Paseando entre jardines

Arnoldo Santos Guerra



"Ser es estar en un jardín sin tapias, en un viñedo sin guardián, en una casa de tesoros siempre abierta a los transeúntes".

In memoriam Vicente Ramos

Podemos considerar que la jardinería se introduce en Canarias a lo largo de todo el siglo XV, cuando ya, durante milenios, diversas culturas asiáticas y mediterráneas centro-orientales habían desarrollado una intensa labor en la domesticación y uso de diversas especies ornamentales así como en la creación de jardines ligados a las clases gobernantes y a la vivienda familiar, en pequeños patios protegidos por muros, en el interior de la propia vivienda o también en espacios públicos de dimensiones variadas. Parte de este patrimonio pasó progresivamente a Europa occidental en torno a los inicios de la era cristiana, enriqueciéndose paulatinamente, en particular a partir del Renacimiento. Debemos considerar que de esta época parten las ideas y las especies para iniciar y desarrollar jardines, en sus múltiples variantes, en el archipiélago canario, donde, por ejemplo, la pervivencia del patio central interior, ajardinado, debemos considerarla como la evolución de un diseño ancestral.

Dejando aparte el hipotético conocimiento, uso o consideración que las poblaciones aborígenes tuvieran de la flora canaria, con la cual entraron en íntimo contacto en el primer milenio antes de Cristo para su empleo y aprovechamiento según queda constatado en diversas investigaciones arqueológicas, aún no poseemos datos que nos confirmen la utilización de especies ornamentales por parte de dichos pobladores. Parece evidente que tuvieron que extasiarse frente a la belleza de los más llamativos representantes de la flora local (taginastes, margaritas, bejeques, siemprevivas...) como aún lo hacemos nosotros, aprendiendo pronto, con toda probabilidad, a utilizar muchas de ellas en usos diversos, incluidas medicinas y alimento (acebuche, bejeque, bicácaro, cardón, madroño, mocán, tabaiba...). Sabemos, sin embargo, que las poblaciones aborígenes introdujeron diversas especies de interés económico, fundamentales para su supervivencia en las islas (cereales, leguminosas) y que algunos frutales (higuera, vid) estaban en el archipiélago antes de la conquista. Los primeros habitantes del archipiélago iniciaron, por tanto, la llegada de elementos alóctonos (no nativos), entre los que podrían existir semillas de malas hierbas, algunas de las cuales se asilvestraron con facilidad incorporándose a la flora nativa. Sin embargo, no se ha constatado la introducción de especies ornamentales o medicinales, como podría haber ocurrido, quizás, con el áloe (Aloe vera), de amplia difusión en el área mediterránea como planta medicinal y protectora en épocas remotas ligadas al inicio de la era cristiana.



JARDINERÍA POST-CONQUISTA (SIGLOS XV Y XVI)

La introducción de flora exótica, no perteneciente a la flora nativa, ligada al desarrollo de los jardines y huertos, tuvo sus inicios con la llegada de distintos viajeros y emigrantes europeos a raíz de la conquista de las islas a lo largo del siglo XV. Parece confirmado que poco antes la arribada de otros grupos, en particular evangelizadores en los siglos XIII y XIV, fueron responsables de la introducción de algunas especies de interés agronómico, como ocurrió con la higuera y al parecer también con la vid. Después de iniciada la conquista, a partir de 1402, se establecieron rápidamente pequeñas zonas (jardines-huertos) dedicadas al autoabastecimiento de hortalizas y a la ornamentación de centros religiosos, hospitales, casas y espacios públicos urbanos, algunos de ellos construidos ya en el siglo XV, en todas las islas con la excepción de La Palma y Tenerife, que no fueron conquistadas hasta fines del mismo. Estas introducciones ocurrieron en los distintos conventos y hospitales, con sus huertos-patios interiores o anexos, siguiendo la tradición renacentista, dejando ejemplos que han perdurado hasta nuestros días en su ubicación original manteniendo su uso, como ocurre en los conventos de catalinas y claras, en La Laguna, junto al existente en Garachico y otros lugares del archipiélago, donde se cultivarían diversas flores (para uso religioso) como azucenas de la virgen y lirios, junto con hortalizas, cítricos (naranjos y limoneros en particular) y otros frutales, así como hierbas medicinales tan clásicas, durante milenios, como la celidonia (Chelidonium majus) o la hierba de Santa María (Tanacetum parthenium), junto a las olorosas labiadas (romero, salvia, tomillo...) de uso culinario y medicinal. Todas estas especies son en principio de proveniencia europea, con larga tradición de uso en el área mediterránea o con origen asiático ancestral, a las que rápidamente se incorporan, desde fines del s. XV, las novedades americanas, tanto comestibles (papa, pimiento, tomate...) como ornamentales o medicinales. En la actualidad muchos de esos espacios, en general de carácter religioso, han desaparecido en todas las islas o están en desuso (San Diego en Betancuria, Fuerteventura; San Francisco en El Hierro y La Gomera; todos los conventos de Las Palmas de Gran Canaria; Santo Domingo en Santa Cruz de Tenerife y Santa Cruz de La Palma, etc.). Otros, sin embargo, siguen formando parte de los edificios, a modo de patios, una vez que algunos de estos recintos (conventos y viejos hospitales) han dejado de tener uso religioso, en particular a partir de la desamortización, y se han incorporado como centros culturales a las actividades de ciudades y pueblos, con diversos ejemplos en distintas islas tales como el convento de San Sebastián en Los Silos; el Hospital de Dolores, San Agustín y Santo Domingo en La Laguna; San Agustín y Santo Domingo en La Orotava, San Agustín en Tacoronte, todos en Tenerife, o el convento de San Francisco en Santa Cruz de La Palma, mientras que en el caso de San Francisco de La Laguna está dedicado a uso militar. Los conventos y hospitales antiguos que existieron en Las Palmas de Gran Canaria no se han conservado, desapareciendo sus antiguos huertos-jardines excepto en casos aislados como el hospital de San Martín. Situaciones parecidas ocurrieron en otras ciudades y pueblos de dicha la isla tales como Agüimes, Firgas, Gáldar y Telde.



Estas primeras introducciones estuvieron relacionadas íntimamente con la propia jardinería europea, que además, como ya hemos dicho, había incorporado muchas especies orientales-asiáticas (camelias, cítricos, granado...), de forma que algunas plantas (árboles, arbustos, enredaderas, bulbosas...) tales como adelfas (Nerium oleander), mirto (Myrtus communis), boj (Buxus sempervirens), jazmín (Jasminum polyanhtum), alhelíes (Matthiola incana), rosas (Rosa spp.) claveles (Dianthus spp.) o nardos, junto con numerosos frutales (albaricoquero, almendro, castañero, ciruelo, duraznero, manzano, peral, etc...) que todavía siguen siendo tradicionales en nuestros campo, llegarían a las islas en época temprana (siglos XV y XVI) desde ambientes mediterráneos, en particular del área andaluza heredera de una interesante tradición jardinera con fuerte influencia árabe durante varios siglos. Algunas especies lo hicieron muy pronto en razón de las propiedades medicinales que habían ido adquiriendo a lo largo de la historia entre ellas el popular Aloe vera, ¿un curalotodo?, de uso milenario y origen desconocido, planta ligada durante siglos a muchas de las casas populares canarias antiguas, con un doble uso ornamental y medicinal al igual que otras especies introducidas en distintas épocas, como el sudafricano bálsamo (Senecio aizoides), las rudas (Ruta chalepensis y R. graveolens) o la salvia oficinal (Salvia officinalis), en cuyas cercanías se suelen hallar asilvestradas, o el enigmático verol (Aeonium arboreum) de misteriosa patria, caso aún más peculiar en la historia de la botánica popular europea.

No cabe duda de que el temprano establecimiento de familias originarias de la Península Ibérica, además de las provenientes de otras ciudades y países de Europa (Génova, Flandes, Inglaterra, etc.), desde los primeros momentos de la conquista, supuso una preocupación e interés por el desarrollo de jardines privados, de gran tradición en sus lugares de origen, y en tal sentido tendríamos que pensar en los establecidos en torno a las viviendas de familias que desarrollaban importantes negocios relacionados, en un principio, con los ingenios azucareros, y después con la producción de vinos u otras actividades comerciales desde la segunda mitad del siglo XV y los comienzos del siglo XVI, particularmente en las islas de Gran Canaria (Agaete, Arucas, Guía-Gáldar, Firgas-Moya, Ingenio, etc...) y en toda la fachada norte de Tenerife así como en Adeje (suroeste), siendo menores en número pero no en importancia en la isla de La Palma (zonas de Tazacorte-Argual o Los Sauces) y de menor entidad en la Gomera (Hermigua y Vallehermoso). Los ingenios azucareros fueron construidos en relación a la existencia de manantiales continuos en sus cercanías, de forma que la ausencia de aguas de escorrentías constantes y de acuíferos de suficiente caudal en Lanzarote, Fuerteventura o Hierro no permitió su establecimiento allí, ni el desarrollo de un rico patrimonio arquitectónico ligado a ellos, como ocurre en las otras islas ya mencionadas.

Algunas de estas haciendas, herederas de los primitivos ingenios, aún perviven, con sus correspondientes modificaciones, desde los primeros asentamientos ligados a las explotaciones agrícolas diversificadas en la actualidad, una vez que los cultivos originales (caña de azúcar y viña) dejaron de tener importancia económica, dando paso a otros como siembra de tuneras para cría de cochinilla y la producción de grana para tinte, para llegar en la actualidad al cultivo del plátano y otros frutales tropicales o subtropicales. En ellas es posible encontrar algunos elementos vegetales ornamentales de cierto interés y antigua introducción.

Las relaciones comerciales que se establecen y perduran durante largo tiempo, en particular con el mundo anglosajón, permiten que la rica tradición de la jardinería inglesa se difunda a través de los estamentos sociales más pudientes dejando su huella en muchos lugares, y probablemente sirvió de acicate para que otras familias establecidas en Canarias copiaran o emularan tales jardines, enriqueciendo los tradicionales patios con espacios amurallados de dimensiones moderadas, en la trasera de las viviendas, que permitían una mayor cantidad y diversificación de especies, trasmitiéndose esta estructura o reparto de espacios, tal y como se puede ver en los planos de Torriani (fines del s. XVI) y en diversos testimonios gráficos posteriores, llegando hasta el presente en los jardines-huertos tan frecuentes en el entorno de las viviendas campesinas. Lógicamente, junto a la construcción de grandes mansiones, en ámbitos rurales, dependientes de diversos mayorazgos y propiedades de terratenientes ligadas a las primeras explotaciones agrícolas de importancia (caña de azúcar y viña) que podríamos considerar como una arquitectura de ricos, se inició también el establecimiento y desarrollo de una arquitectura de pobres, relacionada con mano de obra barata o esclavos, que incorporaba elementos provenientes tanto de la población aborigen como de los colonos recién llegados, predominando en algunas zonas los castellanos y portugueses, buscadores de fortuna. Las viviendas humildes, tales como cuevas aborígenes reutilizadas, cuevas excavadas (más frecuentes en Gran Canaria) o las numerosas cabañas de piedra y paja (más abundantes en Tenerife), que todavía el viajero francés J. Leclercq, en 1879, considera repetidamente como miserables y describe como "bajas chozas de piedra seca, cubiertas con una mala techumbre de paja, verdaderas madrigueras de aspecto tan primitivo...", eran muy frecuentes, llegando incluso, con toda su sencillez, hasta nuestros días.



Es difícil imaginar, ya que no hemos hallado información bibliográfica al respecto, qué tipo de elementos vegetales acompañarían, como ornamento exterior, a estos simples y humildes habitáculos, pero sin duda no fueron numerosos, tratándose de plantas locales rústicas, de uso medicinal o no, siempre en reducido número, junto con especies introducidas que de alguna forma iban pasando desde los jardines privados, establecidos por las familias pudientes, al campesinado más pobre, hecho que en gran parte creemos que ha perdurado hasta nuestros días como una vía mas de difusión de la jardinería en las islas. Cuando observamos postales o fotos de grupos de viviendas campesinas, donde predominan las cabañas cubiertas de distintos tipos de paja u otros elementos vegetales, incluso hojas de pitera, creemos que es difícil pensar en unas viviendas aún más sencillas y pobres establecidas desde los inicios de la postconquista, volviendo nuestros pensamientos sólo a las numerosas cuevas aborígenes que siguieron en uso, acondicionadas como hogares o como sitios de almacenaje, corrales de ganado, etc. También es lógico pensar, y numerosos documentos lo certifican (datas, protocolos notariales...), que al mismo tiempo se iban estableciendo a lo largo de todo el territorio archipelágico algunas casas sencillas, más elaboradas, que, sirviéndose de los materiales locales (piedra, barro y maderas), fueron construyéndose a base de pequeñas o únicas habitaciones, incluso sin ventanas o con pequeños ventanucos, con cocina independiente, mal acondicionada, para evitar problemas de incendios y molestias de humos.

Esta viviendas se fueron mejorando en numerosos casos, cuando las condiciones económicas familiares lo permitieron, con mayor número de habitaciones organizadas en torno a patios, o edificios de dos plantas con escasas habitaciones, escaleras y balcones de diversa factura, donde ya el rincón vegetal estaba presente como árbol aislado en medio del patio, enredaderas en esquinas cubriendo muros y tapias, poyos de variado colorido y diversidad o numerosos cacharros (ollas de barro rotas, calderos viejos, latas...) arrejuntados, inservibles ya para otra cosa que no fuera su uso como recipiente donde colocar un poco de tierra y sembrar rústicas especies vegetales. Estas colecciones, probablemente en su estado más lamentable, fueron descritas por Verneau en 1890, refiriéndose a una casa de Arrecife (Lanzarote) de la siguiente manera: "Al centro, un patio en el que el propietario se esforzaba, sin resultado, en hacer crecer algunas plantas endebles y una media docena de lechugas todavía más raquíticas. Cacharros rotos, cajas desfondadas, latas de petróleo vacías, reemplazaban la vegetación que se obstinaba en no crecer, a pesar de que el propietario, orgulloso de su jardín, prodigaba cuidados asiduos a las plantas". Durante varios siglos eran éstas las singulares viviendas y sus peculiares jardines que caracterizaban los caseríos diseminados, tan frecuentes en las islas, y que han perdurado hasta nuestros días, en numerosos ejemplos, con diversa fortuna en su estado de conservación actual.



PLANTAS INTRODUCIDAS EN LA JARDINERÍA DE CANARIAS. SIGLOS XV A XVII

Diversos textos, ya que la iconografía local es rarísima durante estos siglos, nos proporcionan información para poder ir reconstruyendo la introducción de plantas de interés ornamental en las islas, algunas veces ligadas también a su uso alimenticio o medicinal.

