El hábitat y la vivienda rural en Canarias:

las transformaciones históricas de un espacio social

Pedro C. Quintana Andrés



El estudio y análisis de la evolución tipológica de la vivienda rural en Canarias se encuentra aún en período de desarrollo y profundización, siendo necesario abordarlo desde una perspectiva multidisciplinar capaz de sumar y superar las aportaciones parciales, todas ellas de evidente importancia, realizadas sobre determinados aspectos del hábitat pero siempre desde ámbitos muy concretos del campo de la investigación (antropología, historia, arquitectura). El hábitat rural, en su concepto más amplio, es un crisol sociohistórico cuya relevancia ha quedado soslayada frente a los estudios de un mundo urbano que, por ejemplo, en la fase de la Edad Moderna podía concentrar a un máximo del 10 % de la población y una proporción parecida de las manifestaciones culturales regionales.

La evolución de la tipología de la vivienda y del asentamiento y el estudio de los procesos jerárquicos registrados entre los núcleos de población rurales permiten analizar, interpretar, comprender y seguir cada fase de los parámetros socioeconómicos registrados en la región, isla o comarca en un determinado momento, además de los niveles de antropización del medio natural y la determinación evolutiva de los variados modelos de ocupación surgidos o modificados en cada etapa histórica. Los citados factores se complementan con la información aportada por los trazados internos de los núcleos, los sectores territoriales de ocupación y el predominio de una tipología de vivienda sobre otras, favoreciendo todo ello completar nuestra visión sobre una sustancial fracción del substrato cultural de los colonos; sus mecanismos de adaptación al nuevo espacio; la pervivencia de formas heredadas de los antiguos ocupantes del territorio; las soluciones de habitabilidad asumidas por cada comunidad ante idénticos problemas; las formas y ubicación de los núcleos y del propio hábitat dentro del paisaje; las estrategias de explotación de las tierras productivas como vía de influencia en la distribución y concepción de las tipologías de las viviendas, así como en sus formas de agrupación; las características de las redes de comunicación y de abastecimiento; la determinación del emplazamiento de los núcleos de población o la de los propios bienes inmuebles; y sus variedades de usos dentro del ámbito agrario, según la fase histórica estudiada, tal como sucede con los inmuebles de menor valor económico (cueva, choza, casa pajiza, casa exenta prehispánica)1.

Estos elementos y otros de ámbito regional, en especial aquellos aspectos relacionados con las tendencias económicas, permiten situar el hábitat rural en un contexto sociohistórico de evidente trascendencia a la hora de abordar el estudio de las manifestaciones socioculturales e idiosincrasia popular en la región, pues éstas son las muestras más puras que aún permanecen de la imbricación histórica entre el paisaje, el hombre y los modelos productivos establecidos. El mundo urbano responde a unos conceptos divergentes con los anteriores, no sólo al estar influidas sus tipologías de viviendas por las corrientes estéticas foráneas o ser el lugar de residencia de los sectores cultos y poderosos, cuyo peso ideológico fue determinante, sino por responder a factores económicos, ideológicos, jerárquicos y políticos donde la ostentación, el boato, el control social de las masas populares o el desarrollo de estrategias de apropiación de la renta ocasionaron claras diferencias con la sociedad rural -aunque ambas eran necesariamente complementarias-, reflejándose en las tipologías, usos y funciones registrados en las viviendas ubicadas en los hábitats urbano y rural. En la ciudad -La Laguna, Santa Cruz de La Palma, Las Palmas de Gran Canaria- la vivienda responde a procesos muchas veces dirigidos por las autoridades -ordenanzas emitidas por los cabildos, planificaciones-, a estructuras determinadas por trazados urbanos impuestos por legislaciones de rango nacional, y a transformaciones propiciadas por la redistribución de la población, según determinados procesos especulativos o de elitización de ciertas áreas, registrándose el efecto contrario en otras fases temporales recesivas, tal como se observa en Las Palmas2. Las tipologías de las viviendas urbanas plasman aspectos relacionados más con la concepción que tenía la elite de su lugar de asentamiento que a procesos de libre elección en la construcción adoptada por los vecindarios de cada zona o barrio. Ello no invalida la referencia del hábitat urbano como un elemento tan primordial como el rural para entender la historia de un territorio, pero el urbano necesita ser estudiado con mayor minuciosidad a causa de los cambios, alteraciones y decisiones de ciertos sectores sociales sobre dicho espacio. Pero en las islas el ámbito rural -más extenso y complejo- aún demanda un primer acercamiento globalizador3.



En el mundo rural la utilidad del bien inmueble perduraba mucho después de desaparecidas las condiciones socioeconómicas que generaron su tipología: podía seguir prestando una función diferente a la concebida para él en un primer momento o ser destinado a otros usos al reemplazarse los primeros grupos de ocupación por otros, tal como sucede en el caso de edificios de transformación artesanal -tenerías convertidas en viviendas, almogarenes sirviendo de corrales-, las viviendas aborígenes o algunos núcleos trogloditas. Las cíclicas coyunturas negativas registradas durante buena parte de nuestra historia -sequías, excesos de lluvias, hambres, epidemias- dejaron sus improntas en el paisaje agrario y sobre los propios vecindarios, donde las condiciones de trabajo, salario y la propia cultura pudieron mantenerse, empeorar o, incluso, desaparecer por estos factores exógenos, siendo ejemplo de ello la propia cultura de los esclavos moriscos o los aborígenes. Los grupos populares rurales, más del 95 % de los habitantes registrados en las islas, debieron defenderse de estos cíclicos procesos recesivos mediante el sostenimiento de las formas de vida heredadas, las únicas capaces de darles seguridad, pero también se vieron forzados a reconocer tácitamente su incapacidad como fuerza económica autónoma para transformar su situación dentro del organigrama productivo y de la distribución de la renta.



Todos los cambios registrados en una sociedad trascienden a sus modelos de comportamiento -éticos, mentales, de relaciones sociales- y al propio hábitat, aunque no exista una plasmación inmediata de estas condiciones en él, sino que se asientan de forma progresiva y estructural, eludiendo los aspectos socioideológicos poco significativos expuestos en las fases coyunturales. Los cambios en el hábitat y la tipología de la vivienda rural en Canarias se introducen lentamente debido a las causas alegadas con anterioridad y a la propia formación social, necesitada de apoyarse en residuos de anteriores modelos de producción, en usos arcaicos de explotación agropastoril -aparcería, medianería- y en jerarquías sociales de estricta verticalidad. El resultado más inmediato fue que allí donde se mantuvo una mano de obra en la reserva sería generalizada la actividad agropecuaria de subsistencia, mientras una parte de la producción agropastoril, la suficiente cantidad como para poder adquirir los bienes básicos complementarios, se dirigiría al suministro del mercado local o insular, perpetuándose así en las áreas periféricas del sistema de complementariedad canario el arraigo, aparentemente, de los modelos de ocupación del espacio y de las tipologías de las viviendas menos evolucionadas.

En las citadas áreas y en otras donde predominaban los cultivos de subsistencia, se extendió la propiedad amortizada en manos de un escaso número de propietarios, situación que no permitió a los propios vecinos modificar los modelos de hábitat y vivienda ante su proverbial penuria económica. Al unísono, existió un estricto sometimiento de una sustancial fracción de los moradores a las directrices del sector del poder -la mayoría de las ocasiones propietarios de las tierras más feraces y rentables-, se mantuvo una férrea estructura socioideológica y el peso de la tradición heredada de los modelos de hábitat establecidos fue absoluto.

El campesino quería prosperar, traduciéndose este deseo de mejora en su propia casa. Posiblemente, hubiera sido partidario de construir viviendas parecidas a la de los grandes hacendados, pero se lo impedía la propia distribución social de la renta impuesta por el sistema productivo. El concepto de vivienda como patrimonio cultural no existió nunca en el pensamiento y concepción social del propietario agrario, más ocupado en sobrevivir, y en cambio lo que se impuso fue la utilidad heredada de sus ascendientes, manteniendo la reiteración de los modelos de hábitat y vivienda más sencillos, de reducido desembolso, además de invertirse escaso tiempo en su construcción, opuestos en su concepción a los modelos edificativos adoptados por los medianos y grandes propietarios.



En general, el patrimonio arquitectónico regional es la muestra de un amplio conjunto de profundas influencias foráneas y relictos prehispánicos adaptados, en parte, a las peculiaridades, recursos materiales y evolución socioeconómica de los campesinos del archipiélago. Fusión y sincretismo cultural se unen en las tipologías del hábitat y de las viviendas, donde las influencias de los ámbitos ibérico y mediterráneo se manifiestan a través de dos modelos preponderantes: la vivienda de planta cuadrada con patio central y la casa-cubo. Además, la arquitectura rural presentaba, con mayor claridad que en el ámbito urbano, dos grandes tendencias formales relacionadas con el marco social: las construcciones de índole popular y la arquitectura culta. Las edificaciones rurales populares tienen como elemento fundamental la casa cubo de formas simples, realizada con materiales constructivos tomados en el mismo lugar de edificación, con una escasa división interna del espacio y caracterizada por su amplia perdurabilidad tipológica en el tiempo. La cueva, la choza, la casa terrera o de un piso y la vivienda de alto y bajo son las cuatro estructuras habituales asociadas a esta considerable fracción de la población. La arquitectura culta tiene mayor variabilidad tipológica y menor periodo de vigencia en sus modelos, al estar abierta continuamente a las influencias exteriores. Las viviendas del grupo de elite poseían dimensiones más amplias, empleaban con profusión la madera, la cantería e, incluso, utilizaban materiales importados (maderas nobles, azulejos, hierro), además de presentar un amplio número de divisiones internas y tender a fachadas donde se manifestara la calidad socioeconómica de su propietario (portada de cantería, balcón, galerías, almenas).

Las citadas diferencias se extendieron al campo de la arquitectura religiosa, donde se observa una clara diferenciación entre las construcciones cultas y las populares. Las primeras estaban claramente influenciadas por modelos externos establecidos por determinadas órdenes de regulares o por estilos novedosos introducidos a través de arquitectos foráneos.

Los edificios más destacados fueron los conventos -cuyas estructuras se establecieron partiendo desde formas cúbicas agrupadas alrededor de uno o varios patios, según las dimensiones pretendidas para el edificio- y las iglesias parroquiales -donde se mantuvo el tradicional trazado de una planta de cruz latina de brazos cortos, con tres naves, una o dos torres en su parte anterior y una tendencia a la forma cúbica en su conjunto-. En las últimas se mantendrán modelos de construcción antiguos cuando sean obras realizadas por artesanos de las islas, mientras las más novedosas serán planos elaborados por arquitectos foráneos en las construcciones rurales cultas o nativos que estudiaron en el exterior, como fue el caso de Diego Nicolás Eduardo con sus aportaciones a la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria o a las iglesias de Gáldar y Agüimes.

La arquitectura religiosa rural se fundamentó en las ermitas construidas por el vecindario, casi todas de planta salón, tejados a dos o cuatro aguas, paramentos simples y formas tendentes al cubo, donde la sencillez de la ornamentación y la simplicidad en la concepción de las imágenes de las advocaciones muestran una fracción de esa cultura popular. A ellas se unieron los modestos oratorios y calvarios localizados en las zonas de paso del campesinado, añadiéndose un considerable número de cruces de caminos. Todos ellos se encuentran en lugares alejados de los núcleos de población, a la vera de sendas y caminos, siendo construcciones de escasas dimensiones, habitualmente cubiertas, con forma de hornacinas de mayor o menor profundidad donde se situaban de una a tres cruces.

LA EXPLOTACIÓN DEL MEDIO: MATERIALES, INFLUENCIAS Y TIPOLOGÍAS

En Canarias la casa rural popular está elaborada, siguiendo una norma generalizada en el resto del mundo para esta tipología, con los materiales más cercanos a los solares de construcción, siendo los elementos básicos de la vivienda la piedra, la madera, el barro -tomado al natural o transformado en ladrillos o teja-, y la cal.

El uso de la piedra en las edificaciones

La piedra fue la base constructiva de un amplio número de viviendas, empleándose, de forma habitual, sin labrar o ligeramente modificada en escuadras. Las de mayor tamaño se usaban en las esquinas de los edificios, mientras las pequeñas y cascotes se destinaron para las paredes y como ripios entre muros. Si se destinaban a sillares, casi siempre escuadrados toscamente, éstos se asentaban en el contorno de los vanos -sobre todo en la puerta- y las mencionadas esquinas. Salvo en las casas fabricadas con paredes de piedra seca, se usa el barro, típica argamasa de unión entre las piedras, o, en menor proporción, éste mezclado con cal.

En un amplio conjunto de edificaciones fue común la reutilización de piedras, sillares o maderas de inmuebles derruidos o adquiridos para emplear sus materiales en otras construcciones. En Gran Canaria se registra hasta mediados del siglo XVIII una importante transacción de viviendas aborígenes adquiridas para derruirlas y aplicar de nuevo sus maderas y piedras a otras construcciones.

Un estudio de los paramentos de las viviendas rurales registra la presencia de sillares de diferentes colores, algunos con signos de haber sido trabajados. Fueron antiguos dinteles de puertas o trozos de algún arco, así como una gran profusión de tejas rotas o pequeñas esquirlas de cantería empleadas en taponar los resquicios existentes entre las piedras. En las paredes de las edificaciones también se comprueba el uso de paja, trozos de caña o madera y trapos, cuya función era servir de aislantes, impermeabilizar o dar una presunta consistencia a la pared. La piedra tomada o adquirida para edificar la vivienda era, salvo si su propietario tenía cierta capacidad económica que le permitiera adquirirla a mayor distancia, la más cercana al solar de la obra.

