraguaban entre la cocina y el comedor. Buscando el tiempo perdido de mi vieja casa interior, a través de los sentidos, hay sensaciones que me resuenan hoy día con eco lento e imágenes morosas. En las cocinas se cocinaban también los seres futuros. Junto al calor de los calderos y el horno, se mezclaban nuestras segregaciones internas con los olores, danzando juntos un mundo heterogéneo de sensaciones que coincidían en el proceso del mañanear. Con los rapapolvos y sopapos (¡quítate, niño, de en medio!) se orquestaban las músicas cantadas a voz en grito de las muchachas, las voces engoladas de las novelas La Lechera que aderezaban llantos imaginados o reales de la cocinera con las especies... las horas del comer marcaban el antes y después de todas las acciones, junto con el interés por lo novedoso. Yo, cuando volvía del colegio, tenía una costumbre que posiblemente era ya heredada, como los trajes, de los hermanos mayores.

Iba derechito a la cocina y, tras preguntar qué había de comer, pegaba a destapar calderos y a incrustar mi recta y afilada nariz entrometida en la indagación de sus contenidos. Las potas en salsa me chiflaban; los rodillos envueltos en mayonesa y rellenos de atún fresco, me enloquecían; las croquetas suaves y cremosas de pescado, carne o queso, me hacían palidecer; los tollos me daban un vuelco en el corazón; la ropa vieja, los calamares rellenos, la carne mechada... Pero estaban los postres de la tarde (¡oh, los postres: bizcochos, helados, cremas!) con sus tufillos previos caramelosos y nectarinos que impregnaban toda la casa de arriba abajo haciéndome insoportable la espera de la hora de la merienda. Había algo que no pasaba de casi ninguna manera y que hoy reivindico como muy bueno: el potaje de bubangos. Sentir la presencia del bubango me daba náuseas, y eso, en un niño, es lo peor que le puede ocurrir a la hora de comer: enterarse de que hay potaje de bubangos y de que detrás viene uno de sus platos favoritos. Ying y yang de la vida; cara y envés de un mismo hecho. Como si te estuvieran indicando que para alcanzar lo deseado habías de pasar antes por cierta experiencia amarga.

Hay un plato que tiene para mí una simbología notoria, porque se fabricaba en la gran Casa de mi imaginario: lo llamábamos rollitos de col. Mi abuela paterna se vino de Palestina a conocernos en 1952, y aquí dejó entre nosotros, antes de irse para siempre, todo un recuerdo hermosamente mitificado en torno a los olores de las especies que provenían de su lejana tierra natal, y algunos platos de cocina que, en cierto modo, se acabarían adaptando a nuestras propias materias primas y toscos paladares. Mi madre, Amparo Walls Hernández, llama a este plato Rollitos de col rellena de carne, y en árabe se denominan malfuf. Se pueden hacer también de hojas de parra (warrack inab) o de acelgas. Malfuf quiere decir enrollado, que en este caso, como casi toda la cocina árabe, contiene un relleno, que es una sorpresa para el paladar. Recuerdo que se preparaba con una col blanca mediana y medio kilo de carne de ternera, una taza y media de arroz, dos dientes de ajos, una cebolla grande, un pimiento dulce, azafrán, pizcas de pimienta molida y orégano, una rama de perejil, las ramitas consiguientes de hierbabuena, la nuez moscada y la sal. Cuando se compraba la carne, se mandaba a moler; una vez limpia la col de las hojas externas, se metía en una cacerola con agua y se ponía a calentar. Cuando se veían un poco blandas las hojas, sin que la col se reguisase, la retiraban de la olla, cuidando de guardar para después el agua en la que estuvo. Se debía ir cortando poco a poco, hoja a hoja, sin que se tronchasen. De cada hoja se separaba el tallo o nervio central, con lo que quedaban divididas en dos partes. En una sartén grande se metía la cebolla bien picada en taquitos pequeños, el pimiento también muy picado, los dientes de ajo y las especies. A poco se echaba la carne, removiéndose todo, y al final se introducía el arroz. Se debían dar algunas vueltas, siempre con una cuchara de madera, para que todo quedase bien mezclado. Para proceder al relleno, se cogía una cuchara pequeña y se iban tomando porciones que permitieran rellenar las medias hojas de col, envolviéndose sobre sí mismas como si fueran unos cigarros puros. En un caldero bajo y ancho se colocaban los rollitos uno junto al otro. Le incorporábamos el agua sobrante de la cocción del principio hasta que cubría toda la camada de rollitos. había que procurar una tapa más pequeña que el caldero y encima ponerle un peso de hierro o un callao grande de playa para que quedasen los rollitos bien prensados. Poníamos el caldero a fuego lento unos veinticinco minutos.

Cuando ya estaban, se sacaban uno a uno con cuidado de no romperlos, se servían en una fuente y se acompañaban con su propio jugo o con una buena salsa de tomates que habríamos hecho previamente con los de nuestra tierra. mientras se preparaba el guiso, había que cantar. Era imprescindible el canto alegre y, si fuera posible, la risa más venturosa para que el alimento fuera beneficioso para los comensales, la familia...

La vida moderna está plagada de lugares específicos que, en realidad, son sinónimos de espacios vacíos. Creemos habitar nuestras casas, los aeropuertos, correr por las autopistas, curarnos en los hospitales, divertirnos en los clubes, dormir en los hoteles, abducirnos en los cines, adquirir en los hipermercados, y viajar en aviones, taxis... Además están los teléfonos o los ordenadores, y muchos supuestos espacios y cosas más, que acaso tiendan a querer ocupar nuestras vidas desde el anonimato, transformando nuestros actos en hechos globalizadores sin alma individual. Desde la perspectiva del escritor, cuando escribimos, cuando el escritor confiere vida a sus personajes o sus poemas, en realidad está poniéndoles nombres y apellidos a unos lugares físicos o mentales que le habitaban en la memoria. El espacio de la memoria del escritor cobra vida cuando es actualizado a través de la escritura. Cuando su voz mental se transforma en palabra escrita la vida comienza nuevamente a bullir. La escritura obliga a crearse una figuración que exprese lo que en otro tiempo y lugar fue. La escritura misma es una metáfora del pasado y la condición del hombre es el estar confeccionando textos escritos o imaginados que lo justifiquen en lugares y espacios que a veces no habitó o no supo habitar. El nacimiento de la palabra surge para justificar los actos del hombre... y, quizá, también, sus malditos olvidos...



Habitamos un espacio que desconocemos. Sabemos cuatro cosas sobre nosotros mismos y sobre algunos lugares de la Tierra y nos atrevemos a definirlos en la modernidad como la capacidad de lucha del hombre para imponerse sobre el medio... Cuando, en realidad, el hombre no ha acabado aún por conocer qué cosa habita, dónde está, por qué está ahí y, ni siquiera, por qué llegó adonde está y cree hallarse. Una vida de un adulto, tal y como la conocemos ahora, apenas da tiempo para descubrir la importancia del cuerpo físico que ocupamos desde la perspectiva de espacio... ¡Cuánto más difícil conocer aquel otro lugar más connotado y significativo que da forma a un espacio que te engloba, conjuntamente con otros lugares, con valor histórico, vivencial o determinante...!


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