Foto: Francisco Rojas FariñaPara localizar referencias antiguas a plantas de jardinería introducidas en Canarias tenemos que recurrir a diversas fuentes que se inician en el siglo I de nuestra era con el texto de Plinio, donde se hace mención, en relación con las islas, de tan sólo cuatro especies vegetales (cañahejas o férulas, palmeras, papiro y pino), que consideramos nativas suponiendo que los papiros puedan referirse a un tipo de Ciperácea o Juncácea, mientras que aún se necesitan más investigaciones arqueológicas que aporten datos de la llegada a nuestros territorios de especies introducidas de posible interés medicinal-ornamental. Tras el olvido casi total del archipiélago durante trece siglos, comienzan a aparecer luego distintos textos con comentarios escasos o muy generales referentes a huertos o jardines con plantas de valor ornamental.

Así, en uno de los escritos más antiguos que se conocen (Boccaccio, s. XIV) se hace alusión a la presencia de "higueras, palmeras, huertas, coles y otras hortalizas comestibles" en alguna de las islas. Teniendo en cuenta que una incipiente agricultura, particularmente de cereales y leguminosas, era desarrollada por los aborígenes, hemos de admitir como cierto o muy probable el testimonio que nos transmite de una expedición genovesa de 1341, aunque la presencia de coles nos resulte dudosa.

Otro de los pocos textos, recogido parcialmente en la obra de Berta Pico y Dolores Corbella, escrito tempranamente, se debe a la pluma del franciscano francés André Thevet, que en 1558 publica en París Lez singularitez de la France antarctique autrement nommée Amérique, donde además de hacer referencia a diversas plantas autóctonas menciona la presencia de "gran cantidad de naranjas, limones, granados y otras frutas" cultivadas en las islas.

A veces la información contenida en dichos escritos nos puede resultar contradictoria o confusa de acuerdo con nuestros conocimientos actuales, como es la mención en la obra de Torriani (ca.1590) de álamos (Populus alba) y otras especies que hoy consideramos exóticas, al igual que las encinas (Quercus rotundifolia), pero que él indica como parte del patrimonio natural de las islas en esos momentos. En tales casos nos preguntamos si Torriani vio realmente estas especies en las islas o sus menciones son fruto de transposición de datos, aplicables a espacios cultivados. Creemos que, efectivamente, este tipo de especies (álamos y encinas), junto con algún tipo de roble, olivos, algarrobos, castaños o diversos frutales mediterráneos (albaricoqueros, almendros, durazneros, granados...), ya mencionados, se introdujeron en épocas tempranas y estaban muy difundidos, perdurando varias de estas especies, asilvestradas ya, en nuestros campos, tal y como ocurre, por ejemplo, con álamos, alcornoques y castaños en diversos puntos de varias islas. Algo semejante sucede con algunos contemporáneos suyos, de fines de siglo o de los inicios del XVII, como el portugués azoriano Gaspar Frutuoso, con información interesante en su obra al menos para La Palma, donde hace mención de numerosas especies vegetales nativas, pero con raras alusiones a "jardines o vergeles" cuyo contenido no indica. De forma similar, son muy escuetos los comentarios en la obra de Abréu Galindo (redactada a fines del s. XVI) o la de Alonso de Espinosa, editada en 1594. En cualquier caso, es el ingeniero cremonés el que nos ha dejado algunos de los primeros planos conocidos de las islas, algunas ciudades y pueblos en los que puede reconocerse la presencia de plazas, espacios abiertos o huertas ligadas a hospitales, centros religiosos o casas privadas aislados por altos muros (algunos de los cuales aún perduran en los antiguos extramuros de las ciudades), todo lo cual constituye un testimonio interesante a la hora de valorar cómo se van estableciendo espacios ligados a la jardinería y la horticultura que contribuyeron a la difusión de diversas especies vegetales en el mundo rural. Dentro de estos recintos cultivados, y según lo ya comentado, nos encontramos con diversas especies de origen europeo, como claveles, rosales, lirios, nardos o mirtos, que de seguro se incorporaron a la jardinería muy tempranamente, e incluso algunas de ellas consiguieron asilvestrarse en cierta forma, estando entre las más populares los narcisos o nardos europeos, en particular el Narcissus tazetta con sus aromáticas flores bancas y amarillas, sencillas o dobles, las olorosas azucenas de la virgen (Lilium candidum), de origen asiático, o los vistosos lirios (Iris spp.) de atractivas, efímeras y perfumadas flores, varias de las cuales hallamos, subespontáneas, cerca de viviendas campesinas, muy antiguas, en espacios realmente aislados.



En general, los textos de este periodo relativos a Canarias con alusiones a jardines y huertos son escasos y de poco contenido, tales como las noticias de Scory (1600), que menciona, al igual que otros escritores posteriores como Adanson (1749), las calles de La Laguna con naranjas y limones. Otros, como Sprats (1667), hacen referencia a plantas ornamentales mediterráneas como claveles y rosas, que debían ser muy populares ya en esa época, especificando además que no se cultivan tulipanes, lo cual nos parece correcto teniendo en cuenta las condiciones climáticas de las islas y los requerimientos de dichas especies.

Estas plantas ornamentales, de introducción antigua, formaron parte de paisajes infantiles cuando el boom del desarrollo de los años 60 (s. XX) en nuestras islas era aún incipiente, cuando los viejos caminitos, mal empedrados, que conducían a las modestas viviendas, sus aljibes y huertos, estaban adornados con plantas poco exigentes, llamativas por sus olores y colores: el violáceo heliotropo de Perú (Heliotropium arborecens) de dulzón aroma, el alimonado brezo de olor (Adenandra fragans), el acre perfume de algunos geranios (Pelargonium spp.), los suaves aromas de los estacionales nardos (Narcissus), fresias, lirios o azucenas, los multicolores y nocturnos dondiegos (Mirabilis jalapa), esbeltos malvones (Althaea) o brillantes charolas (Coprosma), junto a las lustrosas y arriñonadas capas de la reina (Farfugium japonicum).



De forma semejante a los materiales gráficos que nos dejó Torriani, en 1686 escribió Pedro Agustín del Castillo su Descripción de las yslas de Canaria, acompañada de planos similares a los del ingeniero cremonés, obra que ha permanecido casi inédita o poco conocida hasta fechas recientes, sirviéndonos igualmente de testimonio acerca de la creación de espacios cultivados, en la trama urbana, dedicados al uso de la jardinería o de la horticultura. Se podrían señalar, como destacables, sus dibujos de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, donde incluye los terrenos sembrados junto al Guiniguada, los aledaños al hospital de San Lázaro o a los conventos de la Concepción, San Francisco, Santa Clara, Santo Domingo o sus patios interiores (caso de la Real Audiencia, antiguo convento de San Agustín), que de alguna forma se han conservado en otros establecimientos similares, hasta nuestros días, como señalamos previamente.



Si bien, a veces hallamos noticias, durante los siglos XV y XVI, en otro tipo de documentos (protocolos notariales, acuerdos de cabildo, ordenanzas, crónicas de conquista, datas de repartimientos...), referidas a especies cultivadas e introducidas en las islas. Cuando se refieren a flora local, lo hacen en relación a plantas silvestres de interés económico (almá- cigo, drago), sometidas a aprovechamientos agrícolas (madera, carbón, dehesas...) o que son referencia de linderos, y es lógico que las especies de jardinería no aparezcan en tales escritos debido a la falta de interés para ello, de forma que tenemos que recurrir a otras fuentes documentales (relatos de visitantes, por ejemplo) para conseguir algunos de los pocos datos disponibles antes de llegar a los fructíferos periodos que, iniciados en el s. XVIII, se prolongan, con mayor documentación, a lo largo del s. XIX. Como es de suponer, los datos que obtenemos de esos primeros relatos de los siglos XV, XVI y XVII son muy parcos, en particular por ser textos relacionados con la conquista en sí, referentes a los primeros asentamientos y repartimientos, o por ser relatos cortos donde las plantas ornamentales son un tema de muy poca importancia o interés para sus redactores, visitantes o escritores locales. Con escasos ejemplos en el siglo XVII, estas narraciones descriptivas son más frecuentes desde los inicios del s. XVIII, cuando numerosos viajeros describen su recorrido por las islas aportando alguna información, escrita y gráfica, tales como las de L. Feuillée en 1724, G. Glas en 1764 o diversos exploradores franceses de la segunda mitad de siglo que durante sus cortas estancias de aprovisionamiento, por lo general en Santa Cruz de Tenerife, realizan recorridos por el interior de la isla que les sirvieron para recolectar materiales diversos y redactar curiosas obras con algunas notables referencias a la vegetación y la flora.

Otra fuente de información que sería muy interesante estudiar para conocer el primer periodo de introducción de flora exótica (ornamental o no) es la relativa a los mencionados hospitales y conventos antiguos, establecidos poco después de la conquista al menos desde los comienzos del siglo XVI, y quizás antes, los cuales contaron con sus jardines o espacios de uso múltiple (huerta, botica, jardín), pero de momento contamos con muy poca documentación respecto al contenido, diversidad y procedencia de los mismos y es una labor aún pendiente de investigar. Plantas como el arrayán o mirto, tomillo, romero, salvia, lavanda y cantueso, celidonia, ruda u otras son de uso frecuente, medicinal o especiero, en tales recintos conventuales, muchas herederas de una larga tradición medieval y renacentista. Es frecuente también su combinación en huertos dedicados al cultivo de frutales, hortalizas y plantas ornamentales. Posiblemente sean éstos los espacios de mayor interés para estudiar la introducción y usos de la flora relacionada con la jardinería, pero de momento se desconoce la información respecto a los mismos, ya que este tema no ha recibido aún la atención adecuada por parte de los especialistas, tanto en Canarias como probablemente en la Península Ibérica, origen de la mayor parte del patrimonio que llega a las islas a raíz de su ocupación. Otras áreas europeas de procedencia de inmigrantes, con menor influencia, podrían ser las flamencas, italianas o inglesas de acuerdo con la llegada de diversas familias que se establecen en las islas por diversos, motivos (religiosos, económicos...) o derivadas de las intensas relaciones comerciales que surgen entre las islas y estos territorios. La escasez de tiempo no ha permitido hacer un recorrido por los textos de esta época más literarios o históricos, a veces con marcado carácter anecdótico, como son las obras de Cairasco, Núñez de la Peña o Viana, donde es posible que, al menos desde un punto de vista literario, se mencionen algunas plantas relacionadas con el mundo ornamental. Entre los pocos ejemplos de jardines de este periodo con diseño, bien cuidados, con cantería azul de Arucas y colecciones importantes y estanque, habría que mencionar el de la finca de El Batán, en la zona del Monte Lentiscal (Santa Brígida, Gran Canaria), construido en el siglo XVII por un anónimo inglés establecido en la isla y rehabilitado por Mercedes del Castillo, con variedad de especies como metrosideros, diversas palmeras, dragos, pitosporos, helechos, aráceas y glixinias entre otras especies.

CANARIAS, EXPORTADORA DE FLORA ORNAMENTAL HACIA EUROPA Y VÍA DE PASO INTERCONTINENTAL

Al mismo tiempo que las islas se constituyen en territorio importador de especies exóticas poco después de la conquista, Canarias se convirtió desde los siglos XVI y XVII, con casos aislados de plantas como el drago, cultivado ya en Europa desde la segunda mitad del siglo XV, en una región exportadora de flora endémica de carácter ornamental, igualmente exótica y desconocida en el continente (margaritas, crestas de gallo, bejeques, chahorras...) al tratarse de un territorio nuevo, poco explorado, con una importante riqueza de endemismos. Muchas especies llamativas, exclusivas de las islas o de los archipiélagos macaronésicos, figuraron como elementos comunes en los jardines de diversos países europeos al menos desde el siglo XVII, destacando su cultivo en Inglaterra, Holanda o Francia, donde la jardinería tenía un gran desarrollo y tradición, viéndose sus patrocinadores (nobleza y clero en particular) empeñados en la adquisición de novedades para sus colecciones provenientes de los nuevos territorios descubiertos o colonizados. Así, por ejemplo, está documentado el envío de semillas de plantas desde Canarias a Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVII, cultivándose éstas tanto en Londres como en otras ciudades europeas, y conocemos las herborizaciones, en la isla de La Palma, llevadas a cabo a fines del s. XVII (1697-1698) por el médico y naturalista inglés J. Cuninghame (Santos, 1993) durante su viaje a China. Es ya conocido, de acuerdo con los trabajos de Francisco Ortega et al. (1994), que el botánico londinense Leonard Plukenet (fines del s. XVII) y otros autores contemporáneos suyos (J. Commelino o J. Ray), con obras publicadas en la misma época o a inicios del s. XVIII, habían dado a conocer, en diversos textos, varias decenas de plantas canarias que tanto por su exotismo como por su belleza eran cultivadas en varios jardines europeos (Londres, Paris, Leiden, ímsterdam...) de esa época, por ejemplo la chahorra de laurisilva (Sideritis canariensis), la cresta de gallo (Isoplexis canariensis), la correhuela de monte (Convolvulus canariensis) o las populares margaritas (Argyranthemum frutescens) entre otras muchas más, rústicas como algunos bejeques (Aeonium canariense) o suculentas (Kleinia, Ceropegia), mientras que posiblemente otras, más exigentes por su requerimientos climáticos como la tabaiba dulce o el cardón (Euphorbia balsamifera y E. canariensis, respectivamente), eran mantenidas en invernaderos. Estos datos están constatados en obras publicadas a fines del s. XVII y principios del XVIII, tanto por sus descripciones como por sus dibujos, existiendo además materiales de herbario perfectamente conservados en diversas instituciones científicas, particularmente en el Museo Británico de Historia Natural (Londres), provenientes de diversos jardines "oficiales" como el Chelsea Physic Garden, instalaciones reales (Palacio de Hampton Court) o recintos privados pertenecientes a la nobleza y jerarquías eclesiásticas. Junto a estas referencias también nos encontramos ya con alusiones a plantas exóticas de antigua introducción en las islas, como es el caso del mamey de Santo Domingo (Mammea americana) citado por Plukenet. Muchas de estas plantas fueron el origen del material utilizado por C. Linneo para llevar a cabo, en 1753, las primeras descripciones científicamente aceptadas y válidas de diversas especies de nuestras islas en su famosa obra Species plantarum.