En cada área de las islas el tipo de piedra utilizada era dispar si se atiende al color, fragilidad, modo de trabajarla o las formas de empleo. En general, la piedra de tamaño irregular fue la utilizada con mayor profusión en la arquitectura rural, tomada en las proximidades de la construcción, acarreteada de barrancos y canteras o comprada a campesinos que habían desmontado sus terrenos, aunque estas últimas elevaban su precio al estar muchas destinadas para la construcción de cercas en las tierras de labor. Entre las piedras usadas tras ser trabajadas convenientemente, sobresale la toba volcánica con una variada gama de colores que comprendían el verde, el blanco, el amarillo, el azul o el rojo, cuya principal característica era la facilidad de labrado por los canteros o por el propio dueño de los inmuebles, si éste era el constructor. La aplicación de la toba en la vivienda rural no fue habitual, aunque sí se convirtió en un material común en paredes y techos en las casas de los grandes y medianos propietarios, gracias a su ligero peso. El uso de la toba en las viviendas de los poderosos rurales se debió a sus características de impermeabilidad y a ser un notable aislante térmico en las estaciones más extremas del año. A ello añadió su adaptabilidad para construir muros de descarga, su poder de asentamiento en las esquinas de las viviendas sin necesitar argamasa o su ductilidad a las intervenciones del pedrero o albañil, siendo todas ellas cualidades apreciadas frente al uso de otro tipo de piedras, como el basalto, caracterizado por su dureza y difícil labrado. Por ejemplo, en Tenerife el empleo de la piedra llamada chasnera fue común en la vivienda popular y culta rural o urbana, siendo frecuente en la confección de muchas viviendas del sur de la isla el empleo como elemento constructivo de la toba blanca.

El basalto, de color gris azulado, en forma de lajas o piedra compuesta, tuvo una apreciable intervención en la construcción como ripio de paredes -con profusión en los contornos de los vanos-, además de emplearse en muros, esquinas o suelos, siendo más importante su contribución al conjunto de la vivienda mientras más pobre fuera su propietario. La casa elaborada en piedra de toba o en basalto fue habitual en algunas zonas de Tenerife, sur de Gran Canaria y en ciertas áreas costeras de islas como La Gomera (Playa Santiago, Santa Catalina). En el ámbito rural del interior y norte insular de las islas no fue frecuente su presencia. En las áreas costeras, sobre todo en núcleos de pescadores chinchorreros y de cabotaje, era cotidiano su empleo para edificar pequeñas viviendas elaboradas con callaos de la propia playa, adoptando todas ellas la planta rectangular, cuadrada o redonda las menos. Los muros de estas casas se construían adosando piedras hasta conseguir un grosor de unos 50 centímetros de ancho y apilándolas hasta 1'50 ó 1'80 metros De este modo, se conseguía elaborar una vivienda casi siempre sin ventanas y con una sola puerta encuadrada por tablones de madera, muchos tomados de barcas desechadas o de maderas arrojadas por el mar a la playa.

Los techos de estas construcciones eran planos, elaborados a base de jubrones o hibrones de madera de tarajal, palmera o los citados de madera arrastrada por el oleaje. El remate de los techos se hacía cubriéndolos con hojas de palmera o tarajal, incluso aulagas secas, más una capa de torta de barro. Las paredes de las viviendas quedaban a piedra vista o se aplicaba al contorno de la puerta y ventanas una mezcla de barro y cal, llegándose, en algunos casos, a pintar estos cortos paramentos con pinturas de colores vivos sobrantes del enlucido de las barcas. En ellas se guardaban las barquillas, los aparejos y las redes, pero también, como se observa aún en algunos puertitos (Las Nieves de Agaete, Miranda, Martín Luis, La Bajita, Tazacorte, Agujero de Gáldar, San Andrés de Arucas, Puerto del Rosario), allí se asentaba una nutrida representación de pescadores pobres con sus familias caracterizados por la cortedad de sus ingresos y su miserable subsistencia.



En general, las viviendas rurales donde predominaba el uso de la piedra de cantería eran propiedad de los medianos y grandes propietarios agrícolas, aunque también se registran áreas, como las citadas, donde los campesinos usaban de ellas al ser el material de construcción más cercano, barato y de fácil extracción aportado por las canteras del lugar. Ejemplo de ello es el pago de Icor, sur de Tenerife, donde proliferan las casas de uno o dos pisos construidas en toba blanca sin argamasa. En él se observa que en las viviendas de un piso las dependencias se asentaban en torno al patio, conformándose éstas por la cocina y un dormitorio; en las de dos plantas la inferior fue usada de almacén de frutos y aperos de labranza, mientras la alta -casi siempre una sala diáfana- se destinaba a dormitorio.

La madera: tipologías, formas de empleo y valor

El uso de la madera, con mayor presencia en las viviendas mientras más hacia la zona occidental del archipiélago se localizaba la isla, fue una constante en la casa rural canaria y un factor de primer orden de diferenciación socioeconómica, tal como sucede en las islas orientales4.



Este elemento constructivo no podía faltar en una sociedad como la moderna -momento cuando surgen las diversas tipologías de casas de las islas llamadas actualmente tradicionales-, caracterizada por ser la cultura de la madera ante la carencia de metales constructivos de gran calidad en la región y su elevado precio, pues todos debían importarse desde el territorio peninsular o europeo. La madera -exceptuando la vivienda popular construida totalmente en este material- fue empleada como elemento sustentante (columnas, madrecillas, dinteles o zócalos de puertas); en estructuras internas capaces de soportar los entramados de las paredes -casi siempre las tablas formaban equis cuyas aspas servían de soporte a piedras, barro y cal- ; en las puertas, ventanas, balcones o corredores; en las techumbres; sollados de suelos; o con una aplicación decorativa.



La explotación maderera estuvo regulada con gran rigurosidad por los ayuntamientos insulares, instituciones encargadas de vigilar el uso del bosque, su aprovechamiento, la concesión de permisos de cortes y la persecución de los infractores, y teóricos beneficiados del cobro de tasas. A lo largo de la Edad Moderna las autoridades locales fueron adoptando legislaciones más restrictivas en el uso y explotación del monte, sobre todo en Gran Canaria y Tenerife, incidiendo las cortapisas en el aumento del precio medio de la madera, en el incremento de la tala clandestina y en el fomento del contrabando maderero5.

La madera experimentó un considerable incremento de precios durante la fase estudiada, siendo más barata -ante la abundancia- en las islas occidentales, lo cual facilitó su mayor uso en la edificación, que llegó a representar casi el 50 % del valor de los materiales empleados en la construcción de viviendas. En las islas orientales las tasaciones de las obras dan valores medios para la madera inferiores al 30 % del conjunto constructivo evaluado.

La madera más demandada en la construcción fue la tea (corazón del pino canario), solicitud favorecida por su dureza, resistencia al ataque de insectos o su ductilidad. Las procedentes de aceviños, barbuzanos, paloblancos o tiles fueron usadas de manera dispar en la construcción de determinados elementos de la vivienda, añadiéndose a éstas otras maderas empleadas en zonas como Lanzarote, Fuerteventura o el sur de islas como Gran Canaria, Tenerife o La Gomera, donde la carencia de árboles de mayor fuste obligó a elaborar tablas, vigas o útiles de labranza de tarajal, palmera, drago o, ya a fines del siglo XIX, de los pitones de las piteras.

Los techos fueron el lugar preferente a donde se destinó la madera en la vivienda, sobresaliendo las tipologías de par e hilera o los machihembrados planos en las casas con azoteas. En la ripia de los techos, en el espacio comprendido ente vigas, se empleó de elementos sustentantes el cañizo o las astillas de madera, en muchos casos de sabina. Los techos se comenzaban desde una solera situada sobre la parte superior del muro de la pared, embutiéndose en ella los hibrones o jubrones con una inclinación determinada, según fuera la altura del techo de 25o a 45o directamente a la cumbrera. Sobre el entramado de la cubierta se clavaban las tablas de forro -cada una de un ancho comprendido entre los 20 y los 35 centímetros-, colocándose sobre éstas el ripiado -capas conformadas a base de caña trenzada o en haces, siempre en edificaciones situadas en la áreas más cálidas o alejadas de las zonas boscosas, o con rajas de tea, en las viviendas donde sus dueños podían hacer un desembolso en ellas- y la definitiva torta de barro, superponiéndose a ella la teja -la tradicional era de estilo árabe-, unida a la última con un mortero de cal y barro. En Fuerteventura y Lanzarote las cíclicas crisis económicas y la crónica pobreza de un amplio espectro de sus habitantes no les permitirán rematar sus viviendas terreras con tejas -el valor de cada 100 representaba la percepción de tres días de trabajo-, quedando cubiertas de torta de barro apisonada que debía renovarse periódicamente.



La madera fue básica para la elaboración de los pies derechos para apuntalamiento de techos, corredores y balconadas. En las viviendas con dimensiones más amplias, estos elementos fueron acompañados en su función por estructuras de vigas embutidas en las esquinas de las estancias o del conjunto de la vivienda para darle más robustez, y de vigas tensoras y tirantes con idéntica función. Los pies derechos situados entre las habitaciones servían de sostén a las paredes de madera, piedra de escaso grosor o arpillera encalada con las que eran divididas las estancias principales de las casas, casi siempre construidas de forma diáfana. Además de emplearse en las puertas y ventanas, la madera destacó en las viviendas rurales de los sectores pudientes por ser usada en los suelos -sollados-, cuya preparación se fundamentaba en un envigado embutido en los muros desde el arranque de los cimientos, sobre el cual se clavaban directamente las tablas llamadas de sollado, casi siempre hechas en madera de tea, siendo la función de este trabajo aislar la vivienda del suelo, evitar la humedad y facilitar la retención del calor en su interior. La madera también se usó en barandillas de balaustres y pasamanos de escalera, en corredores, galerías o balcones, siendo los últimos predominantes en las viviendas de alto y bajo de los sectores preponderantes de las islas más occidentales, sobre todo en las localidades más próximas a las áreas de explotación maderera o que eran puertos de salida y recepción de éstas (La Laguna, Santa Cruz de la Palma, Santa Úrsula, La Matanza, Valle de La Orotava, Icod, San Sebastián de la Gomera).



Los citados balcones, corredores o galerías, además de las celosías, abundantes en Gran Canaria y Tenerife, tuvieron de sostén a las paredes de madera, piedra de escaso grosor o arpillera encalada con las que eran divididas las estancias principales de las casas, casi siempre construidas de forma diáfana.

Además de emplearse en las puertas y ventanas, la madera destacó en las viviendas rurales de los sectores pudientes por ser usada en los suelos -sollados-, cuya preparación se fundamentaba en un envigado embutido en los muros desde el arranque de los cimientos, sobre el cual una amplia variedad, de cuya diversidad de formas apenas si quedan escasas referencias físicas en la actualidad -al haberse realizado una profunda reestructuración y modificación de los antiguos modelos de los siglos XVI al XVIII en las siguientes etapas históricas-, todas ellas caracterizadas por sus elaboradas tallas de madera6. En Gran Canaria son interesantes los ejemplos de elementos lignarios localizados en algunas viviendas de Agüimes, Santa Lucía o Tunte, conformadas por un edificio de dos alturas y cubierta a dos aguas, aunque el elemento destacable es una galería que recorre su fachada sostenida por una serie de pies derechos, con techo de cubierta de madera y una barandilla con balaustres. A este segundo cuerpo se accede por una escalera interior o, en la mayoría de las ocasiones, por una externa de cantería y barandilla con pasamanos, ambos de madera. En el ámbito rural de Tenerife o La Palma los ejemplos son múltiples, con balcones emplazados en la segunda planta del edificio que abarcan toda la fachada o se encuentran centrados, sostenidos por entre tres y seis pies derechos, siendo ejemplos de tales viviendas la Casa Soler en Vilaflor o la Casa Grande de Puerto Espíndola, en Tenerife y La Palma respectivamente.







Los tipos de ventanas y puertas fueron muy variados, sobre todo por la amplia tradición registrada en los grupos humanos arribados a las islas, las influencias foráneas y las peculiaridades climáticas, básicas para entender la adopción de un modelo en lugar de otros. Las de cuartería se generalizaron en las islas orientales y las de guillotina en las occidentales, pero éstas no son las únicas registradas en la región, al sumarse a ellas las llamadas de cojinetes, correderas o de celosía, todas en función de estructuras, decoraciones y herrajes con extensa difusión y numerosas combinaciones.

La cal y su empleo en la construcción

La cal fue otro componente fundamental para la elaboración de la vivienda, sirviendo de base al mortero, en los enjalbegados o como embellecedora de la edificación, al usarse como pintura rematadora de habitaciones y fachadas. Caleras y hornos abundaron en las islas orientales -Fuerteventura y Lanzarote-, desde donde se exportaba el citado producto en forma de piedra o quemada y pulverizada como cal viva al resto del archipiélago. En el sur de Gran Canaria -Arinaga o Montaña los Vélez en Agüimes o El Calero y la Pardilla en Telde- abundaron los yacimientos, aunque no de tanta calidad como los anteriores, así como en el sur de Tenerife (Adeje, Arico, Fasnia) o en las cercanías de Santa Cruz de La Palma en la Punta de los Guinchos o Bellido.

La cal alcanzaba en el mercado un elevado valor, siendo empleada en la vivienda popular para aspectos básicos como la realización del mortero, al contrario de su uso en la casa de los medianos y grandes propietarios. En la vivienda popular su empleo como material de acabado de la obra se fue haciendo común desde mediados del siglo XIX, cuando se abarató su transporte, la comercialización fue generalizada y las normativas de los ayuntamientos obligaron a los saneamientos de las viviendas con cal, ante el riesgo de epidemias, tal como había acontecido en el archipiélago con los brotes de fiebre amarilla de 1811 y 1813 o de cólera morbo de 1851.

