Presentación



Año y medio después de la aparición del último número de Rincones del Atlántico, al fin ha llegado la hora de que el siguiente, el correspondiente a 2008, vea la luz. queremos agradecer la paciencia y la fidelidad de todas las personas amigas de Rincones y a las que nos llamaron o escribieron preguntando por la fecha de salida, un poco temerosas de que por alguna razón se hubiese quedado por el camino.

Hacía tiempo que teníamos la idea de publicar un número monográfico dedicado a la arquitectura tradicional, en especial a la que se encuentra en el urbanizado medio rural de nuestras islas. Ya comentábamos en el número anterior que era nuestra intención sacarlo este año como el número 5 de Rincones. Lo laborioso y extenso en que se puede convertir un trabajo sobre este tema realizado con el mínimo de rigor y de cariño, nos ha desbordado, así que el proyecto fue creciendo y creciendo y pronto tuvimos que tomar la decisión de dividirlo en dos tomos, atendiendo a razones de tiempo (nos hubiésemos retrasado mucho más al realizarlo en uno sólo), espacio (tendría demasiadas páginas y hubiese sido un libro pesado y nada manejable) y precio (queremos que tenga un precio razonable es decir, lo más bajo posible y que no sea un impedimento para que quien lo quiera lo pueda adquirir, teniendo en cuenta además que no va a haber ni una sola página de publicidad ni ninguna "subvención"). En este primer volumen que ahora sale, hemos agrupado una serie de trabajos que desde diferentes disciplinas tienen como protagonista principal la arquitectura tradicional y su entorno más próximo. Para el segundo hemos dejado los capítulos dedicados a cada una de las ocho islas (también La Graciosa) y algún otro trabajo temático, como uno sobre las haciendas, otro sobre la representación de la arquitectura rural en la historia de la fotografía en Canarias, y quién sabe si alguno más que surja por el camino.

En medio de estos dos tomos (números especiales y monográficos con tapa dura y sin publicidad), queremos que salga un número "convencional" de Rincones que corresponderá al número 6 (año 2009), pues son otros muchos los temas que se abordan en la revista, y que también nos apasionan, que se quedarían demasiado tiempo sin ser publicados. Sería el caso del homenaje que hacemos a personajes comprometidos con el paisaje y la naturaleza de las islas, de los artículos dedicados a un árbol en especial y cuyo protagonista en el próximo número será el drago, o también del dossier sobre la urgentísima necesidad de proteger el suelo rústico y la agricultura de las islas como bien general prioritario con el objetivo de: mejorar la soberanía alimentaria; conservar lo que aún resta del paisaje y del medio rural manteniéndolo a salvo de la plaga del cemento y del asfalto; preservarlo de la erosión; hacer una correcta gestión de un bien escaso como el agua; favorecer una alimentación sana y natural para la población con productos locales provenientes de la agricultura ecológica y tradicional, como mejor prevención contra las enfermedades y el incremento del sobrepeso y la obesidad en Canarias; propiciar el relevo generacional con la creación de puestos de trabajo dignos para jóvenes agricultores y ganaderos; creación de mercadillos en todas las poblaciones donde el agricultor pueda vender directamente sus productos y de redes eficientes de distribución, así como el desarrollo de una industria local de transformación de productos agrícolas, etcétera. Con trabajo y con esfuerzo bien dirigidos hacia la dirección correcta, se pueden obtener muchas ventajas y enormes frutos (además de exquisitos aguacates, papayas, uvas, duraznos y manzanas, entre otros muchos).

Pero retornemos a lo que nos trae en esta ocasión. El propósito principal de este monográfico es hacer un homenaje a esta arquitectura situada en nuestros campos y a quienes la construyeron, utilizaron y habitaron, que sirva al mismo tiempo para darla a conocer, valorar y proteger. Es una arquitectura sencilla y armónica, sobria y funcional, pero extraordinariamente bella, que estando tan cerca de nosotros, es al mismo tiempo una gran desconocida.

Herencia cultural de nuestros antecesores, nace y convive con la propia naturaleza. Sus materiales proceden de ella, muchas veces del mismo lugar en el que se construye la edificación: piedra, tierra, cal, madera, y partes de algunas plantas (paja de cereales, brezo, pitera, tarajal, palmera...) que eran utilizadas esencialmente para la techumbre, de ahí la sencillez y el equilibrio con el espacio que la rodeaba. Realizada con un enorme sentido práctico aprendido generación tras generación, principalmente por la necesidad de cobijo (la casa), o para realizar otras actividades relacionadas con el sustento (molinos, eras, hornos, cuadras, aljibes, salinas, caminos...), tiene también un gran sentido muchas veces intuitivo de la belleza. Son lugares útiles, pero también estéticamente agradables y respetuosos y en armonía con el paisaje, como dice Fernando Sabaté en su artículo publicado en este número: "En el caso de las culturas y las arquitecturas vernáculas, a menudo sentido estético y sentido práctico no eran cosas diferentes, sino la misma cosa".