Podría citarse también como ejemplo la presencia de la Canarina canariensis, el famoso y emblemático bicácaro, en el catálogo elaborado por el célebre Linneo de las plantas existentes en los jardines del famoso banquero holandés Georgius Clifford, publicada en su conocido Hortus Cliffortianus en 1737, junto con la salvia canaria (Salvia canariensis), el algaritofe (Cedronella canariensis), el poleo de monte (Bystropogon canariense) o la vulgar magarsa (Argyranthemum frutescens). Otro caso parecido es la introducción, después de las recolecciones de Francis Masson (1777-1778), de nuestras vistosas flores de mayo (Pericallis), varias de ellas descritas por el botánico francés L'Héritier, del Jardín del Rey en Paris, en 1788, que dieron origen a las Cinerarias; o incluso, con anterioridad, el de algunas margaritas o magarsas (Argyranthemum) que aún no han perdido popularidad. Una buena parte de la flora endémica de Canarias se conoce en Europa desde la segunda mitad del siglo XVII (más de 100 especies), siguiendo su estudio a lo largo del XVIII y completándose, en gran parte, con la publicación de la magna obra de Barker-Webb y S. Berthelot en la primera mitad del siglo XIX, a la que han sucedido numerosas publicaciones, de mayor o menor entidad, hasta nuestros días.



INTRODUCCIÓN DE FLORA EXÓTICA

Asimismo, el descubrimiento y exploración de nuevos territorios, durante cuyo proceso Canarias fue una auténtica encrucijada, hizo que dichos espacios recién descubiertos se convirtieran en lugares para la búsqueda de llamativas especies ornamentales que igualmente fueron a parar a los jardines europeos y también, directa o indirectamente, a los canarios. Así, desde América siguen llegando a nuestras islas nuevas especies como tagetes, también llamados topacios o clavellinas de Indias (Tagetes spp.), dalias mejicanas (Dahlia spp.), heliotropos del Perú, los coloridos dondiegos de noche, frangipanis o flores de cebo (Plumeria spp.), la invernal y navideña flor de pascua (Euphorbia pulcherrima), bromeliáceas, pasifloras (parchitas y especies afines) o Alstroemerias (lirios del Perú), entre otras muchas. Junto a éstas, diversas Agaváceas (en especial piteras y especies afines) y Cactáceas (Opuntia spp., chumberas o tuneras y numerosos cactus de distintos géneros) centroamericanas fueron enriqueciendo nuestros jardines, al tiempo que varias de ellas se incorporaron además, muy rápidamente, al paisaje, al tener una capacidad invasora y de autopropagación alta o al ser usadas para linderos, forraje, fruta o producción de fibra, llamando la atención de pintores, siendo quizás el caso más emblemático y reiterativo el uso intensivo de los Agave (piteras), en particular el A. americana, para adornar las composiciones paisajísticas, tanto en las islas como en el mundo mediterráneo europeo. Muchas de estas especies tienen una amplia difusión en Europa, especialmente en el área mediterránea, así como en Canarias, donde han perdurado a lo largo de los últimos siglos, en varios casos no sólo por su valor ornamental, sino también por el uso popular, relacionado con la agricultura, de esas plantas (ejemplos son los Agave u Opuntia) o por el simple interés desde el punto de vista de la jardinería, como podría ser el caso de las caribeñas palmeras reales (Oreodoxa regia), las magnolias (Magnolia grandiflora de Norteamérica y otras especies), las ceibas (C. pentandra), los cedros americanos (Swietenia), los llamativos frangipani o flores de cebo y las ahora siempre presentes y vistosas buganvillas sudamericanas (Bouganvillea spp.) de llamativas y multicolores inflorescencias, entre otras. Diversas especies de interés alimenticio jugaron un doble papel como ornamento de jardines-huertos y proveedores de fruta. Es el caso del aguacate, el coco, el mamey, la chirimoya, la papaya, el sapote, etc., llegados desde América, o del mango, el plátano o el tamarindo, de origen asiático, como ya lo habían hecho desde el siglo XV o antes los granados, higueras y naranjos dispersados desde el mundo mediterráneo, siendo parte integrante de los huertos-jardines aledaños a las viviendas, repetidamente mencionados y alabados en diversos escritos, en particular del siglo XIX como veremos más adelante.



En algunos casos estas plantas, tanto ornamentales como alimenticias, llegan indirectamente desde lugares diferentes a sus centros de origen, como es el caso de la caña de azúcar, proveniente de la isla de Madeira vía Mediterráneo, el plátano (Musa) introducido desde África, o el popular laurel de Indias (Ficus microcarpa) llegado desde América, probablemente Cuba, pero todos con origen asiático.

La apertura de la ruta de la India doblando el cabo de Buena Esperanza, donde se establecen colonias europeas, abre asimismo desde fines del siglo XV, cuando Canarias aún no había terminado de ser conquistada, otras vías de exportación e importación, mayormente a partir del s. XVIII, que en el caso de la flora se traduce en el descubrimiento de llamativas e interesantes especies, muchas de gran valor ornamental, que son demandadas por los mercados europeos y que en Canarias, por sus especiales condiciones climáticas, tuvieron una buena adaptación en muchos casos. Especies como las aromáticas azucenas rosadas (Amaryllis belladonna), de desarrollo preinvernal, pretendidamente mejicanas pero de origen sudafricano al igual que las populares y llamativas calas u orejas de burro (Zantedeschia aethiopica), a pesar de la confusión que actualmente nos pueda presentar su nombre científico, o los siempre presentes geranios (Pelargonium spp.), adquieren un gran protagonismo en numerosas variedades. Junto a ellas se introducen Adenandra, Clivia, Gladiolus, Freesia, Strelitzia o proteáceas, muchas de las cuales se han convertido en elementos muy populares, casi omnipresentes en los modestos jardines campesinos. Estas introducciones son destacables después de los trabajos de exploración y colecta, durante muchos años, del ya mencionado Francis Masson. Estas relaciones se intensifican posteriormente con la exploración de los territorios australianos y zonas próximas a lo largo del siglo XVIII, permitiendo asimismo conocer la rica y particular flora de los mismos, entre la que destaca la gran variedad de eucaliptos (algunos de los cuales han jugado un importante papel en el paisaje canario a partir de la segunda mitad del s. XIX, especialmente como ornamento de carreteras) o de las llamativas proteáceas (tanto en Sudáfrica como en Australia), varias de ellas (especies de los géneros Protea y Leucodendron, entre otras) incorporadas en la actualidad, mediante cultivo local, al sector ornamental productor de flor cortada para exportación. Otras especies notables en algunos de los jardines más relevantes tienen este origen, destacando posiblemente la presencia en Canarias de diversas especies de Araucaria entre las cuales el pino de Norfolk (A. heterophylla), originario de las islas de mismo nombre cercanas a Nueva Zelanda, por su esbeltez y arrogancia, es la que ocupa aún hoy un mayor protagonismo, en particular en viejos jardines de casonas antiguas, marcando, cual bandera, un destacado papel en el paisaje. Otras especies cultivadas, menos frecuentes, son la A. angustifolia y la A. bidwillii.



Estos movimientos florísticos suponen un constante y paulatino incremento de la riqueza ornamental de jardines y huertos con decenas de especies provenientes de diversos orígenes. Esta actividad sigue vigente hasta la actualidad, cada vez con mayor demanda y oferta, contando con mejores facilidades para su difusión, de forma que en cierta manera, también de acuerdo con los conceptos actuales, la jardinería tiende a su globalización, quizás vulgarización incluida, en zonas de climas semejantes con un uso común, similar, donde diversas especies tienen un protagonismo particular a nivel mundial, tal y como ocurre con la palmera canaria (Phoenix canariensis), una de las más rústicas y bellas de este grupo, así como con el flamboyán sudafricano (Delonix regia), de amplia difusión en climas tropicales y subtropicales. Numerosas especies se unen a este conjunto de árboles ahora cosmopolitas, como las mencionadas Araucaria, Magnolia grandiflora y otras, Spathodea campanulata, árboles del paraíso (Melia azedarach), árboles coral (Erythrina spp...), arbustos como las coloridas buganvillas, hibiscos, plumerias, pandanus, yucas y enredaderas como bignonias, ipomoeas (mantos de la virgen) o thunbergias por citar algunas.

LA JARDINERÍA CANARIA EN EL SIGLO XVIII

Uno de los primeros testimonios, durante este siglo, debidos a la llegada de extranjeros a las islas, lo hallamos en la obra del cura mínimo francés Louis Feuillée, en relación con su segundo viaje a las islas de varias semanas de duración, en 1724. Su obra permaneció durante años utilizándose como documento manuscrito hasta su reciente publicación (Puig-Samper, 1997; Herrera Piqué, 2006).



Aunque su misión estaba encaminada fundamentalmente a la astronomía y a establecer la posición exacta del meridiano cero en la isla de Hierro, por encargo del rey de Francia, Feuillée nos dejo también algunos textos relativos a otros aspectos de las islas, incluyendo una interesante información botánica, con descripción e iconografía de varias especies nativas o introducidas. Se recogen e ilustran diversas especies de variado origen, incluyendo a la papa (Solanum tuberosum), junto a otras nativas (autóctonas o endémicas) del archipiélago. Son pocas las plantas que describe con posibles usos ornamentales, pero al menos podemos citar una de ellas, con arraigado uso medicinal, como es la hierba de Santa María (Tanacetum vulgare), aún cultivada en nuestros jardines, la diurética y culinaria rompepiedras (Lepidium sativum) y la melisa o torongil (Melissa officinalis), que podemos considerar relacionadas con la flora ornamental-medicinal de los centros religiosos.

Por su parte, el famoso botánico francés Adanson (1749), al igual que hizo Sprats en el siglo anterior, menciona la abundancia de naranjos y limoneros en La Laguna, a los que añade cidros y limeras además de otros frutales como higueras, algarrobos, granados, plátanos, papayos, piñas tropicales, melones y sandías.



Como es de esperar, son muy escasos los datos aportados en la interesante obra del comerciante inglés G. Glas (1764, traducción de 1999), en la que incluye descripciones de la islas, costumbres de sus habitantes, etc. Glas viajó por todas las islas, y de su texto podemos destacar la referencia que hace a la vivienda tradicional de los canarios, donde señala la existencia de un patio central. Cuando se refiere a Lanzarote habla de que en los jardines "hay higueras y algunos árboles bajos o arbustos que pocas veces crecen más altos que los muros", lo cual está en relación con las condiciones climáticas predominantes, con vientos frecuentes y escasez de agua. Es difícil considerar estos recintos como verdaderos espacios ajardinados, y quizás en el texto original no se mencionan como tales jardines, sino en el sentido de huertos, pero en cualquier caso serían la mínima expresión de lo que podría representar un verdadero jardín, humilde y pobre. Otras frases de su texto, relacionadas con la jardinería, incluyen datos como: "El algodón y las euphorbias, las higueras y las chumberas, crecen en jardines [...]" o "jardín con una gran higuera en Tuineje". Al describir las viviendas de los nativos de las islas centrales y occidentales habla de los patios, que son frecuentes, "en el centro de los cuales hay un murete redondo o cuadrado plantado con bananos, naranjas y otros tipos de flores". No menciona nada acerca de las casas o jardines de Gran Canaria pero sí sobre los "arroyos por medio de La Orotava que sirven para regar sus huertos y jardines". Los espacios ornamentados de estas primeras descripciones, que muchas veces podemos considerar como jardines pero en otras ocasiones más bien se refieren a la presencia de huertos mixtos, con árboles frutales, hortalizas y flores de ornamento, junto a las viviendas, han llegado hasta nosotros condicionados por las duras características del medio o por una tradición poco llamada a cambios significativos (caso de Lanzarote, Fuerteventura o las zonas aisladas meridionales del resto de las islas), con un sentido minimalista del jardín utilitario, del elemento vegetal que da sombra (higuera, naranjo o parra) pero que al mismo tiempo ennoblece la vivienda, adorna el pequeño patio y proporciona algo de sustento u otro uso, siendo con frecuencia el lugar de evasión o descanso, de reunión para charlas o de desarrollo de actividades agrarias comunitarias.



A lo largo de este periodo contamos con numerosos escritos, recogidos en la obra de Berta Pico y Dolores Corbella, derivados de expedicionarios franceses que hacen escala en Tenerife y recorren parte de la isla. En general se trata de narraciones cortas con pocas alusiones a la jardinería. Entre los diversos autores podríamos citar a Franí√ßois Péron (1775-1810), que en 1824, en su obra Mémoires du capitaine Péron..., nos dice: "Las colinas se hallan cubiertas de viñedos hasta las cumbres y los valles, de naranjos, mirtos, cipreses, palmeras, plataneras, caña de azúcar, higueras, olivos, laureles, robles, pinos y arbustos odoríferos. Produce vino, trigo, cebada, ñameras, plátanos, verduras y frutas de todo tipo, algodón, sosa, sangre de drago, aloe, almáciga, etc.". Como vemos, se trata de una mezcolanza de especies pertenecientes a la flora nativa, flora introducida (ornamental o no) y cultivos.

Dentro de este siglo y parte del siguiente, el polifacético y prolífico escritor Viera y Clavijo nos ha dejado distintas alusiones a la flora nativa e introducida en una serie de obras con algunas descripciones concretas relativas a huertos y jardines. En su célebre Diccionario de historia natural, escrito en el periodo que va de 1799 a 1810, también se recogen diversas especies que podemos incluir entre las de interés ornamental o al menos medicinal-ornamental, si bien el hecho de que Viera las mencione no nos confirma que fueran de uso tradicional en la jardinería o huertos canarios, excepto aquéllos en que el autor dice cultivarse o haberlas visto en las islas. Su notable experiencia acumulada en los viajes por diversos países europeos quizás le llevó a incluir algunas especies que no estaban representadas en nuestro archipiélago o cuyo uso se ha perdido, tales como algunos tipos de Artemisa (abrótano y absenta) o el abedul que parece confundir con el nativo aderno (Heberdenia excelsa), citado como averno.

Más curiosa puede resultar su descripción del jardín huerto de la hacienda de Los Silos, lugar de retiro durante algunas semanas de la famosa Tertulia de Nava, implicada en la redacción de la Gaceta de Daute, que nos puede dar una idea de la variedad de plantas cultivadas en tales lugares, dispersos por varios pueblos de las islas. Según E. Romeu Palazuelos (1977), Viera elogia en ella su "delicioso bosque y jardín que está así a la parte oriental del Palacio. Esta es una obra prima de la naturaleza dejada de algunos años a esta parte en libertad; ejemplo el célebre árbol Mamey que le hace centro; las Chirimoyas, Guayabas, y árboles de Achote y Añil, mezclados con los Mirtos que igualan a los Naranjos, Laureles, Cipreses, Plátanos y Olivos ofrecen una risueña perspectiva que encanta". Al pie del célebre árbol mamey se representó una comedia de Moliere llamada "El amor médico".