En cambio, en la vivienda de los propietarios más adinerados la aplicación de la cal no se limitó a su uso dentro de la cotidiana argamasa, sino que también se destinó a pintar interiores y fachadas, una forma más de demostrar estos propietarios su capacidad económica frente al común. En el exterior las viviendas fueron encaladas con diversas gamas de colores comprendidas entre el amarillo y el ocre, además de ciertos tonos rojizos o anaranjados, siendo menos cotidiano el uso del blanco. En el interior las paredes muestran una gran diversidad de colores encabezados por los azules, verdes, rojizos o amarillos.

FORMAS Y CONSTRUCCIÓN

La construcción de una vivienda rural suponía un proceso de reflexión de gran importancia para los futuros propietarios, centrándose el análisis en el modelo a seguir, su ubicación en el terreno y su posición respecto a cuestiones tan importantes como la luz solar o el lugar de procedencia del viento. El solar de la vivienda, ya fuera éste en plano o un trozo de ladera para la excavación de una cueva o el desmonte de una vivienda, debía ser elegido cuidadosamente, situado en áreas de reducida productividad agraria pero lo suficientemente cimentadas para mantener en óptimas condiciones la estructura de una vivienda que, como se desprendía del gasto económico y físico hecho en ella, debía ser el refugio familiar quizás por más de una generación. Allanar el terreno o realizar una excavación en cuña para ubicar la vivienda fueron las decisiones primigenias más habituales en el inicio de la edificación, aunque en un elevado número de viviendas construidas en núcleos emplazados en zonas con amplias inclinaciones -Tunte, Los Sauces, Icod, Moya- la pendiente del suelo fue compensada adaptando el interior de la vivienda -escalones, diversos niveles constructivos- y cimentando las paredes exteriores sobre las desigualdades del terreno o mediante el uso de zapatas niveladoras conformadas por lajas y piedras.



La cimentación y la edificación

En general, la edificación de la vivienda comenzaba con la delimitación y medición del solar, así como con el trazado de los cimientos de la futura casa realizado mediante el uso de cuerdas fijadas al suelo por estacas o hierros. Seguidamente, se cavaba con picos y palas una zanja de un grosor medio comprendido entre los 50 y los 60 centímetros de ancho y una profundidad cuya oscilación podía establecerse entre los 20 y los 50 centímetros, siendo allí donde irían ubicados los principales fundamentos de la vivienda. Éstos serían la base de las paredes y el sostén de los techos, conformándose los paramentos de las casas más humildes de lajas, piedras y barro junto a la cal, además, como se ha visto con anterioridad, de usar como relleno de la pared desechos de tejas, sillares o madera.

Las paredes alcanzaron alturas medias situadas entre 1'80 y 2'10 metros, con un grosor igual en su mínima cota que en su máxima altura, de unos 45 a 60 centímetros, teniendo como refuerzo interno, en algunas ocasiones, como se ha citado, tablones de un ancho de unos 30 centímetros y un grosor de 4 o listones emplazados en forma de aspa. Si era una vivienda de dos pisos, la altura del superior se situaba en 1'80 metros, siendo el suelo de esta planta alta de madera clavada en machihembrado sobre vigas embutidas en las paredes de arranque. A fines del siglo XVI se comenzaron a desechar las casas edificadas con tapial de piedra y barro, bastante baratas y asequibles, aunque más propicias al rápido deterioro, en favor de otras de mampostería más resistentes.

En la planta baja de la vivienda, si estaba situada en zonas frías y sus propietarios tenían capacidad económica, se efectuaba un sollado del suelo o se enlosaba, mientras en las viviendas más humildes el pavimento estaba conformado por la propia tierra apisonada o se echaba sobre ésta una densa torta de barro y grava. El remate de las viviendas con azotea era un tejado plano compuesto por vigas sobre las que se situaba un techo de madera machihembrado o cubriéndose el espacio libre entre las vigas con cañizo o rajas de madera, tal como se ha especificado. Sobre este entramado de madera se depositaba una mezcla de picón, arena y grava; torta de barro; torta de barro y cal, o de cal sola bruñida con una piedra. En algunas viviendas del sector de poder a la última capa le precedía una de enlosado o enlajado. En las casas con techos a una, dos o más aguas el entramado se remataba con dicho forro de madera, al cual se añadía sucesivamente en capas una torta de barro, lajas o losas de piedra, argamasa y tejas.

La vivienda: distribución y morfología

Una vez finalizada la construcción de la vivienda, ésta presentaba en numerosas ocasiones una distribución interna de rasgos asimétricos al fabricarse las dependencias en función de las necesidades familiares y económicas registradas en cada momento, con sucesivas ampliaciones de la propia vivienda y con el añadido de edificaciones para estabular el ganado o almacenar productos agrarios.

Los huecos de ventanas y puertas no siguieron una estricta regularidad, aunque los paramentos se volvieron más homogéneos en el número y la distribución de los vanos mientras más cercana estuviera la vivienda de los principales núcleos de población y su propietario poseyera mayor capacidad económica. En las casas de estructuras más elementales y propietarios con ingresos de reducida cuantía la simplicidad en las formas, la estricta utilidad dada al espacio, las reducidas dimensiones y la irregularidad en los vanos fueron más elevadas -muchas fueron construidas por sus propietarios-, registrándose peculiaridades contrarias a éstas mientras más elevada fuera la condición socioeconómica de los dueños7.

En el siglo XIX, como se comprobará más adelante, los vanos se regularizan en la fachada, y también, en algunas casas rurales principalmente de los sectores pudientes, se tenderán a construir parapetos destinados a ocultar las techumbres, evacuando las aguas de éstas a través de gárgolas de cañón.

Construcción, mano de obra y formación

La arquitectura popular rural fue obra de sus propios dueños ayudados por sus familias, amigos y paisanos, tal como sucedía en las zonas humildes urbanas, quedando exceptuada de esta regla la casa de los grandes propietarios. Desde el Quinientos hasta el siglo XIX se registra en la documentación consultada una considerable demanda de mano de obra destinada a la construcción de viviendas urbanas y rurales propiedad de medianos y grandes propietarios, casi siempre propiciada por diversos acontecimientos particulares en cada isla -caso de la destrucción de Teguise o Las Palmas por sendos ataques corsarios, o el rápido crecimiento demográfico de La Orotava, Garachico o Santa Cruz de La Palma gracias a su considerable desarrollo económico-, convirtiéndose en una de las industrias artesanales de mayor relevancia por el volumen de contratos registrados en las fuentes documentales, las inversiones efectuadas, el dinamismo de la demanda y el considerable número de aprendices registrados en la fase de estudio, pues sólo en Las Palmas el volumen de jóvenes empleados en este gremio superó para el Seiscientos los 100.

A fines del siglo XVI el gremio de la albañilería experimentó una evidente especialización interna de su mano de obra al comenzar a distinguirse en la profesión los oficios de pedrero, albañil, cabuquero o cantero. De igual manera, el auge constructivo supuso la sistemática explotación de las floraciones de piedra -ya fueran azules, blancas o rojas- ubicadas alrededor de los núcleos de población de mayor demanda, abasteciéndolos de este material a precios medios de un real por canto.

En Las Palmas de Gran Canaria la demanda de materiales de construcción fue siempre alta, aunque sus canteras también abastecieron las obras de viviendas populares y ermitas emplazadas en Tamaraceite, Lugarejo, Tafira, Santa Brígida o La Angostura. Las principales canteras registradas en el ámbito de la capital de Gran Canaria estaban ubicadas en Lugarejo, la ollería, Guanarteme, Rehoya, Barranco Seco, Jinámar o a las espaldas del viejo hospital de San Lázaro, fuera de la portada de la ciudad, siendo las dos últimas zonas de extracción de cantos blancos. En Agüimes sobresalieron por la profundidad y riqueza de sus vetas las del barranco de la localidad y las ubicadas en Ingenio, entre otras; en Agaete fueron notables las del Valle o la Cruz Chiquita, la última para la piedra menuda; en Gáldar las tobas de Pineda y Coruña fueron básicas para la construcción de muchas viviendas; en Guía destacaban las canteras de Montaña Gorda o Ingenio Blanco; en el término de La Vega generó un importante volumen la del Barranquillo del Castillo; y en Telde destacaron las de Guinea, de piedra azul, o la de El Portechuelo, de piedra blanca.

En La Palma las principales canteras históricas se emplazaban alrededor de la capital, sobresaliendo las de La Caldereta, Barranco de Las Nieves, Bajamar, La Grama o Buenavista. En Tenerife las canteras ubicadas en Tegueste, La Cuesta, San Lázaro, o Las Canteras de la Vega de La Laguna, en el Valle de Taoro las localizadas en Los Frontones o La Sierra, además de las registradas en Arico, en el sur de la isla. Las canteras en Lanzarote y Fuerteventura fueron considerables, sobre todo en la segunda de estas islas, sobresaliendo en ella las de Tindaya, La Atalaya, Montaña Gran Tarajal o Morro del Cernícalo; mientras en la primera están las de Guanapay, Chimida, Tunamala, Guenia, Zonzamas o Lomo Camacho. En esta última isla a las canteras de extracción de piedras para la construcción, se unieron las canteras de áridos, caso de las piconeras, áreas de explotación donde quedó manifiesta una importante huella del paso del hombre y del empleo de estos productos para la construcción, especialmente de paredes y techos, tal como se observa en la casa llamada del Mayor Guerra en San Bartolomé. Además, en las piconeras se obtuvo el rofe o lapilli destinado a los enarenados artificiales, siendo destacables -aunque en sentido negativo por el impacto provocado en el paisaje- las zonas de Los Roferos y Las Calderas en Guatiza; Lomo Camacho y Boca de Tomaren en Tao.



El valor de las canteras era escaso, sobre todo si no eran de piedra azul o las vetas eran poco profundas, oscilando sus precios entre los 24.000 y los 72.000 maravedís en el Seiscientos.

A los canteros se unieron los caleros, gremio de gran importancia en las islas occidentales y Gran Canaria. En esta última isla el número de los artesanos dedicados al oficio experimentó un fuerte auge en el primer tercio del siglo XVII, debido a la considerable inversión de capitales realizada en la capital por particulares y entidades religiosas o civiles para restañar las heridas causadas por el asalto de los corsarios holandeses en 1599 y darse inicio a una reestructuración de sus defensas. A las importaciones de la piedra de cal de Fuerteventura y Lanzarote para las citadas construcciones se unía la explotación local, casi siempre ubicada en áreas del sur de la isla. En Tenerife y en La Gomera las zonas de explotación de cal también se ubicaban en el sur de ambas, y los principales hornos de quemado sobresalían por su número en las zonas cercanas a los grandes núcleos de población o puertos de exportación. En la primera de las islas sobresalieron las caleras Cabo Blanco, el Cabuquero, Lomo Blanco o Las Socas; mientras en La Gomera sobresalen los yacimientos y hornos de La Calera, Chelé, El Hornillo y el Barranco de la Villa.

En Fuerteventura los hornos de cal se emplazaban en Corralejo, en el Tostón o en Jandía, en el pago de Matas Blancas; en Lanzarote fueron importantes los hornos ubicados en los alrededores de Teguise, Yaiza o Arrecife, mientras en Gran Canaria el pago denominado los Hornos del Rey, en Jinámar, fue el lugar con mayor concentración, seguido por los construidos en la montaña de San Francisco de Las Palmas; el barranco de Guadalupe en Moya; los de las Cuevas de Torado, en el barranco de La Ballena; San Cristóbal o Vega de San Lázaro en Las Palmas; Tafira; Bañaderos en Arucas; el Valle de Agaete; Arinaga; o Barranco de Guía.

Un elevado número de caleros eran negros o mulatos -libertos en su mayoría confinados a trabajos de escasa consideración social-, al ser un oficio sacrificado y de escasa rentabilidad, ya que el precio de los hornos durante la Edad Moderna, sobre los 20.000 maravedís, los escasos remates obtenidos por cada obra o la tasación de su fábrica impedían todo posible despegue económico a sus propietarios.

El valor de la fanega de cal sufrió algunas oscilaciones entre 1600 y 1700, en función de su demanda, calidad, evolución económica de la región e inversión en obras por parte de las instituciones públicas y privadas. Los precios medios registrados para la fase de 1600 a 1625 se establecieron en 88 maravedís la fanega, y a partir de 1630 se llega a 56 maravedís para caer en los años 30 hasta casi los 40. A fines del Seiscientos la fanega de cal alcanza los 100 maravedís, debido al auge de la demanda en la fábrica de edificios públicos y privados.

Tejas, ladrillos y demás elementos constructivos tuvieron un papel destacado dentro de la industria de abastecimiento local con una creciente demanda durante los siglos transcurridos desde el XV al XIX, aunque las fuentes son parcas en las referencias a este tipo de artesanos. En algunos momentos el volumen de demanda de tejas y ladrillos fue tan elevado en islas como Gran Canaria que, ante la imposibilidad de conseguir el abastecimiento adecuado, el Cabildo Catedral, por ejemplo, debió recurrir ante su homónimo de Cádiz para traer 40.000 ladrillos por un montante de 211.200 maravedís.

Las ganancias de los artesanos por la venta de ambos productos eran limitadas, prefiriendo muchos destinar el horno para cal y, secundariamente, para tejas y ladrillos. El precio medio de 100 ladrillos o tejas era a comienzos del siglo XVII de 240 maravedís, y a mediados de la centuria se redujo a 207 para, en la década 1690-1699, llegar a la misma tasación media de inicios del siglo. Los precios de estos productos estuvieron mediatizados por los mismos factores que influyeron en los de la cal. Su importancia constructiva no estuvo pareja a su aportación económica a los artesanos especialistas, aunque ello no evitó que los hornos proliferaran en las cercanías de Las Palmas -Angostura, Confital, Fortalezas del Puerto o Cuevas de Pedro Báez-, Telde -Jinámar y Cuesta Grande-, Guía -Villa de Arriba o el Barranco de Las Garzas- o Agüimes8.

