Defender la alegría como una trinchera

defenderla del caos y de las pesadillas

de la ajada miseria y de los miserables

de las ausencias breves y las definitivas .

“Defensa de la alegría”

Mario Benedetti

 

Ya es hora de deshacernos de la obsesión por la velocidad y de partir a la reconquista del tiempo, y por lo tanto de nuestras vidas. […] Recuperar una relación sana con el tiempo consiste sencillamente en volver a aprender a vivir en el mundo. Conduce, por lo tanto, a liberarse de la adicción al trabajo para volver a disfrutar de la lentitud, redescubrir los sabores vitales relacionados con la tierra, la proximidad y el prójimo.

Serge Latouche

 

Una vez más, queridos lectores, un nuevo número de Rincones del Atlántico ve la luz. Finalmente ha llegado el día en que, pasadas las numerosas etapas previas, se ha podido materializar. En esta ocasión es un número doble, por lo tanto con más páginas, más artículos, lo que ha hecho que se dilate el tiempo de preparación. Les pedimos disculpas por la espera.

¿Será por la influencia de los dos números monográficos sobre arquitectura tradicional –el que salió antes y otro que vendrá después– por lo que nos ha salido un ladrillo? Prometemos que el siguiente (después del tomo II de “Arquitectura y Paisaje”, previsto para el próximo año), dejará de crecer y será más reducido, y así, Dios mediante, tardará menos en salir.

¿O puede que sea por el afán de contar cosas?, ¿por tantos y tantos temas que nos interesan y que creemos que deben ser conocidos por más personas? ¿Es realmente necesario algo así en esta época que nos ha tocado vivir y donde la “información-desinformación” nos invade constantemente desde tantos lugares?

Y, ¿es responsable utilizar tanto papel? Nosotros que tanto decimos que amamos al árbol, al que dedicamos siempre varios artículos en cada número y tantos elogios. ¿Aceptarán el uso que hacemos de ellos para convertirlos en esta publicación? ¿O es uno más de nuestros actos egocéntricos? ¡Qué dilemas!

Amamos al árbol y amamos al libro. De ambos nos gusta su tacto, su vista, su olor, su sonido… y del árbol, además, la infinidad de sabores con que nos deleita (también en muchas lecturas nos los imaginamos, aunque quizás algún día se hagan libros que después de leerlos nos sirvan de alimento, no sólo para nutrir el alma sino también el cuerpo). Ambos despiertan y satisfacen nuestros sentidos y también y especialmente a nuestro espíritu, ayudándonos a discernir y a desarrollar nuestra conciencia. Por lo tanto, y como ya hemos dicho en otras ocasiones, ¿no es un acto de generosidad?, ¿no sigue siendo útil el árbol cuando se transforma en libro?, ¿no será sólo una metamorfosis y sigue vivo pero con otra forma? Y así se hace herramienta que contribuye a difundir ideas, ideas que hablan de ellos mismos; de los otros seres de este planeta, humanos y no humanos; de nuestra responsabilidad para con la naturaleza, con todas las especies y con la Tierra que las acoge. Si no estuviesen ellos aquí, tampoco estaríamos nosotros.

Así que ¡vamos!, ¡recuperemos el tiempo y plantemos todos los árboles que podamos!

¡Y libros!, libros que nos traigan buenas ideas para que las podamos sembrar y crezcan y se transformen y de ellas nazcan otros árboles y un ser humano nuevo. Ideas que nos enseñen –hermosa paradoja– a desaprender, a desintoxicarnos de tantos hábitos entre los que hemos nacido y con los que nos hemos criado y educado. Ideas que puedan contribuir a que nos demos cuenta de nuestra ignorancia, de nuestra soberbia y antropocentrismo, de los problemas y sufrimientos que provocamos, de tantos y tantos errores que debemos primero conocer para luego ir corrigiendo.

Que nos abran los ojos para que podamos ver lo hermoso, la belleza de nuestro planeta y la de nuestro interior, de lo que somos capaces cuando el egoísmo no nos ha contaminado, los valores universales que millones de personas anónimas en cada rincón de este mundo están cada día reafirmando y construyendo: el amor, la belleza, la aceptación, la compasión, la solidaridad, la generosidad, la justicia, la igualdad, la paz, la libertad, la dignidad…

Buscamos la satisfacción, la felicidad. Encontrarla y disfrutarla sólo será posible cuando estemos en verdadera comunión con la naturaleza, cuando se despierte en nuestra conciencia que somos parte de un todo y que debemos caminar hacia una relación de equilibrio con el mundo que nos rodea y con todos los seres que lo comparten con nosotros.

Sí, nos ha tocado vivir un nuevo momento crítico en la historia de la humanidad, lo que significa también un desafío, una oportunidad para el cambio, para la evolución. Un punto de inflexión (y de apoyo) para comenzar una profunda revolución en nuestros hábitos y relaciones. En nuestra manera de pensar, de vivir, de producir, de consumir.

No podemos seguir con esta dinámica del crecimiento, de productivismo y desarrollismo, de consumo desmedido, de trabajo esclavo, de explotación, de desigualdad, de depredación continua y sistemática de nuestro mundo finito y limitado.