En otros de sus escritos, relativos a la historia de las islas, también podemos encontrar alusiones al tema que nos ocupa, y así, por ejemplo, cuando describe, según Jesús Morera (2006), el valle de Hermigua, en La Gomera, entre 1763 y 1766, dice que está "plantado de viñas, plátanos, higueras de diversas especies, dragos, limones, palmas, árboles frutales, ñames y todo género de hortalizas", haciendo por tanto alusión, una vez más, a los tradicionales huertos-jardines, tan frecuentes en las islas y relacionados con el deseo del campesino de sacarle el máximo rendimiento al terreno que cultiva, relegando la flora estrictamente ornamental al entorno de los patios u otros espacios cercanos a la vivienda, en general bajo el cuidado de la mujer.

Es conocido que la mayoría de las casas nobles y haciendas, como la mencionada de Los Silos, ubicadas en diferentes pueblos de las islas, muchas construidas o reformadas a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, contaron con sencillos y bellos jardines, como el descrito por Viera, en sus patios, o más raramente en los accesos a las fincas, tras llamativas y ostentosas portadas con su ornamentación simbólica de palmeras canarias, araucarias, plantas importadas desde América, muchas veces desde Cuba como el laurel de Indias (Ficus microcarpa) y la palmera real, magnolias, mamey, cedro americano (Swietania), sapote (Casimiroa edulis), cupresos y cipreses (Cupressus y Juniperus spp.) u otras diversas especies de otros orígenes como el socorrido alcanfor (Cinnamomum camphora) y el árbol del paraíso. Por su parte, los jardines de casas señoriales, ubicados en centros urbanos como Icod, La Orotava, Garachico, Realejos, Telde o Arucas, a veces incluyendo estanques con nenúfares (Nymphaea spp.), estaban más dedicados a la flora ornamental, poseyendo una mayor riqueza y diversidad e incorporando algunos árboles exóticos, en particular el alcanforero, viejos castaños, robles; o nativos, con predominio de palmeras o dragos y donde más raramente son mencionados barbusanos y laureles.



De ellos son un buen ejemplo las descripciones que nos han quedado, incluso con diseños, en la obra de Mac Cartney de los famosos jardines (al gusto francés) del marqués del Sauzal, Franchy-Alfaro, en La Orotava, quizás los mas sofisticados de la época, donde se encontraban el milenario drago y la palmera de la Conquista ambos ya desaparecidos, y que estaba dividido en espacios rectangulares o cuadrados, caracterizados con setos de corte neoclásico donde al arrayán o mirto (Myrtus communis), el boj (Buxus sempervirens) y otras especies eran tradicionales. Estos jardines también fueron comentados por Berthelot en sus célebres Misceláneas cuando ya se hallaban en estado de abandono pero aún vigilados por el viejo drago.

En general los jardines con diseño son muy raros en fechas anteriores al siglo XIX, encontrándose entre los pocos ejemplos conocidos, aparte del mencionado, el de la finca El Batán en Tafira (Gran Canaria); el de la familia Valois (después Cólogan) en La Paz (Puerto de la Cruz), que figura en los planos de Riviere de 1741; el jardín de Nava en la calle Anchieta (La Laguna), ya desaparecido, dibujado por el prebendado Pereira Pacheco en 1809, que recuerda en parte los planos realizados por Diego Nicolás Eduardo en torno a 1790 para la zona norte del Jardín de Aclimatación de La Orotava; el famoso, ya de fecha tardía, diseñado por el arquitecto francés A. Coquet a fines del siglo XIX para la marquesa de la Quinta, ubicado en La Orotava, quizás uno de los más emblemáticos jardines concebidos en las islas por encargo a un arquitecto y un caso único por la simbología asociada al mismo. En raras ocasiones estos antiguos jardines han sobrevivido, casi milagrosamente, con algunas modificaciones y reducción de su superficie original, incluso en medio de zonas con alta presión urbanística, como es el caso de los jardines históricos del Sitio Litre en el Puerto de La Cruz, que la familia Smith mejoró al adquirir la casa en 1841, testigos mudos de la historia insular y de la visita de famosos personajes como Humboldt en 1799 o la incansable y viajera pintora inglesa Marianne North, en la segunda mitad del siglo XIX.



Durante este periodo, en la segunda mitad del siglo XVIII, tienen lugar las exploraciones del famoso escocés Francis Masson, primer recolector enviado por los Jardines Reales de Kew en Londres a fin de herborizar en las islas macaronésicas, que visitó, incluyendo Canarias, Madeira y Azores, entre 1776 y 1778, después de un primer viaje por tierras de Sudáfrica, que volvió a recorrer posteriormente. Fruto de sus trabajos en las islas y paralelamente a los envíos de numerosas plantas secas (para herbarios) a Inglaterra, fue responsable de la introducción en Europa de muchas especies ornamentales, que fueron descritas por el hijo de Linneo en 1781 (guaidil, leña noel, retama del Teide y muchas más), por L'Héritier en 1788 (varias flores de mayo y poleos) o por otros autores como Aiton, superintendente de los Jardines Reales de Kew que describió, entre otras, la siempreviva de la mar (Limonium pectinatum).

En 1792 Martínez de Fuentes recorre las islas de Tenerife y La Palma y escribe acerca del gusto inglés reinante en el interior de las casas de la burguesía comercial portuense (Puerto de La Cruz), con sus notables jardines como los de la Ranilla y San Antonio, de los Blanco, el de La Paz de los Cólogan y los de los Barry (M. Hernández, 1998).

Un primer catálogo de floras mayormente exóticas, relacionadas con la jardinería, existentes en Tenerife, es el que realizó a fines de este siglo, en 1796-1797, el botánico francés P. Ledru, miembro de la primera expedición del capitán Baudin, obligado por una tormenta a permanecer durante algunos meses en Tenerife para reparar la nave. Ledru tuvo ocasión de visitar algunas zonas de la isla, herborizar, recorrer los jardines de La Orotava en compañía de José de Bethencourt y asesorar al marqués de Villanueva del Prado para diseñar junto con Le Gros, dibujante de la expedición, el trazado de los plantíos del Jardín de Aclimatación de La Orotava, así como de conocer las colecciones existentes en el mismo, que pocos años antes había iniciado sus actividades, en la década de los 90, convirtiéndose en una puerta de entrada para la flora exótica. El catálogo que realiza del jardín incluye también plantas ornamentales o alimenticias como platanillos (Canna spp.), papayas, geranios, hibiscos, mimosas o pasifloras, que suponemos que arribaron por esta vía por primera vez a la isla y que tendrían una posterior difusión al resto del archipiélago. Aquí llegaban algunos de los envíos de semillas procedentes de las colonias americanas y de Filipinas, remitidas desde el Real Jardín Botánico de Madrid, al menos durante un corto periodo de tiempo, y algunos de sus encargados, jardineros mayores, como Hermann Wildpret, en la segunda mitad del siglo XIX (1860-1890) fueron introductores activos de diversas especies ornamentales en las islas como veremos posteriormente.



Relacionado con la segunda expedición del capitán Baudin, en 1800, está el reciente descubrimiento de una serie de láminas coloreadas dadas a conocer por Herrera Piqué (2006), supuestamente hechas en Canarias, ya que incluyen algunos notables endemismos canarios como el bicácaro (Canarina canariensis) y uno de los tipos de cerraja (Sonchus congestus), o macaronésicos como el jócamo (Teucrium heterophyllum) entre otros, pero lo que nos interesa destacar es que algunas de las láminas se refieren a plantas ornamentales introducidas, probablemente cultivadas ya en los jardines canarios, como uno de los muchos tipos de geranios existentes en las islas (probablemente Pelargonium inquinans, introducido en Europa desde Sudáfrica por Masson), que actualmente constituye un problema medioambiental al asilvestrarse en áreas de interés botánico, o la flor de lis (Sprekelia formosissima), de origen mejicano, cultivada como planta delicada en ambientes más reducidos, citada también por Viera.

Si raro es encontrar información acerca de los jardines más importantes, relacionados con las clases adineradas, más aún lo es respecto a los jardines que se fueron formando en torno a las humildes viviendas rurales, bajo condicionantes desfavorables para su establecimiento (pobreza de sus ocupantes, factores climáticos adversos, falta de agua y suelos) pero sin duda, al igual que en la actualidad y antes del establecimiento de los viveros comerciales que han incrementado la oferta, existió y sigue existiendo ese coleccionismo de plantas, especialmente entre las amas de casa, por oposición al agricultor que en general sólo quiere plantar especies que tengan alguna utilidad o rendimiento, con un intenso intercambio de ejemplares que ha contribuido eficazmente a su dispersión, en la jardinería local, a lo largo y ancho de todo el archipiélago, de forma que muchas de ellas se pueden ver repartidas por todas las islas, repitiéndose en muchos casos las especies utilizadas (colecciones de begonias, coleos, pelargonium, rosas, anturios, claveles, pompadour, aspidistras, orquídeas zorros...), diversificándose según la moda del momento, sembradas en multitud de latas o calderos de hierro y aluminio que, ya inservibles para otros menesteres, y ante la inexistencia o carestía de macetas, ocupan el papel de éstas, aun cuando en algunas casas podían observarse auténticas obras de arte realizadas con distintos materiales volcánicos. En general se trata de colecciones de plantas más que de auténticos jardines, que carecen de dimensiones apropiadas y de un diseño elaborado, sin organización de espacios y de sus componentes. También en Santa Cruz de Tenerife se establecieron, durante este periodo, algunos jardines y paseos públicos, como la Alameda de Ossuna a fines del s. XVIII (1787) -con sus álamos, una de las especies más socorridas y propagadas desde épocas tempranas, y tamarindos-, la desaparecida alameda junto al barranco de Santos o la plaza del Príncipe -quizás la primera que albergó, ya en pleno siglo XIX, a los posteriormente tan utilizados laureles de Indias-. Espacios públicos ajardinados se establecieron, igualmente, en otros puntos de las islas, en relación con las capitales insulares y pueblos importantes, estableciéndose diversos paseos ajardinados y plazas con kioscos.



Otro caso aparte, del que poseemos poca información, es la jardinería desarrollada en las grandes haciendas rurales, como ya comentamos, distribuidas por diversos lugares de las islas, relacionadas en un principio con las explotaciones azucareras o con la producción de vinos, iniciadas ya tempranamente en el siglo XVI, en particular en Gran Canaria (Agaete, Arucas, Ingenio, Moya...), Tenerife (Icod, Los Príncipes en los Realejos, Ponte en Garachico, Santiago del Teide, Tegueste, Valle Guerra, Los Silos, Taganana...) y La Palma (Argual, Tazacorte, Oropesa, La Dehesa, Florida...), ya que en el resto de las islas este tipo de construcciones, relacionadas con otras actividades de explotación agraria, eran mas escasas (Casa de los Coroneles en Fuerteventura) o prácticamente inexistentes (Lanzarote, Gomera, Hierro), careciendo de espacios ajardinados notables. Sin duda las grandes mansiones que se ubicaban en torno a la propiedad en explotación tenían sus patios y poyos adornados con algún árbol singular, emblema de distinción, asociado al mismo (Araucaria, Ficus, palmera, drago...), con elementos de la flora local y plantas exóticas, tal y como todavía se pueden observar. Sin embargo se conocen pocos datos respecto al patrimonio vegetal pasado y presente de estos espacios y su estado de conservación, con abandono temporal o total en varios casos, habiendo sufrido notables modificaciones cuando no han desaparecido casi o por completo. Algunas de estas haciendas llegaron a poseer notables jardines enriquecidos con la presencia de grutas, umbráculos, pequeños estanques y pérgolas, creando rincones con cierto encanto.



Hay que tener en cuenta, por otra parte, como factor limitante para la expansión de la jardinería, la dificultad de comunicaciones que a lo largo de varios siglos ha existido entre las islas y dentro de ellas, que, desde luego, también impidió en cierta medida una mayor dispersión de especies ornamentales. Otros condicionantes importantes están en relación con los sistemas de regadío, con la inexistencia o carestía del agua corriente, en particular para las clases más humildes, con la necesidad consiguiente de cuidar litro a litro el agua de lluvia almacenada en modestos aljibes de capacidad reducida, o la que iban a buscar a fuentes y manantiales, a veces a varios kilómetros de distancia. Ello imponía limitaciones en su uso evitando todo desperdicio o pérdida en el número y necesidades hídricas de las plantas, implicando, por tanto, el cultivo de especies suculentas resistentes (aloe, bálsamo, diversas crasuláceas como Crassula spp. o Portulacaria) y medicinales, o los escasos y vistosos geranios, los llamativos claveles y rosales en toda su variedad (de libra, de la tierra, de pitiminí, de Cherokee...). En muchos casos, las plantas ornamentales utilizadas tenían un ciclo vital adaptado en gran parte a las condiciones climáticas locales o poseían una gran capacidad de supervivencia en épocas de estrés hídrico (bulbosas, hemicriptofitos...), aportando con su nota de color un toque de alegría, estacional, a los entornos familiares (azucenas, dalias, espadanas, fresias, lirios, nardos...) o de olor proporcionado por estefanotes, jazmines, heliotropos o madreselvas, siendo más escasa la presencia del helechos como el vulgar Nephrolepis o las solicitadas "helechas de a metro" para galerías interiores, aparte de los culantrillos (Adiantum capillus-veneris), omnipresentes en las destiladeras.

LOS JARDINES EN EL SIGLO XIX

A través de la literatura existente, parte de ella con descripciones y una cierta iconografía, podemos considerar este periodo como el mejor informado y documentado de todos los ya comentados, desde las primeras referencias y datos en las obras de Bory de Saint-Vincent (1803), en cuyo catálogo de flora se mencionan unas cincuenta plantas exóticas, varias de ellas de interés ornamental, y de L. von Buch (1825), que nos proporciona también un catálogo de la flora canaria, junto a las obras de Berthelot en relación con su primera estancia en las islas (1820-1830), todas ellas en la primera mitad del siglo, hasta las más minuciosas, descriptivas y de alta calidad de diversos personajes de la segunda mitad. Uno de los aspectos siempre comentados por los numerosos visitantes a las islas es la lozanía y belleza de los patios interiores, que el propio Berthelot nos describe, hablando de su propia vivienda, en una de sus cartas: "Un pequeño jardín moruno rodeado de una galería acristalada y agua en abundancia: es todo lo que necesito para distraerme en mis ratos de ocio. Bajo este hermoso cielo de las Afortunadas, con agua y sol en abundancia, todo lo demás se da por añadidura. Un jazmín de Arabia trepa por el muro y llega con sus ramas en flor hasta el tejado: bellas ficoideas que se cubren de flores rosadas bordean los muros del jardín, y distintos arbustos, dispersos acá y allá, dan sombra a este invernadero natural donde crecen algunos plantones de platanera, dos papayos, un frondoso naranjo, cañas de indias y una magnifica flor de pascua. Pero lo que cultivo amorosamente son varios bellos ejemplares de nuestra flora canaria, que quiero reproducir: dos de nuestras siemprevivas (Statice macrophylla y S. imbricata), el soberbio arrebol (Echium simplex) y la elegante gibalbera (Ruscus canariensis)".