En Tenerife los hornos de ladrillo y tejas se ubicaron en las cercanías de las principales áreas de demanda, siendo considerable su número en La Laguna, Los Llanos, El Toscal en Santa Cruz de Tenerife, El Horno en el Realejo Alto o cerca del caserío de Chirche en Guía de Isora. En La Palma aún son visibles los de la Cuesta de la Pata o Bajamar en la capital, El Socorro o el Puerto de Tazacorte. En Lanzarote son abundantes en los alrededores de Teguise, Tahíche, Guatiza, Mala o San Bartolomé, y Fuerteventura destaca por sus hornos cercanos a Pájara o los restos de los diseminados en Betancuria, Río Palmas o Santa Inés.



LA VIVIENDA RURAL EN CANARIAS

Las múltiples tipologías de la vivienda rural en Canarias llegan a su máximo grado de desarrollo durante los años centrales de la Edad Moderna -entre 1600 y 1750-, desapareciendo a partir de entonces algunos de los tipos de hábitat más sencillos -aduares (barracas construidas con tejidos o cueros de animales), reutilización de las casas aborígenes-, y asentándose definitivamente los modelos constructivos llamados en la actualidad tradicionales, salvo posteriores añadidos de influencia culta.

Un aspecto básico de la vivienda canaria es el predominio de lo macizo sobre el vacío, al ser la mayoría de las casas compactas, con un espacio de hábitat interior reducido -el justo para poder descansar, pues toda la vida laboral y social se desarrolla fuera de la vivienda- y tener un profundo concepto utilitario. Sólo la casa del grupo de poder localizada en las haciendas y fincas rurales -Hoya Pineda en Gran Canaria, Isla Baja y Valle Guerra en Tenerife, Santa Lucía de Puntallana en La Palma- muestra un desarrollo volumétrico de amplias dimensiones donde la influencia de la arquitectura culta peninsular se plasma en viviendas de dos pisos, con patio central o emplazado delante de la fachada principal. Este espacio está rodeado por una balconada -sus soportes son habitualmente columnas de madera sobre una basa pétrea o éstas están elaboradas en piedra- corredor techado en el segundo piso, mientras en el primero sobresale un portalón de entrada o un soportal de columnas en cuyo centro se encuentra la puerta de acceso a las principales dependencias. En este patio se podía localizar unas escaleras hechas en piedra, con barandillas y pasamanos elaborados en madera, facilitando el acceso al piso superior o a otras dependencias secundarias. Las mencionadas escaleras frecuentemente se encontraban descubiertas.

Zonas de ubicación y distribución interna

Las casas rurales, como se ha mencionado, se ubican sobre los terrenos incultos, de arrifes, de toscas o pedregosos, adaptándose a las irregularidades del terreno, pero también se construían tras un concienzudo análisis de las condiciones edafológicas y meteorológicas existente en cada lugar. Determinar el lugar de ubicación de la puerta y habitaciones, la orientación del sol en cada momento del día o precisar la temperatura interior del hogar fueron aspectos de especial trascendencia a la hora de la construcción de una vivienda rural.

Las viviendas rurales de la región registraron unas características constructivas cuyas bases en común fueron la escasa profundidad de los cimientos, anchos muros de piedra, aumento de la inversión en maderas de mayor resistencia al ataque de xilófagos y la progresiva introducción de elementos e influencias cultas en las viviendas rurales de la elite. La casa rural del grupo de poder tuvo un extenso desarrollo tipológico en estas islas desde las primeras etapas colonizadoras, con numerosas combinaciones internas, sobre todo en La Palma y Tenerife. En las islas más orientales, a causa de sus peculiaridades socioeconómicas durante la fase central de la Modernidad, sólo se desarrollan los ejemplos más notables desde la segunda mitad del Setecientos.

En Lanzarote, por ejemplo, la vivienda tradicional presenta unos gruesos muros de piedra sin aberturas al exterior, salvo pequeñas ventanas rasgadas a elevada altura del suelo, cuya función era la de servir de respiraderos para cocinas y almacenes. El muro se convertía en aislante del viento y defensa ante la notable oscilación del gradiente térmico registrado entre el día y la noche a lo largo de todo el año. Similar efecto en la tipología de la vivienda se registra en Agüimes, con un considerable uso de la vivienda cúbica con desarrollo interno alrededor del patio y reducida fachada -respuesta a la necesidad de protegerse del viento que azota la zona-, siendo habitual esta fisonomía en las casas de una y dos plantas. La vivienda en Lanzarote tenderá a la forma cúbica y compacta, casi siempre con una cubierta a una o dos aguas, conformándose las cubiertas de par y nudillo, elaboradas las más antiguas con maderas de palma o tarajal mientras la tea será empleada con posterioridad pues fue importada de otras islas, sobre todo a partir de la segunda mitad del Setecientos.

En el ochocientos, en las viviendas del sector del poder lanzaroteño se utilizó con profusión maderas nobles africanas y americanas, tal como se aprecia en diversas casas de San Bartolomé y en algunos comercios de la calle principal de Arrecife. Los muros de las viviendas lanzaroteñs fueron elaborados a base de barro y cal sin alisar, permitiendo este tratamiento no sólo abaratar las inversiones, sino también favorecer el sellado de los muros. La vivienda contaba con cocina, horno y chimenea -muchas con peculiares formas achacadas a la influencia morisca, aunque posiblemente las inspiraran modelos portugueses y castellanos- que ocupaban un amplio espacio de la casa, siendo algunos de los hornos de carácter colectivo en algunos pagos, al igual que el uso de molinas y molinos.

En Fuerteventura la vivienda presenta unas características funcionales y de distribución similares a las registradas en Lanzarote, sobresaliendo el mayor uso del sillar en la construcción rural gracias a la abundancia de canteras en la isla, sobre todo con el empleo de la piedra tallada en esquinas y portadas. La casa rural mahorera es, ante todo, un ente de resistencia tipológica en el transcurso del tiempo, manteniendo sus formas cúbicas y su uso funcional, además de mostrar el evidente peso ejercido por la función económica desempeñada por la isla dentro de la jerarquía de la región. La pobreza de un amplio espectro de la población queda demostrada con el escaso uso en las construcciones de cualquier producto importado, siendo empleadas como maderas constructivas la palmera y el tarajal. Los materiales pétreos son la citada toba, los cascotes y piedras pequeñas conseguidas de los fondos de barranco y pedreras naturales, el barro y la cal, aunque la última se empleó sólo para el mortero -pese a ser una isla exportadora- a causa de su elevado precio.



En Gran Canaria y las islas occidentales del archipiélago la vivienda rural popular se basó en el cubo como modelo general, y podía tener un patio central -de clara influencia arábigo-andaluza-, delantero o lateral, con gran variedad de influencias foráneas, siendo la más destacada la gallego-portuguesa. La vivienda en estas islas tuvo un amplio repertorio de tipologías con una considerable variabilidad interna según los pisos, el número de habitaciones, localización del patio, ubicación de la cocina o emplazamiento de las escaleras, así como según cuál fuera la extracción socioeconómica de sus propietarios.

El patio fue el principal eje vertebrador de la vivienda rural de todas las islas, ejemplificándose en Lanzarote al situarse de forma común en el centro de la vivienda. Al citado espacio se volcaban todas las puertas de las habitaciones, único vano de paso y ventilación de éstas al estar incomunicadas entre sí, debiéndose acceder de forma individual a cada una de las dependencias a través del patio. Fuera de la edificación principal se localizaban las cuadras, almacenes y, en algún caso, el horno.



En todas las casas rurales el citado patio se convirtió en un elemento aglutinador de la vida cotidiana de la población rural, pues en él se desarrollaban las labores colectivas de descamisado de piñas, partida de almendras o las tareas cotidianas relacionadas con la alimentación -cocina y horno se emplazaban en él-. Éste fue el lugar de elaboración de la artesanía -cerámica, trabajo de cuero, tejidos-, además de cimentarse allí la cultura oral generacional y ser el lugar de las relaciones sociales cotidianas, con una evidente influencia en el sostenimiento de los usos tradicionales colectivos y familiares. En el hábitat troglodita este patio servía de acceso a las diferentes dependencias de la cueva, una función similar a la registrada para las viviendas exentas.

En las casas del grupo patricio los patios se convirtieron en un elemento de gran importancia para la representación y boato del propietario, al ser el lugar de recibimiento de sus homónimos. En estas viviendas de plantas con trazados en L o U, sus diversos aposentos y edificaciones se volcaron también hacia este espacio central, en donde sobresalía el edificio matriz. Al patio se llegaba -si era el caso de una hacienda- previo paso por una plaza circular de entrada a cuyos lados podían existir pilastras de cantería y un portón de madera o reja de hierro -la última si ésta se realizó en el siglo XIX- de cierre de la tapia circundante a la propiedad. Una variante de este modelo lo ofrece el Cuartel del Colmenar en Valsequillo, presentando un patio rectangular rodeado de edificaciones de dos pisos cubiertas a dos aguas y sendos corredores a los que se accede por escaleras de cantería emplazadas en el citado patio. En las edificaciones rurales de la elite insular la fachada principal de acceso al patio central abierto de la vivienda tenía una portada enmarcada de cantería donde figuraba el escudo familiar y tres puntas de diamante, tal como se aprecia en la casas del Marquesado de Acialcázar en Tafira, la hacienda Vandewalle en Tazacorte, la Casa Carta de Valle Guerra, la Quinta Roja o la vivienda principal de los Castillo olivares en Telde.



En las zonas laterales del patio se plantaban árboles frutales o parras que no sólo procuraban frutas a la unidad familiar, sino también sombra en los días de la canícula, depositándose en ellos y en los tejados de las casas las frutas, el millo o algunas hortalizas para pasarlas o secarlas. Aquí será donde se encuentre la cocina, el horno y el cuarto de aperos de labranza, mientras a cierta distancia de éste y de la propia vivienda se emplazaban los gallineros, las gañanías, los palomares, los establos y la letrina.

La cocina se conformaba como una estructura simple, de planta cuadrada y con techos a una o dos aguas o planos donde se procuraba una oquedad para la evacuación de los humos, siendo extraño en la casa campesina humilde el uso de la chimenea, mientras se popularizaba más en la de los sectores acomodados. En lugares donde el viento (Teguise, Sóo, Tiagua, Agüimes, Agaete, Barlovento, Alajeró) o la lluvia (San Pedro de Breña Alta y Buenavista en La Palma, Los Realejos o La Guancha en Tenerife) fueron los principales y casi permanentes meteoros, el uso de las chimeneas se generalizó, siendo la mayoría de sección cuadrada o circular rematada en formas cilíndricas, cuadradas o de bulbo.

Integrado junto a la cocina podía estar el horno donde se cocía el pan, las castañas o, en algunos momentos del año, trozos de la matanza, sirviendo el humo desprendido por ambos hogares para efectuar ahumados de carne -como se registra con la de cabra en Fuerteventura-, restos transformados de la matanza -Tenerife o Gran Canaria- o queso, producto ahumado típico de las zonas cercanas a los montes, tal como sucede en La Palma. En esta cocina popular apenas si se tenían utensilios, salvo algún cacharro de la tierra hecho en barro, un tostador, algún cucharón y los habituales lebrillos -de la tierra o vidriados, según la capacidad económica de los propietarios-, para amasar.



En el patio se emplazaba el pozo en las zonas donde se podía acceder con facilidad al nivel freático, tal como sucede en Arrecife o Haría, siendo habitual en las áreas de costa para las viviendas de los más pudientes. El aljibe fue otro elemento primordial en los patios de las casas de Lanzarote y Fuerteventura debido a la extrema necesidad de abastecimiento provocada por las reiteradas sequías. El patio e, incluso, la tierra aledaña a la vivienda -la llamada alcogida-, cuyas dimensiones multiplicaban en muchos enteros a la superficie de la vivienda, era limpiado, apisonado, encalado y desnivelado hacia las bocas de acogidas o sumideros del aljibe, de donde se extraía el agua para el abastecimiento de la unidad familiar. Los aljibes se construían tras realizar una considerable extracción de tierras y la impermeabilización del fondo y paredes laterales con lajas y gruesas capas de cal -en algunas ocasiones llegaron a cubrirse de conchas de mejillón o lapa- y eran cubiertos por un espacio abovedado sobre el cual se realizaba el propio suelo del patio. En Lanzarote son notables los aljibes localizados en San Bartolomé, Teguise, Haría, Tiagua, cortijo de San José o La Vegueta; en el sur de La Palma -con escasas precipitaciones y difícil captación de aguas superficiales al ser el terreno muy permeable- se registran numerosos ejemplos en Tiguerorte, Tigalate, Tirimaga, Las Caletas o Montes de Luna.

El mobiliario de la vivienda rural en Canarias responde a la capacidad económica de sus propietarios. Si se estudia el ajuar de cuevas o casas de techumbre de paja, vemos que éste se limita a la posesión de unas camas de tijera o jergones rellenos de carrizos, hierba seca o crin; una o dos cajas de madera de la tierra para guardar el cereal, queso o gofio; algún cacharro de cocina -vasija de amasar, puchero-; una o dos láminas de santos; y los útiles para elaborar alguna manufactura en las fases de cesantía, destinada a proporcionar ingresos para ayudar al sostenimiento de la familia. En la casa terrera humilde los bienes muebles eran similares a los anteriores, aunque quizá el número de cajas de madera de la tierra podía elevarse -dos o tres- usadas habitualmente para asiento de la familia, además de registrarse en las hornacinas labradas en la pared varias piezas de loza vidriada o de la tierra destinada a su uso cotidiano (lebrillos, cuencos, braseros).

En las viviendas del grupo de poder el número de bienes muebles aumentaba multiplicándose los usados para guardar los cereales o el vino -serones, botas, pipas-, los útiles para los animales de tiro y los relacionados con los cacharros de cocina. Baúles y cajas de tea, caoba o pino fueron habituales en los corredores y pasillos, a los cuales se sumaban los taburetes y sillas; mesas tocineras; láminas y cuadros, algunos de ellos bodegones o paisajes adquiridos a mercaderes foráneos; pequeñas capillas; camas, roperos y cómodas que permitían al propietario vivir como si tuviera las comodidades más ad hoc de la ciudad.