La codicia, la avaricia, el egoísmo, la mezquindad de algunos, han convertido la perversa “economía global” en un casino donde juegan y especulan con los bienes y las vidas del resto de la humanidad, interesados solamente en el acaparamiento y el enriquecimiento individual, sin el menor remordimiento por el sufrimiento del prójimo y agudizando los grandes problemas sociales, económicos y ambientales que nos atenazan, generando el caos y la barbarie.

La sinrazón de un sistema que genera sufrimiento, que es incapaz de velar por lo justo y por lo ético, por la igualdad, por lo que sería deseable para el bien común. De unos “gobernantes” de mente calcificada y con un hígado por corazón que les filtra lo que el corazón no resistiría, servidores de la codicia, de los sumos sacerdotes del culto al dinero. Actores bien pagados de una comedia-política-espectáculo que viven en una isla aparte, como “la isla del placer” a la que Juan y Gedeón (en este caso, la ambición, la vanidad y la soberbia) llevaron a Pinocho. Qué pena que la nariz no les crezca (aunque no perdemos la esperanza) para que así no salgan de su casa por vergüenza a mostrar tan descomunal apéndice. Por supuesto que hay algunas excepciones que, como hizo Pinocho con la ayuda de Pepito grillo, han escapado a ese destino.

Solamente una profunda auto-transformación del ser humano evitará que podamos llegar a un límite tan dramático e indeseado que sea el que haga posible ese cambio por propia supervivencia –y visto el panorama, esperemos no necesitar algunos miles de años más de aprendizaje y evolución para que ocurra esa transformación, si todavía queda alguien en esas fechas para contarlo (probablemente sí, pues al final se impondrá la cordura)–.

Tenemos las herramientas para el cambio, como los cuatro principios básicos que propone Jorge Riechmann: Autolimitación o suficiencia, biomímesis (imitar la naturaleza, coherencia entre los sistemas humanos y los sistemas naturales), ecoeficiencia y principio de precaución. O el círculo virtuoso de las ocho erres de Serge Latouche (reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar) a las que añadimos dos más: respeto y responsabilidad, indispensables para que podamos realizar las anteriores.

Respeto para con nosotros mismos, para con los que han venido antes de nosotros y ya se han ido, y para con los que han de venir, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, ¿qué futuro les estamos dejando? Respeto para con nuestra casa, que es de todos y de cada uno (no un poquito más de algunos) y para con todos los seres que la comparten y que tienen exactamente los mismos derechos que nosotros.

Y responsabilidad para dar todos los pasos necesarios para que esto ocurra.

 

Antes de finalizar queremos introducirles en algunos de los asuntos de los que trata el presente número. De la importancia de la memoria, de aprender del pasado y de quienes nos precedieron, de aquellos que ya se han ausentado y aunque ya no podamos disfrutar de su presencia sí podemos hacerlo con la de su obra, su buen recuerdo y su bien hacer. De árboles, los míticos dragos en esta ocasión, que han crecido con las cenizas de nuestros antepasados y que tantas hermosas historias nos cuentan si nos acercamos a ellos para escucharlas. De lo local, de observar y comenzar a trabajar con lo que tenemos al lado, del día a día en nuestro entorno, de la importancia que tiene para todos conservar su belleza y disfrutarla. De soberanía alimentaria, de producir y consumir localmente y libre de tóxicos y alimentarnos de forma saludable. Del respeto y el amor hacia los otros seres –hagamos el ejercicio de ponernos en su lugar y veremos que no somos tan distintos–. De apoyar el trabajo artesano, de calidad, hermoso, con materias naturales, que dura, que no pasa de moda ni pierde valor frente al producto industrial de consumo y contaminante –el “arritranco”– que en poco tiempo irá a formar parte de las montañas de basuras y luego, posiblemente, será incinerado. Del uso ¡ya! –no esperemos a que sea demasiado tarde– de energías que sobran en esta tierra y que no contaminan. De un transporte colectivo, sostenible, racional y también imaginativo…

Sí; con imaginación y creatividad, sobriedad y compromiso, podemos hacer mucho para que otro mundo sea posible.

Y mientras, la imaginación de los que se supone que deben gestionar los cambios, en el caso de Canarias, sólo da para la nueva ley de medidas urgentes, que ayudará a terminar con lo que hasta ahora se ha salvado, o inmorales catálogos que desprotegen lo que deben proteger para favorecer la iniquidad, y así tantas y tantas “genialidades”. Como siempre, la huida hacia adelante, una carrera de velocidad para que la caída al abismo sea mayor y más rápida. No, no es ésta la que pedía aquel slogan de mayo del 68: “La imaginación al poder”.

La consigna es el beneficio, el máximo y el más inmediato. La adoración al dinero sobre cualquier otra cosa, no importan las personas ni los demás seres, las consecuencias que produzca ni los daños colaterales.

El dolor por el dolor ajeno es una constancia de estar vivo” escribió Benedetti. ¿Qué hacen tantos “muertos” de oscura mirada entre los vivos?

 

AGRADECIMIENTOS:
A los lectores, lectoras y a todas las personas, que cada vez son más, que han colaborado de forma generosa y desinteresada y gracias a las cuales hemos podido sacar adelante este nuevo número de Rincones del Atlántico, y a las entidades, organismos y empresas que apoyan esta publicación con sus colaboraciones, nuestro más profundo y sincero agradecimiento.

 

 

 

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