De forma semejante se expresa Piazzi Smyth en su obra Tenerife, an astronomer's experiment..., editado en Londres en 1858, describiendo la visión de un patio santacrucero: "[...] ¡qué palabra en un idioma del Norte puede expresar las deliciosas emociones que se sienten cuando a través de la puerta abierta de una mansión semi-morisca divisamos una platanera! Arrojando una suave sombra verde sobre el interior del patio, sus grandes y delicadamente conformadas hojas se levantan en lo alto, capturan los rayos del sol antes de que puedan ocasionar cualquier daño; los introducen en su propia sustancia, haciéndolos repartirse en los más variados tonos amarillos; los filtran, sometidos y suavizados, de hoja en hoja; les permiten pasar a la fuente de adelfas de flores rosadas, al verde oscuro del naranjo, del mirto y del laurel; y dejan la luz suficiente para, finalmente, alcanzar la verde cueva de abajo, mostrar el burbujeo de alguna fuentecilla, el manantial que constituye el corazón de este oasis mágico [...]".

La arribada a las islas, en 1875, de la famosa viajera y pintora inglesa Marianne North nos dejo un buen testimonio ligado a la jardinería fruto de su estancia en el valle de La Orotava, donde residió en la Casa Little (Sitio Litre) y en el propio casco de la villa. Durante su estancia en el Puerto de La Cruz, y en sus paseos por el norte de la isla, tuvo ocasión de pintar 29 cuadros de diversos rincones, entre ellos los famosos jardines ubicados junto a la casa de la familia Smith, parcialmente conservados a pesar de las diversas reformas, describiéndolos con textos e ilustraciones (óleos) conservadas en el Jardín Botánico de Kew (Londres). En sus lienzos, vistosas especies de la flora autóctona (bicacarero, drago, flores de mayo, orgullo de Tenerife, taragontías, veroles...) se mezclan con especies introducidas como la azucena o la rosa de Cherokee junto a diversas enredaderas, lo que nos da una buena idea del bello colorido y carácter de dichos jardines. Destaca la presencia en uno de los cuadros de un notable drago, junto a la casa familiar, que todavía existe, constituyendo un buen ejemplo para calcular la edad de los mismos ya que había sido fotografiado algunos años antes por Piazzi Smyth.

Alexander von Humboldt, aunque visita la isla de Tenerife en 1799, publica su obra con la parte relativa a Canarias en 1814, haciendo alusiones al Sitio Little (Sitio Litre) en el que tuvo ocasión de disfrutar una noche de San Juan.



Otros autores que llegan a las islas en la segunda mitad de este siglo, como J. Leclercq (1879), la viajera O. Stone (1883-84) o diversos científicos como el antropólogo R. Verneau (1876), el botánico H. Christ (1886), el astrónomo P. Smyth (1856) junto a los geólogos von Fritsch (1862) y Lyell y Hartung (1854), nos proporcionan datos en general más escuetos, donde encontramos comentarios parecidos, en general sin mucha información, con la excepción de la detallada obra de O. Stone, publicada en 1887 con diversas alusiones a jardines. Normalmente los autores científicos se limitan a proporcionarnos notas muy simples relativas a los mismos, quizás debido a su pobreza o poco atractivo, para ellos, y en las que tan sólo la presencia de especies exóticas tropicales, cultivadas a plena luz del día, podría despertar su interés, pero nada que tuviera que ver con la organización o belleza paisajística, aspectos de larga tradición en los países de origen y particularmente en Inglaterra que siempre superarían con creces el esplendor de los jardines locales, por lo general de dimensiones reducidas.

Sólo en época ya algo tardía aparecen las buenas descripciones especificas para jardines o paisajes, en particular en los relatos de viajes científicos o turísticos, donde los textos además se adornan con ilustraciones, que incluyen visitas de casas señoriales con expresa mención de varias de ellas en el valle de La Orotava (una de la zonas tradicionalmente recorridas más prósperas y con mejores condiciones, tanto en aguas como en clima, para el cultivo y mantenimiento de jardines) o más raramente de Gran Canaria, incluyendo Las Palmas y las zonas próximas de Tafira, Monte Lentiscal, las vegas de San Mateo y Santa Brígida, con menciones esporádicas para los jardines de Arucas, Telde o Agaete, y diversas informaciones para La Palma en las obras de L. von Buch, Carballo Wangüemert (1862) -que describe con cierto detalle los jardines de Argual-El ílamo-, así como las de Verneau, O. Stone o H. Christ.

De estos textos podríamos destacar la interesante descripción que hace O. Stone de los jardines de Sotomayor, lugar conocido como Hotel Florida, situados al sur de Santa Cruz de La Palma (Bajamar), actualmente en plena restauración: "Sensuales adelfas, brillantes geranios de diez pies de alto, la preciosa belesa, eucaliptos de amplias ramas, bálsamos, plátanos, naranjos y numerosas plantas más conocidas y desconocidas, compiten unas con otras en convertir este lugar encantado en un Jardín del Edén". Además, bellas pérgolas y estanques contribuyen a realzar la belleza y tranquilidad del mismo.

Otros jardines interesantes que nombra, como el de la Casa del Diablo, en la Cuesta de La Villa (La Orotava), con bellos jardines y estanque, o el de doña Antonia, cercano al Sitio Litre, lamentablemente no los describe con detalle. Sus alusiones a jardines de Gran Canaria y otras islas son más simples e irrelevantes.

Son excepcionales los trabajos dedicados exclusivamente a los jardines existentes en las islas, como el del Dr. Morris, director adjunto de los Reales Jardines de Kew, publicado en 1896, o la novelada descripción de un hipotético Jardín Canario, ubicado en Shanghai, escrito por D. Bello y Espinosa en 1879-1880. Entre los numerosos relatos se hallan algunos de gran interés como el artículo de Ramón Masferrer (1911) acerca del Jardín de Aclimatación de La Orotava que recorrió en 1878-1879, ya que, como hemos indicado, este jardín fue una vía de entrada para numerosas especies ornamentales cultivadas en las islas a partir de los inicios del siglo XIX, y visitado por casi todos los viajeros que llegaban a Tenerife.

Entre los autores antes mencionados podríamos destacar, como ejemplo, las descripciones del recorrido por varias islas de L. von Buch y Ch. Smith en 1815, con datos publicados en 1825 por L. von Buch y la reciente edición del diario de Ch. Smith, muerto lamentablemente en la expedición al río Congo un año después de su visita a Canarias. A pesar de sus largos recorridos por varias islas y las referencias a las numerosas casas y pueblos que visitaron, la mención de jardines es muy escasa. Habrá que esperar a disponer del diario de L. von Buch, aún inédito, para ver si es más explícito en los comentarios al respecto.



Ya en la segunda mitad del siglo, se conoce la existencia de catálogos de plantas y semillas en venta en tiendas especializadas, como fueron las de Hermann Wildpret y familia en La Orotava (editados en 1866 y 1880) o la de Andrés Ripoche, impreso en 1877, en Las Palmas de Gran Canaria, que ofrecen una notable variedad de especies ornamentales desde árboles a herbáceas, hortalizas, bulbosas, enredaderas, etc., lo cual implica la existencia de una demanda e interés por la jardinería de cierta importancia en esta época.

La llegada en 1860 a Tenerife del suizo H. Wildpret marca un hito, probablemente, en la jardinería insular, no sólo por su relación con el Jardín de Aclimatación de la Orotava, cuyo encargo tuvo durante 30 años, sino también por su vinculación comercial con esta rama, su papel como introductor de nuevas especies en la isla y sus trabajos como jardinero. En 1879, junto con el director del jardín, Nicolás Benítez de Lugo, publicó un catálogo de la flora cultivada en el Jardín Botánico. Conocemos al menos dos catálogos de plantas ornamentales publicados por él con las ofertas de su propio comercio, ofreciéndose además como jardinero horticultor y diseñador y mantenedor de jardines. El primero de los que conocemos fue editado en el año 1866, en La Orotava, e impreso en la famosa imprenta Bonnet de Santa Cruz de Tenerife, y lleva por título Catálogo general de árboles frutales, árboles y arbustos de flores y de sombra, plantas para macetas, poyos y grupos, enredaderas, rosales, camelias, cebollas, batatas y raíces de flores, semillas de hortalizas y de flores variadas, título que ya de por sí nos ilustra acerca de la oferta y la demanda de la época o las propias características de los jardines. Hermann Wildpret se autodenomina como horticultor y floricultor. Se ofrecían, además, macetas francesas y se incluía nota manuscrita indicando que existían más plantas ornamentales, a la venta, de las indicadas en el catálogo. Advierte al lector de las mejores condiciones de sus plantas frente a las importadas del extranjero al ser propagadas en el país, y en el mismo catálogo finaliza las notas con el ofrecimiento de "trazar jardines y dibujos, planes, dirigir plantaciones de diferentes clases de plantas, etc.". Desconocemos si Hermann Wildpret llegó a diseñar alguno de los jardines de la época, tanto oficiales como privados, pero es probable que sí.



Este primer catálogo se organiza en cuatro partes, denominando a los árboles, arbustos y plantas por sus nombres comunes o por el genérico, indicando varias de las características de los mismos en relación a los frutos producidos, flores, etc... En la primera parte hallamos los árboles y arbustos frutales, indicando 32 especies de algunas de las cuales, como las viñas o higueras, poseía algunas variedades.

Menciona luego los árboles de adorno y de sombra para formar paseos, jardines y bosques, indicando 15 tipos de los que algunos, como el de las Acacia, ofrece de diversas clases. Luego vienen los arbolitos y arbustos de flores bonitas para jardines, paseos, alamedas, grupos, etc., con 35 variedades que incluyen Abutilon, Hibiscus o salvias en varias clases. Siguen en esta primera parte las plantas enanas para macetas y poyos con 36 tipos, entre los que hay diversos ejemplos de Begonia, Cuphea, crisantemos, mimos (Fuchsia spp.) y malvas, ofreciendo además dos plantas endémicas del grupo de las siemprevivas (Limonium). A continuación se mencionan diferentes clases de rosales, de los mejores conocidos, en macetas, incluyendo 66 variedades. Se continúa la oferta con plantas ornamentales de hojas grandes, de colores y manchadas, muy a la moda para adornar macetones, antesalas, galerías y maceteros, lo cual también nos ayuda a entender el uso y ubicación de la flora ornamental en las viviendas isleñas. En este grupo cita 15 tipos incluyendo varias Begonia y cactus. Finaliza esta primera parte con la enumeración de las "Enredaderas bonitas para cubrir paredes, muros, glorietas, columnas, etc. etc.", elevando la lista a 17 grupos que incluyen también diversas bignonias, jazmines y pasifloras.



La segunda parte del catálogo la dedica a las "Raíces, batatas y cebollas de flores", numerando 19 tipos distintos con variedad de lirios, dalias y jacintos. En la tercera indica las semillas de hortalizas y de flores, donde las flores anuales o de verano se ofertan a 1 real de vellón el paquete.

En la nota adjunta a este grupo anuncia la publicación de una Instrucción de la siembra y cultivo de las semillas de flores y hortalizas que no sabemos si llegó a ver la luz. La oferta de este grupo incluye 37 clases con diversas variedades de algunas de ellas. Le siguen las semillas de árboles, arbustos y enredaderas de plantas perennes donde se mencionan 71 especímenes con diferentes tipos de algunos. Termina el catálogo con la enumeración de las "Semillas de hortalizas" a 10 y -¬Ĺ cuartos el paquete, las diferentes coles a 16 cuartos, incluyendo un total de 25 clases de verduras. Finaliza la oferta con tierra compuesta.

El segundo catálogo de German (sic) Wildpret, editado en La Orotava en la Imprenta de La Voz de Taoro en el año 1880, difiere en algo en su título del anterior con el nombre de Catálogo general de árboles frutales y plantas útiles, árboles de sombra y de adorno, arbolitos y arbustos bonitos, plantas bajas y de adorno, enredaderas, coniferos, palmeras, helechos, plantas acuáticas y gramíneas, cebollas y batatas, semillas de flores, árboles y hortalizas, etc. Se sigue denominando como horticultor y floricultor, pero añade algunos de sus títulos honoríficos: "Socio corresponsal de varias Sociedades científicas de España y del Extranjero". La nota introductoria es semejante a la anterior, pero resalta la curiosidad de que "Existiendo una ley que prohíbe la introducción de toda clase de plantas del estranjero [sic], no puedo ofrecer por ahora a mis feligreses, algunas de aquellas que traía antes de Europa, como azaleas, camelias, frutales y de otras clases".

Desconocemos el motivo de la publicación de esta ley. En la primera parte del Catálogo, ofrece: A) Distintos grupos que se refieren a plantas frutales y útiles; B) árboles de adorno y sombra para formar paseos, bosques y grupos, de flores bonitas y variadas; C) Arbolitos y arbustos de flores bonitas propios para jardines, paseos, alamedas, grupos, etc.; D) Plantas bajas o herbáceas para macetas, etc.; E) Plantas ornamentales o de hojas de colores, manchadas, listadas, pintadas y para adornar maceteros, antesalas, etc.; F) Enredaderas para cubrir paredes, glorietas, columnas, etc.; G) Coniferos, árboles siempre verdes propios para formar bosques, paseos, etc.; H) Palmeras, con el añadido: "La palma es por su porte y hojas hermosas, su fruta y elegancia, siempre la reina de las plantas"; I) Helechos: "Estas plantas elegantes y bonitas y tan en moda se prestan muy bien para sitios sombríos y húmedos para macetas, fuentes, etc." [incluye algunos helechos nativos como la doradilla (Asplenium aureum) y la tostonera (Adiantum reniforme)]; J) Plantas acuáticas y gramíneas propias para adornar estanques, fuentes, macetas, etc. En la segunda parte: A) Cebollas, batatas y raíces, indicando que la mayor parte de estas plantas sirve de adorno durante el otoño e invierno, cuando escasean las otras flores, y son generalmente aromáticas, incluye entre ellas al nativo pancracio, conocido como lágrimas de virgen (Pancratium canariense). Finalmente, la tercera parte se dedica a semillas de flores y hortalizas, agrupadas en cuatro grupos: 1) Semillas de flores anuales a 25 céntimos el paquete; 2) Semillas de plantas perennes, arbustos, enredaderas etc. a 50 céntimos el paquete, incluyendo el drago de Canarias; 3) Semillas de hortalizas; 4) Diversos artículos correspondientes a jardinería. Añadiendo la coletilla de "Me hago cargo de dirigir podas, plantaciones de jardines y de árboles, hacer planos de jardines, arreglar maceteros y de todo lo concerniente a este ramo". Como se ve, durante esos años se había profesionalizado más en la oferta de especies, incluyendo algunas, como helechos y palmas, con más diversidad. Por su parte, Andrés Ripoche, en su amplio catálogo, proporciona una oferta muy variada, comenzando por plantas útiles como hortalizas, plantas medicinales y de gran cultivo. En relación a especies ornamentales, continúa con la oferta de árboles y arbustos señalando, entre otros, varios Eucalyptus, de los que da algunas de sus características y requerimientos, pasando luego a las semillas de flores donde incluye algunas especies nativas como la taragontía, la tabaiba dulce o la variedad de salvia canaria exclusiva de Gran Canaria. Sigue con las plantas de sierro (invernadero) cálido y templado, incluyendo trepadoras.