La vivienda rural en Canarias: Tipologías tradicionales

En Canarias la vivienda rural responde a una serie de modelos básicos, registrados con mayor o menor profusión en cada isla, según la tipología de los materiales constructivos existentes en ella, la capacidad económica de sus grupos socioeconómicos preponderantes, la tradición heredada y las características productivas de sus comarcas 9.

En todas ellas siempre había una clara desigualdad de espacio y forma entre la casa rural de los sectores populares y la perteneciente a los grupos económicos superiores. Estas diferencias eran apreciadas en los años sesenta del siglo XVIII por George Glas refiriéndose a las islas occidentales, pues "las casas de los campesinos y de la gente de clase baja son de un piso, y están construidas con piedras y cal; los tejados van cubiertos con paja o cañas o tejas [...]. Las paredes de las casas aquí son de piedra y cal [...]. Las casas de la gente de cierto rango son de dos pisos, cuadradas, con un patio abierto en el centro [...]"10

La casa terrera o de una planta será la construcción habitual y de mayor importancia cuantitativa en el agro canario, con un sinfín de variantes según el número, estructura y ubicación de sus habitaciones y la localización del patio o la cocina. A este tipo de construcciones se unieron otros modelos con cierta incidencia en algunas islas o áreas específicas, caso de la vivienda pajiza en Tenerife y La Palma, la cueva excavada en Gran Canaria, la casa de tablas en La Palma, o la reutilización de las viviendas de los aborígenes prehispánicos en Gran Canaria o Lanzarote. Incluso, esta realidad se vio transformada en el transcurso del tiempo por determinados acontecimientos -economía, cambio de mentalidad-, tal como aconteció con el uso de la vivienda aborigen exenta en Gran Canaria o con la cueva en Tenerife, sobre todo en el período comprendido desde la conquista de la isla hasta el siglo XVII.

La vivienda troglodita

La cueva fue una de las primeras construcciones populares usadas con especial incidencia en el agro canario, sobre todo en Gran Canaria, Tenerife y La Palma. El empleo como hábitat de la cueva natural y artificial, además de la reutilización de las dejadas por los aborígenes, se prolongó hasta el presente gracias a sus favorables condiciones térmicas, amplitud de espacio, escaso valor económico y, en algunos casos, la marginación social de sus grupos de usuarios, tal como sucede en la actualidad con algunos nuevos trogloditas caracterizados por ser gente de escasos recursos.



En la fase histórica comprendida entre 1480 y 1850 el hábitat troglodita en Gran Canaria llegó a ser la residencia de entre el 8 % y el 10 % de la población, convirtiéndose en uno de los factores claves para estudiar la evolución socioeconómica insular al mostrar su reutilización y su reiterada construcción una de las vías de antropización del espacio colonizado, las peculiaridades de las explotaciones agropecuarias donde se empleaba a estos moradores y el nivel económico de sus propietarios. En tan dilatado período la cueva experimentó diversas formas de utilización en función del lugar de ubicación, la comarca, el área de emplazamiento -agrícola, ganadera, urbana-, la tipología socioeconómica del propietario y la posible vinculación del morador con el mundo aborigen o marginal. El trogloditismo fue un fenómeno socioeconómico al que se unieron aspectos tan importantes como la tradición -aborigen morisca-, los modelos constructivos de adaptación a las condiciones climatológicas -Artenara, Acusa- y los pará- metros culturales de diversa índole aportados por los nuevos colonos.

En Gran Canaria, donde destacan los núcleos trogloditas de Artenara, Tara, Acusa, Cendro, Barranco Hondo, o La Atalaya (que crece como núcleo troglodita a fines del Antiguo Régimen), se observa, a grandes rasgos, varias etapas en el uso de estas viviendas: una primera fase estaría unida a los modelos heredados de la etapa prehispánica y a un continuismo en el hábitat, debido, especialmente, a los aborígenes cristianizados, además de unirse a éstos colonos medianeros que pudieron traer unas costumbres trogloditas desde su lugares de origen (Guadix, Almería, Granada). Una segunda fase, que se situaría desde fines del Quinientos hasta mediados del Setecientos, donde el hábitat en cuevas prolifera en las áreas de medianías y en las zonas periféricas de las principales urbes insulares (Las Palmas, Telde), donde se asientan colonos, medianeros y pequeños artesanos, registrándose la construcción de numerosas cuevas realizadas por éstos con ayuda de vecinos y familiares (Roque Trejo, Barranco Hondo, Artenara, Coruña, La Atalaya). Una tercera fase se extendería durante las primeras décadas del siglo XIX, con un creciente trogloditismo en consonancia con la progresiva pauperización de los agricultores y medianeros, refugiándose éstos en viviendas de bajo precio o en cuevas cercanas a las tierras de labor. La última fase muestra un creciente trogloditismo urbano donde predominan, en general, los grupos propietarios con escasos ingresos, mientras en el espacio rural éste disminuye ante la creciente emigración insular y transoceánica de muchos de sus pauperizados habitantes.

En Tenerife el arraigo de la cueva como hábitat no tuvo tan amplio desarrollo como en Gran Canaria a causa de los numerosos repartos de solares propiciados por la Corona 11, modo de favorecer el asentamiento de foráneos y de los vecinos o aborígenes reducidos que se encontraban morando en zonas alejadas donde aún no se había podido ejercer un control efectivo de las autoridades. Las cuevas acompañaron como un elemento más a las tierras concedidas mediante data, convirtiéndose en el lugar de almacenaje de los aperos de labranza o en sitio de descanso de los agricultores en las jornadas de cultivo y siembra12.

En pocos casos se concedió al solicitante como único bien de la data una cueva que, según el contexto, parece dedicada a la morada del beneficiado, tal como sucedió con una data otorgada en enero de 1501 a Diego de León, natural de Gran Canaria, en la caleta del Drago de Icod 13.

Los restringidos repartos de cuevas, acompañadas o no de tierras, inciden en demostrar el deseo de las autoridades de limitar la creación de lugares extensos de habitación troglodita, así como su interés en asentar a la población en pagos cercanos a los principales núcleos de población y evitar la dispersión de los colonos, lo cual podría provocar una problemática social posterior.

El citado control sobre la población y el problema ocasionado por los llamados guanches alzados -aquéllos que después de la colonización siguieron manteniendo una guerra abierta contra los castellanos, refugiándose en las zonas más agrestes de la isla- debieron de ser razones de peso para limitar la extensión y proliferación del trogloditismo en la isla. En todo caso, en Tenerife destacan las aglomeraciones de cuevas de Güímar, Barranco de Yeneche, Los Cristianos, Fasnia , la llamada Cueva de San Blas o de Achbinico en Candelaria o la propia gruta donde se refugiaba el Hermano Pedro en la zona de la Hoya de los Balos14.

En La Palma el trogloditismo se limitó a las áreas donde habitaban los agricultores más pobres en Tenagua, La Galga, Barranco de San Juan o el Barranco de la Herradura.

En el resto de las islas las cuevas se utilizaron para estabular el ganado, como almacenes o graneros, o fueron usados sus depósitos de tierra fértil por los agricultores -incluso arrasando posibles yacimientos aborígenes de evidente importancia- para destinarlos al abono de las cercanas parcelas de plataneras. Algunas cuevas siguen siendo hasta la actualidad el centro de leyendas, antiguo lugar de amores imposibles, refugio de huidos de la justicia, espacio de reunión de las autoridades o almacén de contrabando, tal como se registra para la Cueva de los Verdes o la de Ana Viciosa en Lanzarote, la de Carias en Santa Cruz de La Palma, la de Belmaco en la misma isla, o la llamada Del Dinero, en Las Lagunetas (Gran Canaria)15.

La reutilización de la vivienda aborigen

La vivienda aborigen reutilizada por los grupos populares urbanos y rurales fue otro tipo de construcción habitual en ciertas áreas y zonas donde la presencia de los habitantes prehispánicos debió de ser importante aún después de la colonización castellana16.

En Gran Canaria, Tenerife y Lanzarote, seguramente también en otras islas de las que actualmente no se tienen noticias históricas, se registra un uso cotidiano de las antiguas viviendas aborígenes hasta los inicios del siglo XVIII. Éstas, como la cueva, eran demandadas por los sectores populares ante su escaso precio, amplias dimensiones y la calidad de su construcción, la cual llegaba a superar en elaboración y solidez a un considerable porcentaje de las casas terreras construidas en ese momento. Los núcleos donde se reutilizó con mayor asiduidad estas viviendas -en algunos casos llegaron a representar más del 15 % del total de casas habitadas del lugar- fueron Agaete -pagos de la Cruz Chiquita o Guayedra, donde aún a fines del siglo XIX se continuaba habitando en algunas17-,

Artenara -en el cortijo de Tirma- Agüimes, Gáldar -aún a fines del siglo XVIII José de Viera llegó a ver la llamada Casa Pintada, almacén de la iglesia del lugar18 y Telde -barrios de Cendro y Tara- en Gran Canaria. En Lanzarote sobresalieron las ubicadas en Chimanfaya, Tiagua, Tinajo, Teseguite, Maso, San Bartolomé, Zonzamas y Tíngafa; y en Tenerife las registradas en Güímar, Arico o Icod19.

Las viviendas de techos pajizos o tablas

La casa de techo pajizo o tablas tuvo un gran arraigo en las islas occidentales, mientras que en Gran Canaria, a causa de las normativas del propio Cabildo20

y la posibilidad de los grupos más humildes de acceder a otros tipos de viviendas populares como la cueva, su presencia estuvo restringida a determinadas zonas. En esta última isla las escasas registradas se circunscribían a áreas de montes -refugio de carboneros, fragueros- o estaban emplazadas en las tierras de medianías, y tuvieron funciones destinadas a cuartos de aperos, gañanías o vivienda temporal de los agricultores (Santa Brígida, Moya). Su uso en las zonas urbanas fue erradicado al ser consideradas peligrosas por su facilidad para incendiarse, lo cual no evitó que siguiera siendo una vivienda con fuerte arraigo en las áreas montuosas del norte de las islas occidentales. Su fácil proceso constructivo y el escaso valor de los materiales empleados -muchos tomados directamente de las zonas boscosas sin solicitar permiso a las autoridades- la convirtieron en un lugar de residencia habitual del pequeño campesino, el jornalero y el medianero.



Las dimensiones de la casa de techo pajizo eran similares a las registradas para cualquier otra modesta construcción de los grupos citados, pero con un coste de fábrica mucho más asequible, a las cuales podían añadir otras dependencias auxiliares como corrales o cuartos de aperos elaborados de similar manera. La estructura de la vivienda era sencilla al contar con una o dos estancias en un espacio de trazado rectangular o cuadrado, y sólo algunos pajeros parecen haberse construido de planta circular. Sobre el muro de piedra seca o elaborado a base de tablones de madera se situaban las soleras, engarzándose a ellas las vigas que rodeaban la estancia para, una vez fijadas, levantar desde allí los hibrones de enlace con la traviesa de remate o cima. Los hibrones eran reforzados con un entramado confeccionado mediante traviesas de madera que unían cada uno de ellos con el resto de la armadura de la techumbre. El último proceso antes del tapado del techo era densificar el entramado de hibrones y traviesas empleando estrechos palos de aceviño, castaño o follado. Finalmente, se tapaba la edificación con paja de centeno, si era posible, fijándola con agujas de madera para facilitar el sostenimiento de la techumbre mediante este cosido.

Las casas de techo de tablas se localizaron en un amplio sector del norte de las islas de Tenerife y La Palma. En esta última isla proliferaron en el sector comprendido entre Puntallana y Garafía, mientras en Tenerife se extendieron entre el valle de La Orotava e Icod. Siguieron una estructura constructiva similar a la descrita con anterioridad, cubriendo el techo con tablas de madera de faya, brezo o tea cuya longitud media se situaba entre los 12 y los 15 pies de largo y un palmo de ancho, las cuales se clavaban solapadas unas a otras. En estas áreas la abundancia de madera favoreció este uso en la techumbre exterior pese a la necesidad de una periódica renovación de ésta. Sus paredes podían ser de tablas, piedra seca o, en escasa ocasiones, de sillares regularizados. Las techumbres siempre son a dos aguas con cumbreras de pendientes acusadas para evitar los encharcamientos y filtraciones.

Las viviendas de techo pajizo podían tener dos tipos de cubierta: el llamado techo de punta, es decir, de dos aguas, y el denominado redondo o lima, de cuatro aguas. En Tenerife aún se mantienen estas peculiares construcciones, aunque ya en franco retroceso, en Anaga, Chamorga, Afur, Benijos, Pinolere y Las Portelas; en La Palma se encuentran en Puntallana, Lomo Garachico, El Granel o El Tablado; y en El Hierro en el poblado de Guinea o el Pozo de las Calcosas21.

Ilustrativo es el caso de la isla de La Palma en el Seiscientos, donde la vivienda con techo pajizo pudo llegar a representar entre el 20 % y el 25 % de las casas registradas en esa fase de tiempo, además de formar parte del patrimonio de familias de todos los grupos sociales como primera residencia o secundaria. En esa isla el 32'6 % de las casas de techo pajizo tenían una estructura y paredes realizadas enteramente en madera, con techumbre de igual material y cubiertas de paja de centeno, aumentando su número en los núcleos de población más cercanos a los montes -Los Llanos, Breña Alta, Puntallana- conforme transcurrió la centuria.