La arquitectura tradicional es probablemente junto al paisaje natural cada día mas deteriorado y al suelo agrícola cada día más urbanizado y asfaltado y del que forma parte, el mayor patrimonio de estas islas, un tesoro de valor incalculable que pertenece a todos, y que, por desgracia, está desapareciendo de nuestros campos debido a su abandono, a la desidia, a la falta de coherencia, criterio y sensibilidad en las rehabilitaciones, muchas de las veces debido a la ignorancia y a la falta de asesoramiento por personas preparadas, así como de información y documentación sobre el tema.

Y sobre todo, hemos llegado a esta situación por la enorme irresponsabilidad de una gran parte de la clase política y nunca mejor lo de clase, que es en lo que por desgracia se ha convertido, en una clase acomodada, autocomplaciente, alejada de la realidad de las personas y del bien común que ha propiciado el camino hacia la extinción del suelo rústico de nuestras islas, bien esencial, no renovable y limitado, ya no sólo por la propia condición de islas sino por el enorme crecimiento de la población en los últimos años, que ha limitado aún más la ya en mínimos soberanía alimentaria. Se ha continuado (después de numerosos avisos para parar desde muchos sectores y desde hace ya muchos años) en una espiral de crecimiento disparatado que tan sólo ha beneficiado a los de siempre y a unos pocos más, que se han enriquecido en detrimento de la gran mayoría de la población, aumentando las desigualdades sociales y favoreciendo un auténtico expolio de nuestro paisaje y territorio. Corrupción y especulación se han convertido no sólo en palabras que oímos a diario sino en hechos cotidianos con los que se convive y que ya no ponen colorados a sus responsables.

Uno se pregunta si un trabajo como éste tiene razón de ser, si merece la pena, si habrá solución o si será la propia dinámica de la sociedad actual la que nos haga volver de nuevo a la tierra. Repetir una y otra vez lo obvio, lo que dice la razón, el sentido común... las palabras se agotan y van perdiendo su significado de tanto repetirlas y ser tan poco escuchadas.

Ya basta de mascaradas, de palabras inventadas que se contradicen, ¿todavía queda alguien que hable de desarrollo sostenible y que se lo crea? Mejor empecemos a hablar de decrecimiento, a ver si esto se sostiene y de esta manera los que más lo necesitan pueden al menos vivir con un mínimo de dignidad. "Tenemos que vivir más simplemente para que los demás simplemente puedan vivir". Mahatma Gandhi.

Uno se pregunta si no hay otras prioridades, vista la deriva actual de la humanidad en un mundo globalizado donde impera el liberalismo económico, en el que la adoración al dinero se ha instalado en todos los templos de la sociedad ocupando el lugar prioritario y embaucándonos con su engaño, instalando los peores defectos y difuminando y enmudeciendo los más esenciales valores humanos. Haciendo que una gran parte de la humanidad viva en la más absoluta indigencia, padezca guerras y sufra terribles enfermedades y pandemias, mientras otra, la más pequeña, despilfarra los recursos de todos en una disparatada vorágine desarrollista-consumista que además nos ha conducido a una sociedad individualista, egoísta, insolidaria, incomunicada y, sobre todo, vacía.

Pero bueno, volvamos de nuevo a Rincones, al que ya le llegó la hora de hacerse realidad, de que las casi cuatrocientas páginas que lo conforman, pasen del blanco inmaculado del papel que antes era árbol y que hoy, en su nueva forma, espera paciente en la oscuridad del almacén a que le llegue su turno para participar en un nuevo acto de generosidad a recibir la tinta negra que, depositándose sobre él, va haciendo las letras, que crean palabras, que van formando frases que nos cuentan historias; y las tintas de colores que se funden para recrear las imágenes que se hicieron un día lejano o reciente, y que ahora son testimonios, pequeños fragmentos de lugares y de vidas que ya pasaron, dejando un leve rastro, igual que pasan las nuestras, de forma vertiginosa, sin casi darnos cuenta. Y aunque ahora no nos acordemos, fuimos nosotros mismos los que ya estuvimos aquí, como también seremos nosotros los que vengamos mañana, y pasado mañana y dentro de cien años. Y en esta corta y amnésica vida nuestra de nuevo en la Tierra, ¿seremos capaces de aprender a hacer lo correcto en nuestro día a día?, como nos hubiese gustado que aquella otra persona de la imagen, aquel antepasado, o aquel personaje anónimo de la foto que quizá fui yo, o mi hermano o mi vecino de siempre o el nuevo vecino que es emigrante y ha tenido que dejar a su gente y venir aquí para poderse ganar el sustento lo hubiese hecho, para que su legado, su vida y trabajo de aquellos días, contribuyese a que en este momento pudiésemos ser más felices, para que viviésemos rodeados de cosas bellas que alegrasen nuestro ánimo en el ir y venir cotidiano, para que nosotros que hemos venido después, pudiésemos disponer de los mismos recursos que la naturaleza le brindó a él en aquellos días más o menos lejanos. Como padre y como madre, ¿qué otra mejor herencia podían dejar que no fuese un futuro digno para sus hijos y enseñarles "la simplicidad en el vivir y la nobleza en el pensar"? Son muchos los valores morales de los seres humanos que nos dignifican como tales, y uno entre ellos, que es fundamental para la convivencia y la buena salud del planeta y de los demás seres que en él se encuentran, se llama responsabilidad. Y ésta debe ser aprendida, en la casa si los padres a su vez la aprendieron antes; en la escuela; en la calle, en nuestras relaciones con las demás personas... Responsabilidad para con todos los seres y para con todas las cosas, desde los más pequeños detalles sin importancia de nuestra vida cotidiana hasta los más trascendentes e importantes.