Destacan numerosas variedades de Abutilon, Acacia, Aralia, Begonia, Bignonia, Bouganvillea, Coleus, Croton, Erythrina (árboles coral), Ficus, Hibiscus, Jasminum, Passiflora y Salvia, por indicar las más representadas. A continuación oferta una interesante variedad de Bromeliáceas que según él constituyen la "moda del día" e indica para adornos de galerías, entre ellas diversas Bilbergia, Guzmania y Pitcairnea. Dedica una serie especial a las Dracaena (dragos, 33 especies) para sierro cálido que alaba por su interés como "plantas de habitación" y de cultivo fácil. La oferta de palmeras que indica es llamativa por su diversidad, incluyendo diversas Areca, Caryota, Chamaedorea, Cocos, Phoenix o Sabal entre la sorprendente cantidad de más de 140 especies y variedades. Siguen a este interesante grupo diversas Cycadeas, Cyclantheas, Pandanus (varias especies), coníferos con distintas Araucaria, Cupressus, Juniperus y Pinus entre otros géneros representados. Varios tipos de bambú y numerosas plantas crasas siguen en la lista, incluyendo Aloe, Cereus, Crassula, Echeveria, Ephiphyllum, Mamillaria y Sempervivum entre las mejor representadas. Vienen a continuación los árboles, arbustos y arbustillos de "Plena tierra" con una larga lista donde vuelve a estar un gran número de eucaliptos, madreselvas y Spiraea. Luego señala las plantas vivaces de plena tierra, una curiosa variedad (32) de adelfas (Nerium oleander), para seguir con helechos, entre los que se hallan diversos Adiantum, Asplenium, Pteris y Selaginella. Las plantas útiles y medicinales cuentan también con una curiosa oferta, así como los árboles y plantas frutales de los trópicos y del Mediterráneo. Ocupan asimismo un lugar individualizado los rosales, Aroides (Aráceas) con numerosos Caladium y Philodendron, pasando a continuación a las cebollas de flores, bulbos, tubérculos, etc. Entre estas últimas, plantas muy populares en la jardinería canaria, se hallan numerosos Amaryllis y Haemanthus como los mejor representados. Finaliza el catálogo con un pequeño suplemento y el índice correspondiente. En resumen, un notable documento que deja constancia de la gran diversidad de especies disponible en el mercado, que permitía, al que quisiera y tuviese los medios adecuados, establecer un bello jardín En la segunda mitad de este siglo hubo otros hechos notables en relación con la flora ornamental, como fueron algunas exposiciones incluyendo plantas ornamentales, tanto en Las Palmas (Exposición Provincial de Canarias de Agricultura, Industria y Artes, 1862) como en La Orotava (Exposición de Horticultura, 1888) o la Fiesta de las Flores celebrada en 1892 también en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. De ella tenemos además información grafica y documentos escritos en la prensa de la época. La exposición de La Orotava fue organizada en los jardines, ya comentados, de la marquesa de la Quinta, donde, de acuerdo a la información de que disponemos, entre las colecciones exhibidas en sus terrazas con fuentes figuraban begonias, helechos y rosales. Algunos de los pabellones levantados al efecto fueron posteriormente traslados a los jardines del Gran Hotel (Taoro) en el Puerto de La Cruz.



En cuanto a la organizada en Las Palmas de Gran Canaria en 1862, se convocó como Exposición Provincial de Canarias de Agricultura, Industria y Artes. Se celebró en las casas consistoriales, y en relación con la sección de floricultura y plantas de jardín tenemos el listado de las colecciones presentadas por Manuel Ponce de León, "Expositor de Canaria", al parecer la más destacada, con numerosos ejemplares que superaban el centenar, entre los que se incluían colecciones de begonias, plantas asiáticas (colecciones de Achymenes, Gesneria y Gloxinia), diversas bromeliáceas, orquídeas, palmeras, Pandanus, algunas coníferas, plantas para aire libre e invernaderos, acuáticas y enredaderas, con una sección indicada de plantas especiales donde figuran señaladas las clases de dalias, varios tipos de camelias, Fuchsias y mimos. Otros expositores que contribuyeron modestamente fueron Francisco Javier de León (colecciones de mimos o Fuchsias), Miguel Ripoche, José Dadeu, Agustín Penichet y Andrés Aguilar, todos de Canaria (sic). Entre las plantas presentadas sólo hemos podido reconocer el drago y el bicácaro como especies nativas incluidas en dichas exhibiciones, siendo probable la presencia de siemprevivas.

A fin de siglo tiene lugar en Las Palmas la organización de la Fiesta de las Flores, celebrada en el mes de abril de 1892 en los entornos de la plaza de Cairasco, alameda antigua y zonas cercanas. Aunque la prensa consultada de la época no recoge los contenidos de la misma en sus aspectos botánicos, se aprecia en algunas fotos del acto la presencia, en varios stands, de diversas colecciones de especies vegetales provenientes de los distintos expositores que contribuyeron a ella, sin que resulte fácil su identificación. También a finales del siglo XIX se establece, en el centro de la villa de la Orotava, la hijuela del Jardín Botánico (Jardín de Aclimatación de La Orotava), en una parte del solar correspondiente al desaparecido convento de San José de las monjas claras, junto a la trasera del actual ayuntamiento que ocupa otra parte del mismo.

Aunque pasó por algunas vicisitudes a finales de dicho siglo, según A. Luque Hernández, se tomaron las medidas oportunas para su conservación y remodelación cerrándose con la hermosa verja de hierro forjado, que aun posee, e inaugurándose oficialmente el 19 de junio de 1910. Con un diseño romántico de trazados sinuosos delimitados por recortados setos de boj, la hijuela posee una notable colección de árboles y arbustos entre los que destacan un grupo de viejos Podocarpus, diversas coníferas y en particular un bello ejemplar, centenario, de drago (Dracaena draco). En sus primeros momentos estuvo bajo la dependencia de la Cámara Agrícola de la Orotava, fundada en 1900, pasando luego a estar bajo el cuidado del Ministerio de Agricultura, y posteriormente, al igual que el Jardín de Aclimatación de La Orotava del cual depende en la actualidad, se transfirió al Gobierno Autónomo de Canarias.



Son una excepción los jardines mantenidos por personas pudientes y curiosas, en particular en los siglos XIX e inicios del XX, que además estaban en relación con actividades científicas dentro y fuera de las islas, teniendo por tanto acceso a materiales (semillas o plantas) poco conocidos en las mismas que se convertían en colecciones privadas de notable valor. Tal era el caso de los jardines de casas de campo como la Quinta, en Santa Úrsula, de Jorge Víctor Pérez, que mantenía relaciones con científicos del jardín botánico de Kew en Londres y aún conserva viejos ejemplares de las plantaciones originales como son los dragos y cedros canarios que adornan los accesos a dicha vivienda; o la casa de La Dehesa (La Palma) de Elías Santos Rodríguez, también con plantas nativas como cedros, palmeras y dragos junto a diversas exóticas. En este tipo de jardines quizás podrían incluirse los de D. Felipe Massieu, miembro de la Junta de Agricultura, cerca de Santa Brígida, Gran Canaria; o la hacienda de la Vega de Los Mocanes, donde se alojaron Barker-Webb y Berthelot; o los de la marquesa de Arucas, en dicha ciudad, en sus orí- genes con estanques. Asimismo los que al parecer fueron interesantes jardines de Juan León y Castillo en Telde (Gran Canaria), ya desaparecidos, observados y descritos por Morris. También ha sido famoso el Jardín de Corvo, establecido por su propietario Chano Corvo en la zona de Moya, posteriormente abandonado y en la actualidad recuperado en parte. Ejemplos de este tipo de jardines son escasos en otras islas, a veces por simples razones climáticas, ya comentadas, como en el caso de Lanzarote y Fuerteventura, donde las pocas casas señoriales contaban con muy pocos elementos vegetales para su adorno, mientras que en Gomera e Hierro, islas que también habían sido de señorío como las anteriores, no existían grandes haciendas con sus casonas correspondientes, en particular en la isla de Hierro, donde los escasos ejemplos, como ocurre con la Casa del Conde, en Valverde, manifiestan su distinción con la plantación de dragos y cupresos.

Por otra parte, se incorpora en este periodo una notable cantidad de documentación iconográfica, entre ella mucha relacionada con numerosas obras pictóricas, algunas de particular interés por estar dedicadas a mostrar paisajes y estampas costumbristas donde podemos hallar algunas referencias a elementos vegetales introducidos, sembrados o asilvestrados, destacando la socorrida pitera y en segundo lugar las tuneras o chumberas, tan del gusto de diversos artistas. Un ejemplo singular son las obras del lagunero Alejandro de Ossuna, que nos ha dejado una interesante colección de obras, mayormente dedicadas al entorno de La Laguna, donde tenía fijada su residencia, y a diversos paisajes de la cercana comarca de Acentejo, pintadas en la segunda mitad del siglo XIX.

Desde un punto de vista más profesional, este fin de siglo se enriquece con la presencia y desarrollo del jardín-mausoleo que el arquitecto francés A. Coquet planifica en 1882 y realiza por encargo de la marquesa de la Quinta para su fallecido hijo Diego Ponte. Este jardín, remodelado y desubicado en parte recientemente, aun conserva notables elementos de su interesante diseño, con simbología masónica. Sin embargo, poco se sabe acerca de las plantas que originalmente lo engalanaron ya que no se conocen datos del propio Coquet al respecto, y posteriormente tuvo diversos usos convirtiendo parte del mismo en huertas de cultivos (camelias, naranjos, cafetos, strelitzias o aves del paraíso...) durante la época en que fue conocido, antes de su abandono, como Jardín Victoria, en honor del nombre que recibió la casa familiar convertida en Hotel a partir de 1907.

El siglo XIX culmina con la importante obra del inglés Dr. Morris dedicada exclusivamente a los jardines de Canarias. Sus descripciones, y sobre todo el catálogo de especies del Jardín Botánico, completan la labor realizada por H. Wildpret, en particular dándonos una visión más profesional de las características de la jardinería canaria. Este autor dedica un documentado y extenso artículo, publicado en Londres (1896), a las plantas y jardines del archipiélago, fruto de sus observaciones cuando lo visita en 1893. En dicho trabajo también considera las más llamativas especies ornamentales de la flora canaria autóctona, entre las que menciona diversos grupos de leguminosas, siemprevivas, margaritas, flores de mayo o cinerarias, etc., algunas de ellas incorporadas a la jardinería popular. Entre las plantas cultivadas, utilizadas como ornamento de carreteras, señala árboles de eucaliptos, acacias y bellasombras (Phytolacca). Asimismo, indica plantas que "adornan las paredes", nativas o introducidas, como Opuntia dillenii, Davallia canariensis, tuneras, geranios o Agave, sin dejar de señalar las palmeras canarias que confunde, al igual que otros muchos viajeros, cientí- ficos o no, con palmas datileras. Se complace en observar la abundancia de especies ornamentales en el recorrido de La Laguna a La Orotava, en el que se manifiesta una tierra de jardines y rica vegetación donde las carreteras se adornan de Fuchsia, mirtos, Acacia, palmeras y agaves que en primavera se ven complementadas con la floración de durazneros y almendros, aromatizados con el olor de matorrales de heliotropo y rosas. En el camino de la Villa (Orotava) a Güímar, por la cumbre, destaca la observación de la Fuchsia coccinea (un tipo de mimo) y la Reseda luteola, gualda (hoy considerada más bien como una mala hierba), probablemente introducida tempranamente para la obtención de tinte amarillo, mencionando además varias plantas nativas como el torbisco (Daphne gnidium), mientras que al Cytisus scoparius (un tipo de retama), que también nombra, debemos considerarlo como una especie introducida y asilvestrada. En especial remarca los bosques de castaño (árbol introducido después de la conquista), haciendo una alabanza conjunta tanto de elementos de la flora nativa como de la introducida. Habla de un jardín experimental iniciado por H. Wildpret (altos de La Orotava, ¿Aguamansa?) hacía algunos años, donde crecía una falsa acacia (Robinia pseudoacacia), las lilas comunes, el pino de Monterrey (Pinus radiata), el abeto español (Abies pinsapo) y el abeto caucasiano A. nordmanniana. Junto a ellos la Araucaria imbricata y la Cydonia japonica (actualmente Chaenomeles japonica). Visita en Arafo el jardín de Don Duggi, del que se desconocen datos recientes, en el que crecen mangos, aguacates y nísperos que se hallan en flor, así como grandes áreas cubiertas de salvia, cebollas, tomates y papas, todos destinados al mercado inglés. Sin embargo, no menciona ninguna planta que llamara su atención en Candelaria o en el recorrido de vuelta, por el sur, hacia La Victoria.