El resto de las registradas tenían sus paredes construidas en piedra seca o con argamasa y cubiertas con un entramado de madera y tapado en paja. La mayoría de estas casas tenían dimensiones comprendidas entre los 30 y los 50 metros cuadrados, aunque debieron de existir de mayor amplitud, según se desprende de las cuantías alcanzadas por algunas localizadas en Los Llanos. La altura media de las paredes comprendería hasta los dos metros, con el grosor de unos 2'5 a 5 centímetros si éstas eran de madera, o de unos 40 a 60 centímetros si eran de piedra. La madera usada por los constructores para las paredes fue la tea, aunque hay varios ejemplos de uso de otras tomadas de árboles del bosque de laurisilva como el paloblanco o el aceviño. Los techos de las viviendas se conformaban, según el tamaño de la estancia, por seis u ocho esteos, un par de tirantes, varios espigones y diversas tijeras, dependiendo del resto de componentes, además de las piezas necesarias para reforzar los huecos de la puerta y los de una o dos ventanas, cubriéndose todo con paja de centeno trenzada.

El número de divisiones internas debía ser mínimo, siendo en un primer momento el espacio de la construcción diáfano para luego ser dividido en una o dos estancias, situándose allí el comedor-dormitorio. Esta vivienda, como en el caso de la cueva, experimentó un considerable incremento a comienzos del ochocientos ante las drásticas condiciones socioeconómicas registradas en la región. Las descripciones sobre la situación económica y su repercusión en el hábitat en islas como La Palma no podían ser más pesimistas, tal como reflejaba Escolar al hacerse eco de los niveles de pobreza alcanzados por una sustancial fracción de la población de esta isla, ya que muchos de sus vecinos estaban alojados "en chozas, cuyas paredes cubiertas de pajas son un confuso agregado de cantos de lava que dan paso libre al sol y al aire"22.



Durante la primera mitad del siglo XX -en las fases de la I Guerra Mundial, la Guerra Civil y la dura postguerra- los montes conocieron una última fase de esquilmo al carecerse del regular abastecimiento de combustible, aumentando el número de viviendas de techo pajizo en las zonas boscosas para refugio de carboneros y pinocheros. Aún es posible reconocer algunas de las construidas en la época en la zona del noreste palmero, teniendo varias la característica de ser trasladables23.

Otras tipologías de viviendas de escasa inversión

A las citadas tipologías de viviendas en el hábitat rural se deben unir otras casas de escaso valor en el mercado, aunque de cierta importancia por el número de habitantes que las utilizaban, caracterizándose todas por su simple planimetría y fácil construcción. Éstas sólo se registran en determinadas comarcas y pagos del archipiélago, caso de los aduares moriscos asentados en Sóo y Tiagua, cuya perdurabilidad se prolongó hasta los inicios del Seiscientos24; las casas de paredes elaboradas con piedra seca, con similares formas a las terreras, abundantes en los campos regionales, eran utilizadas como viviendas sobre todo en las áreas del sur de las islas, mientras en el norte se destinaban a gañanía o cuarto de aperos.

Por su parte, las chozas o chamizos de pastor, carbonero o pescador, todas de escasas dimensiones, donde se refugiaban éstos en las fases de zafra y pastoreo y se guardaban las barcas o los aperos de labranza, también eran comunes en las islas, tal como se observa aún en la costa de La Palma o en el interior de Gran Canaria.

La vivienda de una sola planta o terrera

La casa de una sola planta o terrera fue la vivienda rural más común y la de mayor arraigo en casi todas las comarcas del archipiélago, siendo una de las salvedades más conocidas, por su casi nula presencia, el término de Artenara-Acusa. Su variabilidad constructiva fue considerable al estar influidos sus propietarios por la tradición cultural, la adaptación a las condiciones socioeconómicas en cada zona -caso de Fuerteventura o Lanzarote- o a causa de su propia evolución e introducción de nuevos modelos foráneos. Las edificaciones de una sola planta del ámbito rural destacan constructivamente por su semejanza a una figura cúbica, siendo la planta habitual lineal, rectangular o cuadrada, la más común. También se registran viviendas con plantas en forma de L y U, aunque éstas casi siempre están en manos de medianos propietarios que, posiblemente, estarían influenciados en la concepción de sus viviendas por las casas de los grandes hacendados agrarios.

En muchos casos, la vivienda se iba construyendo según las necesidades del propietario, añadiéndose habitaciones, cocina, horno o cuarto de apero que modificaban la fisonomía inicial del edificio. Las ampliaciones se efectuaban a partir del patio, ubicado en una primera fase, comúnmente, delante de la vivienda, para ir, en diversos momentos, situándose el resto de dependencias alrededor de éste. La citada cocina, el cuarto principal o los anexos construidos con posterioridad conformaban una serie de añadidos cuyo resultado final fue modificar la fisonomía de la casa, la del patio y la del propio modelo constructivo de partida. En todo caso, se registran importantes variantes en la vivienda terrera entre islas e, incluso, entre las propias comarcas.

En las zonas de costa de las islas orientales predomina la vivienda de techo plano transitable o azotea, el cual sirve de primitivo compluvium de recogida de agua para el aljibe y de espacio de secado de frutos -higos, tunos, millo- o de tendido de la ropa. A él se accede por una escalera situada en el patio o interior de la vivienda. Las estancias de la casa rodean el patio vertiendo hacia él sus puertas y ventanas, si las hubiera. Este tipo de casa tiene una planta cuadrada en cuyo interior se encuentra el patio o éste se ubica delante de la vivienda, registrándose ejemplos de ello en Jinámar, San Lorenzo, costa de Arucas, Gáldar, Teguise, Tinajo o Arrecife.

Las viviendas de un solo piso con tejados a una, dos o cuatro aguas sin patio interno son las más habituales en el mundo rural, con trazados de planta rectangulares, cuadrados o en las mencionadas formas de L y U. A las citadas se unen variantes locales como las localizadas en pagos cercanos a Las Palmas, caso de la conformada por dos habitaciones longitudinales separadas por un zaguán, estando todo el conjunto cubierto por una techumbre a dos aguas. Una de las estancias se destina a lonja, almacén o establo mientras la otra es el dormitorio familiar. El zaguán da acceso a un patio donde se encuentra la cocina, más una o dos habitaciones, todo ello dentro de un planta cuadrada. En La Palma se registra la casa lineal de tres habitaciones donde la estancia central hace las funciones de comedor y las cámaras laterales sirven de dormitorios, situándose delante de la vivienda el patio25.

En las islas se ha de distinguir en las casas de una sola planta entre la popular y la del grupo de poder. En el primer caso se siguen manteniendo las mismas pautas apuntadas con anterioridad, destacando el elevado número de casas tejadas a una, dos y cuatro aguas. En la vivienda de propietarios con más recursos ésta puede contar con un patio al que se accede por una puerta almenada con un crucero rematado por el escudo familiar -si se tiene el permiso de uso pertinente- y una cruz. La puerta, con arco de medio punto o adintelada, a la que se llega tras subir de uno a cuatro escalones, permite el acceso a un zaguán distribuidor flanqueado por sendas habitaciones destinadas a dormitorio, bodega o almacenes. Seguidamente, el zaguán conduce a una galería con ventanas alrededor de un patio donde se puede encontrar un pozo, un aljibe o una fuente artificial. Los techos son adintelados o a dos o cuatro aguas, siendo los suelos de sollado o cubiertos de losas de piedra. En el exterior puede existir, sobre todo en las viviendas localizadas en las islas occidentales, galerías cerradas.

A ellas se unen casas cuyas entradas tienen escalones de cantería para acceder a la puerta principal que, una vez abierta, da paso a un zaguán que conduce a sendas habitaciones laterales y a una galería con ventanas, cuya vista es el patio central de la casa. La galería será la que dará acceso al resto de las estancias hasta llegar al comedor, enfrentado a la puerta de entrada. Sobre la mitad trasera de la casa se construye una segunda planta donde se sitúan los dormitorios, accediéndose a éstos por una escalera adjunta a la sala principal o a la cocina, ejemplificándose en diversas casas registradas en Teguise, Telde o Santa Lucía de Tirajana. En Agüimes, Mala, Guatiza, Los Valles, Betancuria o Pájara se registra un tipo de casa rectangular donde el espacio interior está subdividido en varias dependencias, dejándose las más amplias para dormitorio y salón y el resto para cocinas, cuadras y graneros. Las ampliaciones de estas viviendas se hacían alrededor del patio dando lugar a un dibujo en forma de L. Una variante se registra en diversas viviendas localizadas en Tafira (Gran Canaria) y áreas rurales de La Orotava y Garachico en Tenerife, mientras en La Palma son singulares las registradas en Buenavista, Velhoco, El Planto, Puntallana, Breña Baja o Argual. Todas estas casas basan su estructura en la presencia de un solo piso de planta cuadrada y patio central de similar forma al cual se vuelcan las estancias, pero existe un segundo patio rodeado de otros cuartos que forman una L unida al anterior por el muro de cierre general. Los techos son a dos aguas, evacuándose ésta a través de gárgolas de piedra. La entrada principal de la vivienda se efectúa a través de un portada o un crucero donde, de forma habitual, se ha ubicado el escudo familiar.



La vivienda rural de dos pisos

En el ámbito rural la casa de alto y bajo o de dos pisos es la menos común entre los sectores populares, siendo, al contrario, la morada habitual de los grupos acomodados. Sus variantes, como ocurre con la terrera, son múltiples y se distribuyen según los modelos establecidos por los colonos, su ubicación y las formas de explotación del terreno. En las viviendas populares de alto y bajo, construidas con mayor profusión en el siglo XIX que en etapas anteriores a causa de las condiciones socioeconómicas descritas, se observan diversas variantes, aunque siempre hay una tendencia a edificarlas de escasas dimensiones -unos 60 metros cuadrados por planta-, con forma de cubo, a dos o cuatro aguas o con azotea. Uno de los ejemplos de este tipo de viviendas se caracteriza por tener un primer piso con dos vanos -dos puertas de acceso o una puerta y una ventana-, donde la sala inferior diáfana puede estar dividida en dos compartimentos por tabiquería, siendo éstas destinadas a almacén, cocina o lonja. Al piso superior se accede por una escalera exterior, construida enteramente en madera, piedra o mampostería, que da paso a un balcón cubierto o no, con balaustres. A través de ella se accede a las dependencias superiores donde se encuentran los dormitorios y la habitación principal. La cocina puede estar ya integrada en la casa o en el traspatio, mientras delante de la vivienda se ubica el patio o el propio camino de tránsito.



Las viviendas del grupo de poder tienen mayor número de variantes. En Lanzarote y Fuerteventura las casas de alto y bajo poseen un patio central distribuidor al que se accede mediante un zaguán flanqueado por habitaciones destinadas a caballerizas, lonjas o bodegas. En el terreno de acceso a la vivienda a veces se localiza el aljibe, si los propietarios no optaron por situarlo en el subsuelo del patio. Este último -pueden ser uno o dos puestos sucesivamente uno detrás de otro- según el tamaño de la vivienda se encuentra empedrado de callao o piedra menuda, los más antiguos, o losas en los más modernos. Alrededor del patio, si es interior, se emplazan las estancias -comprendiendo de dos a más de seis, según la capacidad económica de los propietarios- y la cocina -comúnmente esta última está en una esquina de la casa con suelo de losa y fogón construido en piedra-. Las huertas se encuentran en los laterales de la casa o en sus entradas principales, donde pueden existir jardines o pequeñas parcelas destinadas al cultivo de millo, papa o parras. Las plantas de estas casas son longitudinales y de gran profundidad, tal como se observa en viviendas registradas en La Vegueta, Mancha Blanca, Teguise o Los Valles.

Sin salir de Lanzarote se puede observar la presencia de viviendas de alto y bajo con la variante de planta cuadrada pero sin patio central -muchas construidas en el siglo XIX-, distribuyéndose el piso inferior entre varias estancias -cocina, comedor, recibidor, habitación de criados, gabinete-, todas con ventanas al exterior. El piso superior se dispone alrededor del hueco de la escalera y un distribuidor superior que da a un pasillo a cuyos lados se encuentran los dormitorios, siendo ejemplo de ello diversas casas localizadas en La Vegueta y El Islote.



Un tercer tipo de vivienda culta de alto y bajo sobresale en la citada isla, caracterizándose por una planta cuadrada y forma en general cúbica, casi siempre emplazadas en lugares estratégicos desde donde se dominan amplias zonas de cultivo o el propio puerto de Arrecife. Las viviendas se edificaban en promontorios de suave pendiente, permitiendo ese relieve proteger a la casa del efecto del viento del noroeste. Una de ellas es la edificación conocida como la del Mayor Guerra en San Bartolomé, cuyo acceso principal -debido al citado desnivel- se hace directamente por la segunda planta, penetrando el visitante a través de un estrecho zaguán flanqueado por habitaciones hasta dar a un patio abierto enlosado cuya pared sur es un arco de cantería roja que enmarca una balconada de balaustres de piedra. En el lado norte se encuentran dos habitaciones y, al fondo, una amplia cocina construida en piedra, suelo de losa y un techo donde los espacios entre vigas están cubiertos de piedra volcánica, mientras que en el resto de las estancias están solladas de madera. En el ala oeste se edificó un amplio salón desde donde se accede por una escalera al piso inferior -existe una puerta lateral exterior para entrar en él-, el cual servía de bodega, granero y establo. En el exterior, al pie del citado arco, se construyó un extenso aljibe abovedado -en la actualidad destechado- y una huerta.



En Fuerteventura las viviendas de alto y bajo del sector privilegiado siguen manteniendo las plantas enumeradas para las de Lanzarote, siendo todas ellas el edificio representativo del solar familiar y centro de la hacienda. En algunas variantes, el resto de las dependencias auxiliares de la propiedad se localizaba a cierta distancia de la casa principal. Las últimas tienen siempre sus plantas cuadradas o rectangulares con patios interiores, presentando algunas una división interna del piso inferior en numerosas estancias destinadas a graneros específicos para cada tipo de cereal, establos o almacenes. El eje de todo sigue siendo el patio, hacia donde vierte una balconada de madera más amplia mientras el propietario precisara de mayor ostentación social, sobre todo en una isla donde la madera de calidad había que importarla. En este patio o en un espacio cercano se ubica la escalera de acceso al segundo cuerpo. En el piso superior se localizaban las habitaciones del servicio, los dormitorios principales y otras estancias para la vida cotidiana de los propietarios. Ejemplo de esta última tipología de vivienda es la llamada Casa de los Coroneles en La oliva.