Cada uno de nosotros, en este corto periodo de existencia sobre este planeta, tiene la enorme responsabilidad de, sobre todo, ser responsable de cada uno de sus actos y adquirir la conciencia que nos guíe y nos haga avanzar para tratar de hacer lo correcto, para aprender de nuestros errores y así evitar volver a cometerlos. La ignorancia es la gran enemiga de la humanidad. Empezábamos el primer número de Rincones con la frase de otro gran hombre y amigo de M. Gandhi, Paramahansa Yogananda: "La ignorancia es la maleza que crece desmesuradamente en el jardín de la naturaleza humana asfixiando la buena semilla". La palabra, la palabra justa y adecuada nos salvará; hagamos lo posible por conocerla y por que pueda llegar a todos, y que los valores que tenemos dentro de cada uno puedan aflorar y convertir nuestra vida en un auténtico jardín donde los árboles y las flores del amor, la justicia, la verdad, la libertad, la equidad, la sabiduría, el respeto, la solidaridad... crezcan sanos y fuertes y no dejen nunca más que la maleza de la ignorancia pueda volver a crecer en él. Este número de Rincones está dedicado a tres queridos amigos, Francisco, Günther y José Miguel, que se han ido de viaje y que ahora estarán en algún otro lugar, descansando, si es que pueden, o haciendo de las suyas, y que cuando estuvieron por aquí supieron transmitir la pasión y el amor en lo que hacían. También, y para terminar, queremos mencionar y agradecer su existencia a un libro inspirador y sin el cual probablemente Rincones jamás habría nacido. Este libro se titula Shelter. Se publicó hace ahora treinta y cinco años por Shelter Publications, y su primera edición en castellano, titulada Cobijo, la realizó la editorial Blume hace veintinueve. Su editor, Lloyd Kahn, publicó en 2004 un nuevo libro titulado Homework, fruto de treinta años de experiencia visitando y fotografiando casas autoconstruidas alrededor del mundo, esta vez con estupendas fotografías en color, que también es muy interesante. Terminamos reproduciendo una parte de la introducción de Cobijo, que más de treinta años después es como una premonición, por lo que no sólo mantiene su vigencia sino que es además la mejor presentación para los artículos que vienen a continuación:

"Antiguamente la gente construía su propio alojamiento, cultivaba su alimento y confeccionaba su vestido. Todos los conocimientos necesarios para ello se transmitían, generalmente, de generación en generación, del maestro al aprendiz.

Después, con la industrialización y la emigración a las ciudades, esa sabiduría se marginó, y ahora, gran parte de ella se ha perdido. En los últimos años nos hemos dado cuenta de que los recursos están agotándose. Las materias escasean, los combustibles no alcanzan a cubrir la demanda, y los precios se disparan. Sólo van a poder sobrevivir los muy ricos o quienes dispongan del recurso del ingenio o de la capacidad inventiva. O los más dependientes de la producción y control centralizados, o los más liberados de ellos. La alternativa no está clara, pues éstos son tiempos de confusión. Resulta evidente, sin embargo, que cuanta mayor sea nuestra capacidad de hacer por nosotros mismos, mayores serán también nuestra libertad e independencia individuales.

Este libro no preconiza el retorno a la habitación en cuevas y al cultivo del propio alimento. No parte de la idea de que todo el mundo puede hacerse con una hectárea de campo ni de la vinculación sentimental al pasado. Se refiere más bien a la búsqueda de un equilibrio nuevo y necesario entre lo que podemos hacer a mano y lo que aún deben hacer las máquinas
[...]".



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