En su descripción del Jardín Botánico (Puerto de La Cruz) indica que el papel del mismo en la introducción de plantas en Canarias se observa por todas partes, suministrando material de Eucalyptus y Acacia así como árboles subtropicales frutales, todo ello bajo la experta mano de H. Wildpret. Señala algunas plantas destacables como araucarias, Passiflora, Bignonia, masas de Bouganvillea, Combretum, Ipomoea, Aristolochia, Cobaea, Ephedra altisima y Solandra grandiflora, varias de ellas elementos importantes aún en la jardinería local. Llama su atención el Ficus roxburgii (higuera imperial o del Himalaya, actualmente F. auriculata), así como un Ficus microcarpa (laurel de Indias) cercano, al igual que la Dracaena (drago), coco, Ravenala (árbol del viajero) y la Elaeis (palmera de aceite) junto con numerosas plantas australianas en floración (30 especies de Eucalyptus y Acacia, Grevillea, Banksia, Hakea, Casuarina, Tristania y Leptospermum). Asimismo, son destacables las plantas del Cabo tales como Strelitzia nicolai y S. regina, Grewia, Erythrina, Phoenix spinosa, Schotia speciosa, aloes, Diosma (Adenandra fragans, brezo de olor), Melianthus, Plumbago, Mesembryanthemum, junto a especies de Ixia, Gladiolus, Watsonia, Pelargonium, Freesia, Sparaxis y Montbretia. Entre la representación de plantas americanas destacan dos Oreodoxa (palmeras reales), la Cecropia palmata, Juniperus (cedro) de Bermudas, Passiflora, Poinsettia (Euphorbia pulcherrima, flor de pascua), Cyphomandra y Cedrella odorata además de varias especies de Annona (anones y chirimoyas), Agave (pitera), Fourcraea gigantea, Guilielma speciosa (palmera melocotón), Cocos flexuoxa y el mejicano Dioon edule (una interesante especies de Cicadácea). Varias especies de Ficus, palmeras, y araucarias crecen junto con la Musa ensete (plátano de Abisinia, ahora denominada Ensete ventricosum), así como Pandanus y algunas especies nativas como Laurus y Canarina (laurel o loro y bicacarero, respectivamente). Atribuye el encanto del jardín a la diversidad de especies cultivadas en él, con su mezcla de plantas de zonas frías como Quercus junto con plantas subtropicales a plena luz. La carencia de un catálogo de plantas del jardín en 1893 le llevó a preparar uno que figura, como apéndice, junto a su artículo.



Por otra parte, Morris visita muchos jardines privados y obtenemos así una información de primera mano, proporcionada por un experto, respecto al estado e interés de los mismos. Entre ellos el famoso jardín de la marquesa de la Quinta (Jardín Victoria), adornado con los bellos y colgantes Lotus berthelotii (picos de paloma), una de las plantas más raras y emblemáticas de la flora tinerfeña, así como laureles canarios, trepadoras y rosales. No encuentra en tan buen estado el jardín de la marquesa del Sauzal, también en la villa de La Orotava, que había perdido parte de su gran interés histórico al ser el hogar del desaparecido gran drago, pero sin embargo aún lucía la palmera de la conquista. En otro jardín cercano, del marqués de la Candía, observa un bello castaño, y en el de Machado crecían plantas de café, alcanfor, aguacates, bambúes, pomarrosas, mirtos, Pandanus, delicadas wisterias (glixinias), margaritas dobles, Alpinia nutans, Magnolia grandiflora y purpurea, rosas amarillas de ramillete y la palmera real. Considera el arbusto sudamericano Wigandia macrophylla (W. caracasana, tabaquero) una de las plantas más delicadas de los jardines canarios, posteriormente pintada por Du Cane, de la que destaca sus masas de flores lilas. Esta planta, que sigue siendo rara en la jardinería actual, la compara con el Podachenium paniculatum (compuesta), mientras que la Solandra grandiflora, originaria de Jamaica, con grandes flores amarillas, la observa creciendo en muros y pérgolas. Junto a la nativa palmera canaria considera como más prometedora palmera para su cultivo, en las islas, la californiana Washingtonia filifera, profecía cumplida, introducida en el viejo mundo en 1875. Menciona plantas de la familia de las Bromeliáceas (que incluye la piña de Amé- rica), señalando la Billbergia zebrina y B. marmorata como plantas de macetas. Hace referencia a plantas exóticas con uso culinario como la Cassia occidentalis para té o la Sida rhombifolia, en Agaete, como sustituta también del mismo. Comenta el carácter indeseable de la Nicotiana glauca (bobo, gandul, mimo o tabaco moro), como peste en varios lugares del globo, afectando también a Canarias en la actualidad, recomendando su extinción, algo difícil de llevar a cabo aún. Habla del cuidado jardín de la señora Borehan, antigua casona de San Antonio, junto al Puerto (de La Cruz), no lejos de la iglesia inglesa y el Gran Hotel (Taoro), donde crecían la Cineraria maritima, Iresine y Coleus, varias especies de Ficus y la ornamental palmera canaria. Alaba los esfuerzos de los hermanos Domingo (sic, ¿posible error?) y Víctor Pérez para propagar los árboles y arbustos canarios, muchos de los cuales presentan una notable figura, mientras desea y espera que el jardín en construcción del coronel Wheterad (la abandonada y magnífica casona de San Fernando, con sus jardines ya desaparecidos en la zona del Taoro del Puerto de la Cruz), incluya una parte para el cultivo de las interesantes plantas nativas ornamentales. Hace referencias al jardín de C. Smith (Sitio Litre ) remitiendo al lector a las descripciones de M. North, que pasó temporadas en ellos en 1875, adornados con mirtos, buganvillas, cipreses, lilium altos, naranjeros y limoneros, rosas de Cherokee, y con visión hacia el jardín del malpaís (hoy desaparecido), donde, bordeado en su parte alta con eucaliptos, crecían con gran belleza aloes, cactus, Euphorbia, Arum, cinerarias (flores de mayo, Pericallis), Sedum (veroles, Aeonium probablemente), brezos y otras plantas peculiares, silvestres e introducidas.



Según Morris, 29 especies de estos jardines se hallan representadas en los cuadros de M. North que se conservan en el Kew Garden, incluyendo plantas canarias (Echium simplex, Canarina canariensis, Pericallis tussilaginis, Dracaena draco, Pinus canariensis, Dracunculus canariensis, Aeonium holochrysum o Euphorbia canariensis) o introducidas (granados, datileras, Musa ensete, rosas, Opuntia spp., Aloe vera y A. arborescens, Iochroma coccinea, Citrus, Arundo donax...). Morris también accedió a algunos de los jardines más interesantes de Santa Cruz, como el de Foronda y Mandillo, descrito también por Masferrer, especialmente rico en plantas tropicales como ningún otro en las islas, dando una lista de plantas que incluye el baobab, árboles calabaza (Crescentia cujete) y la planta del aro (Maranta arundinacea), cultivada comercialmente durante una época en diversas localidades del norte de Tenerife hasta fechas recientes. En esta ciudad visita el jardín de Mrs. Douglas (barrio de Salamanca), donde observa un gran árbol de argán (Argania sideroxylon), especie endémica del suroeste de Marruecos, muy raro en los jardines canarios, en la actualidad casi inexistente. Junto a él plantas de café y la reciente introducción de plantas de té desde Kew. En los jardines públicos de Santa Cruz destaca los ejemplares de Ficus nitida (F. microcarpa), Platanus, Pinus canariensis, Casuarina, Albizzia lebbec, Araucaria excelsa y Schinus molle (falso pimentero). Entre las plantas ornamentales indica la presencia de Datura suaveolens, Strelitzia augusta, Plumeria acutiflora, Yucca aloifolia, granados, hibiscos, Fuchsia arborescens y Furcraea gigantea. Tuvo ocasión de visitar también la isla de Gran Canaria, describiendo parte de su paisaje natural con flora nativa, haciendo alusión al valor ornamental de algunas especies como el endémico taginaste Echium callithyrsum. Al hablar de los jardines destaca cómo, al igual que en Tenerife, los más interesantes están relacionados con los establecimientos hoteleros, como los del hotel Metropole, que parecen ser muy prometedores, incluyendo árboles de Araucaria, Ficus y algunas coníferas para desarrollar, aprovechando las partes más protegidas de la maresía, plantas más delicadas. Hace referencia a los jardines, todavía jóvenes, del hotel Santa Catalina, aunque expuestos a la brisa y con suelos malos. En las cercanías de este último se halla el jardín de Don Wood, con paseos sombreados, ornados de lirios, con palmeras y olivos junto a una bella palmera real y una hermosa Livistona, con dragos de unos cincuenta años plantados por el propietario junto con aloes, Phormium, Asclepias, Cassia y el Hibiscus elatus de las Indias Occidentales, y, cercano a ellos, un viejo granado (Punica granatum). Próximo está el pequeño jardín de don Cayetano de Lugo, con una buena colección de plantas tropicales que incluía, entre otras muchas, la carambola (Averrhoa), coco, mango, mahoagany, mamey, zapote, papaya, granadilla, Ficus elastica, Caryota, Podocarpus, Strelitzia reginae, junto a dos interesantes árboles nativos: barbusano y viñátigo. Fruto de su estancia en Brasil, su propietario había traído muchas plantas tropicales.

Observó varias plazas públicas en Las Palmas en las que destacaban árboles de Ficus microcarpa (laurel de Indias) y algunos árboles nativos. Notó también que los jardines privados son pequeños pero algunos cuidados con mucho esmero, como por ejemplo el de Mr. Nelson, donde había bambúes, dragos, bananas rojas, Wigandia, guayabas púrpuras, aros, Passiflora edulis (parchita), Calosanthes indica y grandes ricinos. En otro jardín cercano crecían diversas plantas tropicales, entre las cuales se hallaba la Cecropia palmata, Sanchezia nobilis, Jacaranda ovalifolia, Ficus parcellii variegado, Schotia latifolia, Rondeletia y varias palmeras, incluyendo Oreodoxa, Cocos y Areca junto a una planta alta de Trachycarpus martianus. En el patio de la casa quedó sorprendido por el más bello de los helechos arbóreos que vio en la isla.

No sólo en Las Palmas, sino también en otras ciudades, como Telde, visitó jardines, donde tuvo ocasión de ver el perteneciente a D. Juan León y Castillo, con plantas no observadas en otros sitios y que poseía, como principal atracción, masas de Buganvillea con cuatro colores al menos, una delicada Crescentia cujete (árbol de las maracas), tamarindo, argán, árbol de algodón, Grevillea robusta (pino de oro), Pandanus, Aleurites moluccana (árbol candil), Cococoloba uvifera (uvero), Psidium cattleianum (guayabito, ahora P. littorale), varias palmeras en excelente estado de salud y Araucaria heterophylla, creciendo mejor que en Las Palmas, mientras Bignonia venusta lo hacía en todo su esplendor.

En su recorrido hacia el centro de la isla, Tafira y el Monte Lentiscal, también pudo contemplar bellos jardines como el del Dr. Miller en Tafira, protegido de vientos, el más cuidado en la isla, con delicadas colecciones de palmeras (Washingtonia, Cocos, Phoenix, Livistona, Corypha, Caryota, Trachycarpus, Trinax, Kentia, Chamaedorea, Sabal, Elaeis y Jubaea), muchas de ellas aún jóvenes pero prometedoras, así como rosales, cientos de variedades de rosas y distintas especies de Ficus, Buganvillea, Allamanda, heliotropos, Coccoloba y Calotropis, junto a una gran planta de Pandanus utilis. Observa magníficos grupos de helechos, aroideas y suculentas en bellas rocallas. El roble inglés, camelias y helechos arbóreos crecían junto a la entrada, mientras que las enredaderas Thunbergia grandiflora y Bignonia venusta se mostraban lujuriosas. Después del Monte estaba el atractivo jardín del conde Felipe Massieu, con una interesante colección en la que no le fue posible tomar nota de las plantas existentes. En el otro extremo del norte de la isla, Agaete, vio el encantador y pequeño jardín perteneciente a D. Antonio de Armas, el famoso Huerto de las Flores, probablemente establecido durante la época de los días prósperos del cultivo de la cochinilla, y toma las palabras de O. Stone para describirlo. Muestra una lujuriosa vegetación con cafetos, granados y datura de flores de campanas blancas. Además, él añadió a la descripción de la inglesa un delicado roble inglés, chirimoyo, macizos de Cortaderia, Melia, mamey, Lagerstroemia, Clerodendron, Hedychium coronarium y Acacia farnesiana.

Menciona algunas de las bulbosas más comunes en los jardines canarios, tales como Crinum augustum, el nativo Pancratium canariense o la exótica azucena Amaryllis belladonna. Indica como buena la Furcraea (un tipo de pitera) para lugares secos por su resistencia, mientras que a los Agave, con raros ejemplares variegados, junto a los tarajales y geranios dobles, los considera como las plantas más comunes, frecuentes junto a carreteras. Actualmente, pensamos que la mayor parte de las Agaváceas se comportan como invasoras que deben ser controladas o erradicadas.



Los geranios blancos no se ven mucho y se cultivan yucas. Para él, Nothoscordum constituye un problema para los jardines sin ser una peste tan grande como el Cyperus rotundus, la indeseable juncia. El más importante de los lirios es el Lilium longifolium, indicando además el asilvestramiento de Antholyza y Gladiolus segetum, aunque esta última podría ser nativa. El níveo lirio de Florencia está prácticamente salvaje, mientras la Colocasia esculenta (ñame) abunda en zonas húmedas. Más rara es la presencia del Amorphophallus rivieri, y parece lamentarse de que no se cultiva el vistoso endemismo Dracunculus canariensis (taragontía), aunque abunda cerca de jardines. Destaca la importancia del Arundo (caña) y sus usos, así como el asilvestramiento y rápida propagación del Oxalis cernua (trebina) de flores simples y dobles. Dedica un capítulo a las plantas de interés económico más cultivadas y da dos apéndices: uno de plantas canarias cultivas en Kew y otro de plantas que observa en el Jardín de Aclimatación de La Orotava. En resumen, una abundante información acerca de las especies mas cultivadas en jardines y espacios libres en las islas a fines del siglo XIX, que nos muestra una notable riqueza y variedad de especies, aunque muchas de ellas estaban escasamente difundidas o pertenecían a importantes colecciones privadas.

LA INFLUENCIA AMERICANA

El intercambio de población, y en particular la fuerte emigración de Canarias a América desde épocas tempranas, en particular a Cuba y Venezuela, fue y aún continúa siéndolo desde fines del siglo XIX, una vía de introducción de especies ornamentales y frutales, a pesar de las prohibiciones al respecto tanto por tratarse en muchos casos de especies protegidas (en particular orquídeas) como por los riesgos derivados de la introducción de enfermedades vegetales. Viajan así hasta las islas diferentes especies botánicas, unas por razones ornamentales (laurel de Indias, de origen asiático; la esbelta palmera real o la famosa ceiba, con connotaciones religiosas relacionadas con los orishas cubanos), y otras por curiosidad o razones económicas, incluyendo plantas comestibles que se convirtieron en ornamento y atractivo de jardines (achiote, cacao, café de origen africano oriental, papaya, aguacate...), y, sin lugar a dudas, siempre con una gran atracción por las orquídeas, en particular por las ya populares Catleya, cultivadas con cierta profusión en patios y balcones.