En Tenerife y Gran Canaria los medianos y grandes propietarios rurales vivían o descansaban por temporadas en casas de dos pisos con planta en forma de L con patio delante o en la parte trasera de la vivienda, todas ellas cubiertas con techos de dos o cuatro aguas. En la parte inferior longitudinal de las citadas viviendas se ubicaban las bodegas, almacenes y establos. El acceso al piso superior se realizaba por una escalera externa de piedra con balaustrada de madera cuyo fin fue una galería de madera cubierta o un corredor. Este último tenía como misión servir de conexión con las diferentes estancias superiores, sobresaliendo en su zona central un amplio salón. El patio situado en el centro de la vivienda alberga la cocina y, casi siempre, una huerta de árboles, estando la parte no cultivada recubierta de losa o callao.

También en ambas islas destacan las casas en forma de U alrededor de un patio al cual se asoma una balconada en el piso superior. En la planta baja se localizan entre 6 y 10 cuartos que podían servir desde almacén hasta dormitorio de los criados. Los accesos a la planta alta se realizan por detrás y/o por un lado de la casa mediante una escalera de piedra -de uno o dos tramos- cubierta con armadura de madera. En el piso superior se ubicaban las estancias familiares con cubierta a dos aguas, dando acceso a todas ellas un corredor de madera techado y sostenido por pies derechos de madera o piedra. Las ventanas están enmarcadas regularmente de cantería y con asientos de piedra rectos en la zona interior de las localizadas en el piso superior. Ejemplos de esta tipología de viviendas se encuentran en Hoya Pineda, Valle Guerra o la Isla Baja.

En otros casos las casas han surgido de la suma de edificios erigidos en función de las necesidades establecidas en determinados momentos, desapareciendo el patio como centro distribuidor de la vivienda, pues éste queda reducido a uno o más pequeños espacios abiertos situados entre cada una de las dependencias y las zonas de huertas. Las últimas son en algunos casos las vertebradoras de la construcción o, simplemente, están en un lateral de las edificaciones, tal como se registra en Gran Canaria en Agüimes, Teror -caso de la vivienda de los Manrique- o Tafira -casa del marquesado de Acialcázar-; mientras en Tenerife sobresalen las registradas en Buenavista, Los Silos o las inmediaciones de Garachico.

En otras ocasiones las casas presentan una fachada lineal donde sobresale un balcón techado, poseyendo la vivienda un patio central rectangular en cuyo segundo piso se registra una galería dividida en tres tramos, quedando exento de ésta el ubicado sobre la entrada. En el piso bajo se registran de 8 a 10 dependencias de diverso tamaño, mientras en el superior existe un número parecido de salas, aunque entre ellas destaca un amplio salón emplazado frente a la entrada de la casa. El acceso a estas viviendas se hace por una escalera de cantería situada a un lado del patio y, comúnmente, de un solo tramo. Ejemplo de ello se registra en las nobles viviendas de Argual o Tazacorte en La Palma, así como en varias haciendas de la Isla Baja de Tenerife.

Más complejas son las casas de alto y bajo de la elite económica construidas en las áreas rurales durante el siglo XIX, muchas influidas por modelos foráneos, además de efectuarse otras construcciones donde predomina el eclecticismo o sus formas se ven camufladas ante las numerosas reformas. Así, no es extraño encontrar en Tenerife o La Palma viviendas en forma de L con un patio central o dos de menor tamaño alrededor de los cuales hay una galería distribuidora de 10 ó 12 dependencias, todas volcadas hacia los citados patios. La escalera de acceso se encuentra en el propio patio. El interior de la L da a un traspatio, cerrándose éste con un tapial. Todo ello otorga al conjunto un carácter cuadrado y cúbico. Ejemplo de ello son las casas de la Inquisición de Icod, la del marquesado de la Quinta Roja en Garachico o algunas viviendas localizadas en los alrededores de la ermita de Nuestra Señora de las Nieves en La Palma.



La casa de dos pisos con sobrado

En algunos casos, la vivienda rural del sector de elite podía tener dos pisos con sobrado o tres pisos, casi siempre con un balcón corrido en la última planta, tendiendo a la forma cúbica de elevada altura, si se hace una relación comparativa con las dimensiones del solar.

El primero de los pisos se conforma por dos amplias salas o cuatro estancias destinadas a almacenes, bodegas y establos. En la segunda planta, a la cual se accede desde la puerta de la calle por una escalera de madera o de piedra peraltada, están las estancias comunes como son la cocina con su horno, el salón y la sala de recepción, mientras en el último piso se encuentran los dormitorios distribuidos alrededor de la escalera central o se llega a ellos a través de una escalera exterior cuyo fin es un balcón que sirve de preámbulo a un pequeño pasillo distribuidor del paso a las citadas habitaciones.

Estas viviendas de planta rectangular con o sin patio poseen jardines o huertas cerradas por portadas almenadas, además de tener azotea en algún tramo de la vivienda a la que se accede por una escalera situada en el interior de la segunda planta. Ejemplo de ellas son algunas viviendas ubicada en Argual, Tazacorte, Puntallana o Breña Baja en La Palma. Casos excepcionales son las casas de planta en forma de L en cuyo piso bajo se registran numerosas dependencias para las labores de ganadería y agricultura, además de los consabidos cuartos de estancia para los jornaleros. El acceso a la vivienda se hace a través del patio, situado en la parte trasera. La escalera de cantería cubierta de techo de madera o teja permite subir al piso superior donde, alrededor de este patio, se encuentra la galería que da paso a las habitaciones, despensas y cocina. Al fondo de la galería, en su parte central, se ubica la sala principal flanqueada por los dormitorios, dando los tres a una galería de madera exterior. La localización de las últimas se registra en Tazacorte, cercanías de Santa Cruz de La Palma, Argual o Velhoco.

A fines del siglo XVIII se produce una importante influencia del estilo neoclásico en la construcción de viviendas de dos plantas o altas-sobradadas propiedad del grupo de poder, sobresaliendo éstas por su forma cuadrangular y cúbica y por tener la planta superior en forma de L con visión a un patio rectangular o cuadrado. La fachada principal tiene como peculiaridad la simetría de los huecos, que están adintelados o adquieren la forma de arcos de medio punto que habitualmente cobijan ventanas de guillotina. Los enmarcados de estos huecos pueden construirse en madera o en cantería, destacando siempre un balcón en el centro de la fachada cuyas peculiaridades son sus escasas dimensiones y la elaboración en madera con celosía o en hierro con pasamano de madera. Este tipo de edificaciones se encuentra en Teguise y Arrecife (Lanzarote); Tetir en Fuerteventura; Gáldar, Guía, Teror y Valleseco en Gran Canaria; y en Tenerife La Orotava o algunas haciendas de los alrededores de Tegueste y La Laguna.

Escasos son los ejemplos de influencia neoclásica en la vivienda de dos pisos o con sobrado de la elite rural, destacando por su planta en forma de H cuyos brazos traseros también pueden tener una o dos alturas. Los patios son dos abiertos, de los cuales el delantero muestra la fachada de la vivienda donde es reseñable la simetría de las ventanas con arcos de medio punto o adinteladas, estando éste cubierto de losas, además de registrarse en él de forma regular un aljibe. El patio trasero se encuentra rodeado por el lado de la vivienda con una galería cerrada con ventanas de guillotina, existiendo ejemplos de este tipo de viviendas en Moya e Ingenio en Gran Canaria y La Vegueta en Lanzarote.

En el siglo XIX se introduce con gran profusión la vivienda rural de una o dos alturas de estilo lineal, cubierta de teja a dos aguas sobre una techumbre de madera de par e hilera o par y nudillos. En la planta baja las estancias se destinaban a almacenes, lugar para labores artesanales, comedor y cocina. En la parte alta se encontraban los dormitorios. El sistema constructivo seguía los mismos cánones de la vivienda tradicional, aunque con mayor profusión de la cantería, localizada en la cabecera de los muros y en las esquinas. Se podía acceder directamente a estas viviendas mediante un zaguán que permitía entrar en las dependencias inferiores o subir a través de una escalera a las superiores. En la vivienda se observa una clara simetría en su fachada, usando en ella ventanas rectangulares o con arcos de medio punto, casi siempre encuadradas en cantería. En su fachada podía tener un balcón de madera soportado por pilares del mismo material o realizado en piedra cubierto por la prolongación del alero de la casa; o un balcón que abarcaría algo más que el espacio del vano de acceso a él, donde sobresale su antepecho de hierro forjado Esta última variante se encontraba en los propios núcleos rurales o cercana a éstos, extendiéndose ampliamente por la geografía de Gran Canaria y Tenerife.

En Tejeda, por ejemplo, estas viviendas alcanzan un gran arraigo en los diversos pagos del término, sobresaliendo el empleo de la cantería roja extraída in situ del propio solar, conformado por un espacio de arrife, para la construcción de la vivienda. En la mayoría de los casos todas se elaboraban de sillares rojos dejados a ojos vista o cubiertos por un enjalbegado de barro y cal, para después ser éste albeado en blanco u ocre. Las puertas son de arcos de medio punto o, si están adinteladas, poseen arcos de descarga, estando decoradas las claves con motivos vegetales o geométricos. El edificio siempre es rematado por un techo a dos o cuatro aguas. Los ejemplos de la vivienda de alto y bajo se multiplican en las islas, siendo, como colofón a este somero repaso, las más destacadas por sus dimensiones y funciones adquiridas las del Condado de la Vega Grande en el Castillo del Romeral, hoy desaparecida, y la Casa Fuerte de Adeje con un total de 60 estancias y espacios de huertas distribuidas en algo más de una hectárea de terreno, rodeada la edificación por un muro exterior con almenas. A todos los citados ejemplos se unen otras casas rurales construidas a mediados del siglo XIX donde intervienen aspectos ajenos a las tradiciones constructivas de las islas, pues influyen estilos en auge en Europa arribados a la región mediante planos elaborados por arquitectos foráneos o locales con gran influencia de los modelos europeos. Todas estas viviendas pertenecieron a las familias de la elite socioeconómica, introduciendo el estilo neorrománico, neoárabe o neogótico.



EDIFICIOS AUXILIARES Y OTRAS CONSTRUCCIONES RURALES

A estas tipologías de construcciones relacionadas con el hábitat se unieron numerosas edificaciones y construcciones agrarias donde no sólo primó su funcionabilidad, sino también su simpleza y el escaso valor invertido para su construcción. Se trata de los edificios auxiliares y de producción artesanal, que tuvieron una dispar presencia en cada comarca e isla, según las peculiaridades agropecuarias, las vías de transporte, el desarrollo de las fuerzas productivas y la posición jerárquica ocupada por cada área dentro del sistema complementario económico en cada momento.

Al unísono, dentro de las citadas construcciones se observa la influencia de la tradición heredada aborigen o foránea; la capacidad económica del vecindario; el uso de los materiales más cercanos a la obra, aspecto aún más decisivo que cuando se abordaba la construcción de una vivienda; las necesidades agropastoriles y de silvicultura generadas en cada fase de tiempo; o la evidente influencia de la evolución del mercado de demanda, ya fuera local o regional. En general, tal como sucedía con la vivienda, el estudio de los edificios auxiliares y de producción artesanal registrados en una comarca o localidad durante la fase estudiada indica la evolución histórica, económica y social de ese grupo humano a lo largo del periodo analizado.

Los ingenios azucareros

Entre las edificaciones de mayor interés histórico se encontraron los ingenios azucareros, cuya producción fue uno de los principales motores económicos de las islas desde fines del Cuatrocientos hasta la segunda mitad del Quinientos. Los ingenios se conformaban por un complejo número de edificaciones donde se hacía una considerable inversión en producción, mano de obra y mantenimiento de las estructuras. El conjunto edificado era extenso -casa de calderas, almacenes de azúcar, almacén de la leña, casa de la bagacera, casa de los esclavos, casa de la molienda- y se ubicaba en torno a un amplio patio por donde transitaban las recuas de camellos, las carretas con cañas o pululaban los especialistas en la obtención de las diversas calidades del azúcar.

La mayoría de las edificaciones, según los restos que aún se conservan, eran de planta rectangular, elaboradas de piedras, barro y cal, destinando la cantería a las esquinas de los edificios, y las cubiertas eran techumbres a dos aguas. A ello se unía un complejo entramando de acequias, albercones y tanques de agua para abastecer el propio ingenio y las numerosas tierras dedicadas al cultivo del cañaveral.

En Canarias sobresalieron los ingenios de Los Sauces, Argual y Tazacorte en La Palma; los del Valle de la orotava o Los Realejos en Tenerife; o los de Agaete, Azuaje o Arucas en Gran Canaria, entre más de treinta registrados en la región.

Las tenerías

Edificios artesanales de especial relevancia en el ámbito rural fueron las tenerías, destinadas al curtido del cuero, y los molinos de zumaque, planta cuyo zumo se empleaba en el ablandamiento de las pieles. Las tenerías se ubicaban en las periferias de los núcleos de población a causa del hedor desprendido del adobo de las pieles, multiplicándose las quejas de los vecindarios si se pretendía construir alguna cerca de los núcleos más poblados.

En las tenerías las edificaciones se ubicaban alrededor de un patio en donde se localizaban las tinajas de adobo y lavado de las pieles, destacando el lugar del descarnado, siempre efectuado sobre poyos de piedra, el del estirado de las pieles y el del curtido o secadero. Habitualmente eran edificios de planta cuadrada o rectangular donde la mayoría de las edificaciones internas no poseían paredes y se cubrían con techos a dos aguas.