JARDINERÍA Y DESARROLLO URBANÍSTICO

Hay que tener en cuenta que muchos jardines establecidos en el extrarradio de las ciudades, en ambientes casi rurales, a fines del siglo XIX y principios del XX, se fueron incorporando posteriormente a las mismas como ocurrió con varios en Santa Cruz de Tenerife, entre los que se podrían citar los desaparecidos del hotel Pino de Oro, cercano al hotel Mencey, el de la calle de Santa Rita (el famoso Jardín de Foronda) o el de Bellamy, en la propia capital, así como la Quinta Verde en Santa Cruz de La Palma, parcialmente conservada. Lo mismo sucedió con varias casonas en el Puerto de La Cruz (San Antonio, San Fernando...) debido al avance del perímetro urbano por aumento de la población y por ende el incremento del valor del suelo y los problemas especulativos derivados de ello. Un caso similar aconteció con los famosos jardines que había en las afueras de Las Palmas a fines de la segunda mitad del s. XIX, como el de D. Cayetano de Lugo y Eduardo, que han desaparecido, igualmente, víctimas del crecimiento de la ciudad y por tanto del cambio de uso del suelo que se dedica a la construcción, una vez más en detrimento del patrimonio cultural y sus espacios ajardinados antiguos, la mayoría de los cuales ya han desaparecido dejando tan sólo testimonios aislados, tristes recuerdos, como fue, hasta fechas recientes, el del drago del jardín del hotel Pino de Oro (Santa Cruz de Tenerife), que podemos ver representado en postales de principios del siglo XX.



EL SIGLO XX: TURISMO Y JARDINERÍA

Durante esta segunda mitad del siglo XIX los viajeros que inician el primer movimiento turístico a Canarias comienzan a ser frecuentes, creándose una pequeña red hotelera y dándose la interesante circunstancia de que muchos de ellos vienen con deseos de conocer la mayor parte del territorio posible y dejar constancia, por escrito y en fotografías, de lo más pintoresco de las islas. Así, aun cuando no nos da muchas referencias para tratarse de una dama inglesa, Oliva Stone, que recorre junto a su marido John Harris, fotógrafo, todas las islas en 1883 y 1884, hace diversas alusiones a huertos y jardines en su obra. Desgraciadamente, no nos deja muchos detalles, salvo casos excepcionales, acerca de las características, en cuanto a número y diversidad, de los jardines que visita, y da la impresión de que sus conocimientos botánicos tampoco son muy extensos. Las fotografías que su marido realiza sólo se conocen en parte o bien a través de los dibujos-grabados, publicados en su conocida obra Tenerife y sus seis satélites. Otros viajeros de este periodo vienen con fines científicos más concretos, por lo cual no podemos esperar de ellos grandes descripciones del paisaje y menos de la jardinería, estando aún por conocerse parte del contenido de la obra fotográfica que permanece inédita, como posiblemente ocurre con viajeros como Allaud, Piazzi Smyth, Oscar Simony o Verneau, entre otros.



Además hay que tener en cuenta la jardinería que se establece en torno a los establecimientos hoteleros, ligados a los inicios del desarrollo turístico a fines del siglo XIX y principios del XX, entre los que destacan algunos jardines muy bien cuidados como el de Pino de Oro en Santa Cruz de Tenerife, Güímar, Tacoronte, Puerto de La Cruz (Martiánez, Gran Hotel...), Las Palmas de Gran Canaria (Metropole, Santa Catalina), Santa Brígida, o el hotel Florida en Breña Alta, La Palma, cuyos amenos espacios con pérgolas y estanque son celebrados por diversos visitantes. Habría que ver quiénes son los fundadores de estos establecimientos, en algunos casos ingleses, que consideran el jardín como una parte importante de la explotación a la hora de atraer a clientes dedicándoles por esta razón un cuidado especial tanto en su diseño y diversidad vegetal como en lozanía y buen aspecto. Testimonio de esta relación entre las empresas hoteleras y la jardinería son algunos de los anuncios que aparecen en las guías de Samler-Brown a partir de fines del s. XIX, donde el hotel Continental de Las Palmas se pregona como "The only in the town with a large and beautiful garden" (El único en la ciudad con un jardín grande y bello) y la propaganda del hotel de Santa Brígida anuncia su establecimiento con un bello jardín donde se cultivan más de 4.000 (sic) variedades de plantas, lo que sería un auténtico jardín botánico.



El movimiento turístico que había comenzado ya en el siglo anterior se continúa, con características semejantes, en el primer tercio del siglo XX. Este periodo nos ofrece, desde sus comienzos, algunos notables ejemplos de contribuciones a la jardinería, destacando la obra de las hermanas Du Cane en pleno siglo XX (1911), cuyos sencillos e informativos textos, adornados con algunas reproducciones de bellas acuarelas, nos dejan testimonios muy ilustrativos del uso de la flora ornamental, exótica y nativa, en patios, muros, caminos y balcones, trasmitiéndonos una nueva visión de portadas y jardines que podemos considerar que han perdurado durante algunos siglos, con sus llamativas enredaderas, en particular la bignonia o Pyrostegia venusta, de vistosas flores naranjas, y las buganvillas, de esplendoroso colorido, junto a los señeros y adustos cipreses, sin dejar atrás algunos llamativos elementos de la flora local como el orgullo de Tenerife (Echium simplex) o las siemprevivas, adornando paseos escalonados. Destaca en su obra la descripción de los jardines de la famosa e histórica casa de La Paz, en el Puerto de la Cruz, o las referencias a los espléndidos jardines, novelados, de la pensión Casa del Ciprés, alabando también los jardines del hotel del Buen Retiro en Güímar. En otras ocasiones se lamentan del estado de abandono de varios jardines familiares, como los de las fincas de San Bartolomé y San Antonio, también cercanas al antiguo Puerto de La Cruz. Las hermanas Du Cane visitan, asimismo, Gran Canaria, mencionando diversidad de plantas ornamentales en sus recorridos, opinando que: "En la mayor parte de los jardines, los árboles más abundantes son los ficus, el orgullo de la India (Melia azedarach), muchas palmeras, naranjos, mangos y guayabos, lagerstroemias, granados y daturas, mientras que los macizos son de claveles, alhelíes, cinerarias, malvalocas y azucenas, cada planta empujando a las otras en un forcejeo por hacerse un sitio. Me llamó la atención el hecho de que allí la gente muestra más amor a las flores que en Tenerife, donde el cuidado del jardín de una casa de campo o de un grupo de macetas es casi una rareza. Los geranios y otras plantas cuelgan desde los bordes de las azoteas, pareciendo que viven en el aire porque las cajas o latas en que están plantados se ocultan a nuestra vista.



Aquí, la más modesta habitante de una casita de campo cultiva, con amoroso cuidado, claveles, fucsias, begonias y geranios en toda caja de lata o vieja cacerola que caiga en sus manos"
, debido al alto coste de la macetas de importación que hacía prohibitivo su uso.

Contamos, además, con notas y comentarios, frecuentes en diversas obras de literatura de viajes. La información para este periodo sigue enriqueciéndose con una abundante información gráfica, iniciada en el siglo anterior, donde postales y fotos nos muestran detalles de la vida rural o de jardines particulares, motivos que van desde la mínima simplicidad de un patio a jardines con elaborados y abigarrados conjuntos, bellos diseños e importantes colecciones desarrolladas desde el siglo XIX. En esta singular documentación han quedado plasmados numerosos rincones de todas las islas, siendo desde luego más abundantes los ejemplos para Tenerife o Gran canaria. Diversos archivos fotográficos de visitantes de fines del XIX (Harris, Piazzi Smyth) y principios del XX (Simony, Margaret D'Este, Pitard y Proust, Burchard...), a los que ya hemos aludido, son aún sólo parcialmente conocidos o permanecen olvidados en colecciones museísticas o de particulares en diversas ciudades europeas, siendo más que probable la pérdida de una valiosa información elaborada por visitantes anónimos que han pasado por nuestras islas. Hay que añadir a esta interesante documentación la publicación comercial de variadas colecciones de postales que nos han dejado un testimonio de valor inestimable relativo a una buena parte de la historia canaria correspondiente a la segunda mitad del s. XIX y primera del XX.

FLORA NATIVA DE INTERÉS ORNAMENTAL

Como suele suceder a menudo, no se valora adecuadamente lo que se observa todos los días, y esto también ocurre con la flora canaria, una flora rica en especies exclusivas que incluye unas 600 especies endémicas con numerosas variedades y ecotipos locales de interés ornamental, a las que se unen varias decenas de plantas nativas, no endémicas, muchas de ellas también con igual valor. Han sido pocas las especies canarias, endémicas o nativas, que se han agregado, hasta fechas recientes, de forma tradicional a la jardinería rural, muchas de ellas por su rusticidad y belleza, como el arbusto conocido por guaidil o anuel (Convolvulus floridus), algunas especies de margaritas o magarsas, bejeques, góngaros o veroles, varias especies de siemprevivas o taginastes (Echium) o el bello endemismo majorero Asteriscus sericeus, la joriada o jorao. Otras deben quizás su uso ornamental al poseer también propiedades medicinales, como es el caso de la ruda salvaje (Ruta pinnata) y el oloroso jócamo o jocama. En casos excepcionales muchas especies canarias de notable belleza, muy raras en sus ambientes naturales (Lotus sect. Ryncholotus), se han incorporado desde hace más de un siglo a los jardines populares, pero muchas tienen una ecología muy estricta que impiden su cultivo o son prácticamente desconocidas por su rareza (varios casos de siemprevivas, entre otras). Sin embargo, son numerosos los casos en que no parecen tener problemas especiales para su cultivo (Geranium, Ranunculus...) o incluso son bastante fáciles de adaptarse (Ceropegia, otras suculentas...), y nos extraña que no hayan llegado a incorporarse, en mayor proporción, al sector ornamental local. Sin embargo, su utilización en gran escala, a nivel regional, conlleva ciertos peligros para la conservación de muchas de estas plantas (en particular endemismos) debido a la facilidad de hibridación cuando se trata de grupos con especies muy emparentadas (bejeques, margaritas, taginastes, siemprevivas, chahorras...). Su traslado a diferentes islas, o áreas dentro de ellas donde no estaban presentes, y su asilvestramiento, como ya ocurre, puede generar serios problemas para la supervivencia de endemismos raros, como ya se está observando en la conservación de diferentes especies, en particular entre las margaritas y taginastes. Por ello, y a pesar de sus atractivos, el uso local de especies ornamentales nativas de la flora canaria debe llevarse a cabo con mucha precaución, con materiales del entorno y nunca de forma masiva. La moda reciente de potenciar la flora canaria en muchos jardines públicos, incluso de forma oficial (carreteras, autopistas, plazas...) probablemente ha originado muchos problemas no deseables, presentes y futuros, como ha sido el asilvestramiento de distintas especies en islas donde no existían, teniéndose que desarrollar programas especiales de erradicación para prever males mayores. Incluso dentro de una misma isla, el aumento considerable de vías y las plantaciones programadas, a veces oficialmente, para su ornamentación está afectando a dicha conservación (Asteriscus, Argyranthemum, Echium, Pulicaria...). A este problema se añaden las dispersiones incontroladas motivadas por el traslado de maquinaria pesada sin limpiar o el acarreo de materiales de construcción, en los cuales van incorporadas, además, semillas de plantas invasoras, incluso provenientes de territorios continentales. Diversos casos han sido ya observados dentro del grupo de las margaritas y de los corazoncillos (Lotus).



FLORA ORNAMENTAL DE INTRODUCCIÓN RECIENTE

La última gran aportación al mundo de la jardinería ha sido el establecimiento de numerosos centros de distribución y venta (garden center, para copiar una vez mas los términos anglosajones), con una gran variedad de plantas de todo el globo y para las más diversas condiciones.

Todo ello acompañado además con una gran oferta de mantenimiento una vez que las necesidades hídricas están aseguradas, y, lógicamente, ligado a un aumento de la demanda en relación con el incremento del poder adquisitivo de diversos estamentos sociales, aumento de población extranjera, nuevas urbanizaciones y viviendas secundarias con gran uso de flora ornamental, etc. El desarrollo económico que las islas han experimentado en las últimas décadas ha hecho que diversos jardines públicos surjan en elevado número por muchos lugares y al mismo tiempo se enriquezcan aún más los jardines privados, llegando incluso a existir particulares que durante sus viajes intercontinentales hacen acopio de diversas especies llamativas, tales como palmeras o representantes de otros grupos, a fin de incrementar sus propias colecciones. Todo ello ha contribuido a un incremento notable en la diversidad de especies forá- neas cultivadas en el archipiélago, siendo frecuente la llegada de especies novedosas, pequeñas modas, a los centros comerciales, a fin de estimular la venta. En algunos casos la arribada incontrolada de nuevas especies ornamentales y su asilvestramiento puede suponer un importantísimo peligro para la conservación de la biodiversidad de Canarias, y varios ejemplos son, lamentablemente, ya muy frecuentes en las islas, siendo muy difícil, en muchos casos, su erradicación. Por una parte nos hemos acostumbrados al paisaje "exótico" cubierto de piteras o tuneras, conformado durante siglos en las islas, que nos parece propio de nuestro territorio, pero mucho más reciente es la llegada de otras especies con gran poder de asilvestramiento convirtiéndose en una auténtica peste que pone a muchas plantas endémicas o nativas y a su fauna asociada al borde de la extinción. Además de la presencia agresiva de especies como las amapolas californianas (Eschoschlzia californica) en los ambientes secos y soleados de nuestros pinares, quizás en la actualidad el máximo peligro para nuestra biodiversidad deriva del asilvestramiento de la gramínea conocida ya como rabo de gato (Pennisetum setaceum), hoy por hoy el elemento más perjudicial de nuestros campos ocupando territorios que van desde el nivel del mar hasta zonas montañosas por encima de los 1.000 m. Otras especies foráneas como la hierba de san Jorge (Centhranthus ruber) o la australiana Maireana brevifolia han iniciado ya también la conquista de las islas, todo lo cual requiere un gran esfuerzo por parte de las administraciones públicas para tratar de controlar, aunque sólo sea parcialmente, la propagación de varios de estos elementos tan agresivos, hecho que no sólo ocurre en Canarias sino también, de forma igualmente grave y preocupante, en otros territorios con climas de tipo mediterráneo como pueden ser áreas de California, Hawai o Sudáfrica. Sólo una mayor y mejor educación, concienciación y voluntariado podrán, quizás, minimizar éste y otros graves problemas medioambientales que ponen en peligro el paisaje y la interesantísima biodiversidad del archipiélago canario.









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