Los molinos de zumaque eran de escaso porte, conformándose por edificios de planta cuadrada donde, ya mediante fuerza animal o por agua, se movían dos piedras molturadoras del vegetal que permitían obtener el jugo de dicha planta para emplearla en el ablandamiento del cuero. Las tenerías fueron edificios registrados en todas las islas, siendo notables las ubicadas en Teguise, Guía y Arucas o en La Orotava.



Molinos y batanes

A estos edificios se añadieron los molinos harineros y de gofio cuyas piedras fueron movidas por la fuerza animal -molinos de sangre-, el viento o el agua. Los molinos de sangre fueron escasos en las islas, y casi siempre las referencias a ellos se hacen a comienzos de la colonización, aunque no fue extraño que en las épocas donde se registraban calmas de viento se emplearan bestias o camellos para mover las piedras de los molinos, sobre todo en islas como Fuerteventura y Lanzarote.

Los de mayor porte y valor fueron los molinos de viento, con estructuras arquitectónicas de carácter troncocónico, elaboradas de mampostería y rematadas con una cubierta cónica, habitualmente realizada en madera y recubierta de torta y teja. Sus paredes son gruesas, pueden sobrepasar el metro de ancho, a causa de las fuerzas y contrapesos calculados para contrarrestar el movimiento de las aspas. El acceso a su interior se hacía a través de una puerta adintelada que podía encontrarse en el primer piso o en el segundo, accediéndose en este último caso por una escalera de peldaños de madera o de mampostería con barandilla. La pared del último piso estaba atravesada por el eje principal de giro, en cuyos extremos hay una amplia cruz hecha en madera, a la que se añade una serie de traviesas de madera donde se fijan las lonas con cuya fuerza se mueven las aspas.

El movimiento de rotación se trasladaba a las piedras de moler mediante un determinado mecanismo construido también en madera.

Estos molinos estaban conformados por tres pisos, siendo el primero destinado a almacén, el segundo el lugar donde se encuentran las piedras moledoras y mecanismos de molturación, mientras el tercero era donde estaba el engranaje principal del molino. En Lanzarote -Sóo, Tiagua, Tinajo, Arrecife- , Fuerteventura -Antigua, Pájara, Tetir-, Gran Canaria -Vega de Santa Catalina, Barranco Seco, Llanos de Jaraquemada- o Tenerife -La Laguna o Santa Cruz-, fueron habituales sus estructuras hasta el siglo XX. En Fuerteventura y Lanzarote se registró una variante denominada molina, la cual tenía menor dimensión que el anterior, conformada por un edificio de planta cuadrada de un solo piso sobre el cual se construía un entramado de madera cuyo fin era una estructura de cuatro aspas en donde se fijaban las lonas necesarias para su movimiento. La molina tenía un precio inferior al del molino y era propiedad familiar o comunal, aunque en el transcurso del período estudiado cada vez se registró un mayor número de molinas cuyo dueño era un determinado vecino. En Fuerteventura sobresalen las molinas de Valle de ortega, Los Lajares, Antigua, La oliva o Tiscamanita; y en Lanzarote las de Tias, Mácher, Guatiza o Mala.



Los molinos cuyas piedras eran movidas por el efecto del agua se registran en todas las islas salvo en Fuerteventura, Lanzarote y El Hierro, llegándose a contabilizar más de 300 durante el siglo XVIII. En general, eran edificios de planta cuadrada, forma cúbica y espacio distribuido en dos pisos, destinándose el inferior a albergar el aspa cuyo movimiento, gracias a la fuerza motriz del agua, permitía la rotación de las piedras del molino situadas en el piso superior. La mayoría de los molinos tenía una sola molienda, aunque se registran molinos, casi siempre cercanos a núcleos de población con gran demanda de gofio y harina, con dos y tres piedras de molienda.

El molino podía tener una vivienda anexa, la del molinero, o almacenes para depositar el grano, estando cubiertos todos los edificios a una o dos aguas. En La Palma fueron importantes los del barranco de Las Nieves o el barranco de Los Pájaros en Santa Cruz y los del Llano del Molino y el del Regente en Los Sauces; en La Gomera sobresalieron los del barranco de la Villa o el barranco de Hermigua; en Tenerife aún son relevantes el amplio complejo molinero del Valle de La Orotava, los registrados en Los Realejos y en Acentejo; y en Gran Canaria, fueron de gran relevancia los del barranco de Las Palmas, Barranco Seco, barranco de Azuaje o el barranco de Guayadeque.

Los molinos bataneros tenían unas características semejantes a los anteriores, moviéndose los brazos de los ejemplos conocidos en Canarias por la fuerza del agua. Este molino específico servía para abatanar la tela de lana mojada para hacer su trama más densa. Eran edificios de dos pisos cubiertos por azotea plana o tejado a una o dos aguas, donde en el piso inferior se encontraba el aspa y la zona de recepción del agua, para, mediante el engranaje adecuado, transmitir la fuerza motriz al piso superior. En éste se encontraba el batán conformado por dos brazos-mazas, elaborados en madera, cuyos acompasados y alternativos movimientos caían sobre una mesa batanera en cuya zona central existía una cavidad donde se depositaba la tela a abatanar.

Los batanes de los cuales se tienen referencias históricas son los del barranco de Las Palmas, ollería y Tafira en Gran Canaria; los ubicados en los pagos de los Batanes en Anaga; y uno del barranco de Las Nieves en La Palma.

Finalmente, las almazaras o molinos de molturación de la aceituna fueron edificios de planta rectangular y cubiertas planas o a dos aguas, destacando en su interior una zona de molturado -conformada por una base de piedra troncocónica y sobre ella dos piedras cónicas enfrentadas por sus cúspides y atravesadas por un eje de madera-, donde la fuerza era ejercida por animales de tiro. Contaban con almacenes donde se depositaban los sacos y serones de aceitunas y las tinajas para el aceite.

Los molinos aceiteros sobresalieron en la zona de Los olivos en Telde, Temisas y Agüimes.



Edificios relacionados con la producción vitivinícola

Los lagares fueron otras construcciones habituales dentro del paisaje agrario en las islas, siendo común su presencia en el espacio comprendido entre los 200 y los 600 metros de altitud. El lagar se encontraba de forma habitual dentro de un edificio de planta cuadrada o rectangular cubierto por un techo a dos aguas, o podía construirse fuera del ámbito de cualquier edificio principal, cuya techumbre era similar a la anterior conformada por un entramado de madera, torta de barro y teja, todo sostenido por una serie de pies derechos.

El lagar podía estar anexo a las edificaciones principales de la vivienda del propietario, casi siempre, alrededor del patio central del complejo de la vivienda; o aislado, junto a una bodega o separado de ella, en la zona de viñedos. La mayoría están construidos en madera de tea, siendo sus partes fundamentales la tinaja o lagar, el brazo prensil, el durmiente, el tornillo de madera, la piedra de lagar con los caños de salida del mosto, las pocetas y los cascos de recogida. Los hay también de basalto, en bloques, o excavados en tobas como los de Anaga.

Las bodegas fueron edificaciones de planta rectangular alargada, algunas con dimensiones superiores a los 600 metros cuadrados, que podían estar unidas de dos en dos, con cubiertas a dos aguas. Estos edificios eran de una sola planta, elaborados a base de piedras, sillares y barro/cal mezclados con pequeñas piedras, trozos de tejas y maderas. El acceso se hacía a través de una sola puerta o portalón adintelado en su parte central -si era la pared larga de la construcción- o en idéntica posición si era en una de las paredes cortas. Se les construía un escaso número de ventanas, casi siempre rasgadas longitudinalmente, existiendo siempre en ellas rejas.

En áreas cercanas a malpaíses las bodegas se construyeron a base de paredes de piedra seca, procedentes de despedrado de esas mismas tierras, sin argamasa, cubriéndose con techumbres a dos aguas. Los ejemplos son considerables en todas las islas salvo en Fuerteventura, donde las vides fueron siempre testimoniales y destinadas las uvas al consumo en fresco o pasas. En La Palma los lagares salpican aún las zonas de Mazo, Breña Baja, Fuencaliente, Triana, Alcalá, Tacande o Las Manchas; en La Gomera sobresalen Hermigua y Las Rozas; en El Hierro los lugares de Taibique, Tiñor o La Cuesta; en Tenerife son importantes los registrados en Taganana, Ravelo, Genovés, La Mancha y Santa Bárbara; en Gran Canaria destacan los ubicados en Las Arenillas, Lomo Mocanal, El Palmital de Telde, Valle de los Nueve y Los Hoyos; y en Lanzarote son aún de especial relevancia las bodegas y lagares registrados en La Geria, Los Bermejos, Masdache, Conil, Tegoyo, Los Milochos o Tesa.



Hornos de materiales de construcción y menaje del hogar

Los hornos de cal, teja y ladrillo fueron construcciones de una gran importancia -como se ha visto con anterioridad- en el paisaje urbano y rural de las islas hasta hace escasas décadas, caracterizándose los más artesanales por su rápida construcción y estructura simple. Ésta era de forma piramidal, cuyo espacio inferior se conformaba como un hogar donde se introducía la madera, paja, aulagas, etc. para quemar la piedra de cal depositada en la parte alta. Los hornos de ladrillo fueron construidos con unas características parecidas a los anteriores, aunque en éstos el fuego no entraba en contacto con las piezas a cocer, que se depositaban sobre una plataforma construida a base de piedra y barro. En otros casos, eran hornos excavados en el suelo donde se alojaban las maderas y sobre ellas se depositaban las piezas a cocer. Se tapaba todo con una cantidad de madera de similar grosor a la inferior, dejándose enterradas las piezas hasta el total enfriamiento. Los hornos se construían allí donde se demandaba la cal, los ladrillos y las tejas, abandonándose tras incluso utilizar el material de que estaban construidos para la vivienda o la edificación a realizar.

En Gran Canaria los caleros, tejeros y ladrilleros fueron un gremio de especial relevancia, destacando las aglomeraciones de hornos localizadas en la zona de Hornos del Rey, Azuaje, Arinaga, El Calero o el Puerto de las Nieves; en Tenerife sobresalen los hornos de Santa Cruz, Las Teresitas, Arico o Güímar; la isla de La Palma tiene ejemplos significativos en Las Lajitas o Mirca; en Fuerteventura son de destacar los del Puerto del Rosario, El Cotillo, Puerto Lajas, Gran Tarajal o Matas Blancas; mientras en Lanzarote son representativas las aglomeraciones de Teguise, La Tiñosa, Tahíche, Güime o Argana.

La alfarería fue otro tipo de artesanía demandada en la época, siendo labor de mujeres solteras, viudas y con necesidades, aunque, tal como sucede con la figura histórica de Panchito el de la Atalaya, pudo ser también trabajo de algunos hombres. El horno exento y el hoyo para guisar la loza fueron los dos medios habituales para cocer la cerámica del país, la más demanda por los vecindarios de los pueblos a donde iban a venderla sus propios elaboradores.

En Lanzarote fueron famosas las cerámicas elaboradas en el pago de El Mojón; en Fuerteventura destacaron las de Tindaya y Tetir; en Gran Canaria aún se mantienen elaboraciones, ya fuera del contexto de uso, en Hoya de Pineda, La Atalaya de Santa Brígida y Lugarejo de Artenara; en Tenerife fue importante la alfarería de La Victoria de Acentejo, Candelaria y Arguayo; en La Gomera destacan las elaboraciones de las alfareras de Chipude; o en La Palma las de las Breñas.

Los pozos de almacenamiento de nieve

Los pozos para guardar la nieve invernal tuvieron cierta importancia en las islas de realengo durante el período estudiado, abandonándose su uso a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando surgen en la región las industrias productoras de hielo. En general, se ubican en las zonas altas de las islas, utilizándose tanto aberturas y cuevas naturales para el almacenamiento, como pozos excavados ex profeso para acumular allí la recolección hecha tras las precipitaciones níveas. Estos pozos estaban cubiertos, habitualmente, por estructuras de madera trenzadas y tapadas por ramas que eran sostenidas por varios pies derechos. Su interior se excavaba en forma de figura cilíndrica, construyéndose aliviaderos para el agua y, en algunos casos, escaleras trabajadas en la propia roca. Algunos fueron excavados por instituciones de carácter colectivo -Cabildo Catedral de la Diócesis de Canarias, el Cabildo de La Palma- o particulares, estos últimos en Tenerife. En Gran Canaria se registran los de Nido del Cuervo y Pico de Las Nieves; en La Palma el de la Fuente de olén; y en Tenerife sobresalen los de Izaña o los de Arafo, además del natural de la Cueva del Hielo en el Pico del Teide, el más notable de todos los registrados en Canarias.

Las salinas

Las salinas fueron una de las labores artesanales de mayor importancia para las islas, tanto por la necesidad de la sal para la alimentación y la salud del común, como por los dividendos obtenidos de su exportación y su empleo en la conservación de la producción de salpreso. Las salinas podían ser naturales, construidas con piedra y barro sobre zonas de inundación, o las formadas por un conjunto de tajos construidos a los cuales se elevaba el agua a desecar de forma artificial. En todo caso, los tajos o pocetas se ubicaban unos al lado de otros, separados sólo por un estrecho camino destinado a realizar las labores habituales, cuyo conjunto formaba un ajedrezado de mayor o menor extensión. En estas salinas se contabilizaba la casa del salinero, los almacenes de la sal y de los aperos, más las infraestructuras necesarias, según la tipología y forma de la salina, para la conducción de las aguas y la manipulación de la sal. Entre las salinas artesanales más destacadas se encuentran las del Río, Janubio o Los Agujeros en Lanzarote; las ubicadas en el pago de Las Salinas en Fuerteventura; en Gran Canaria se contabilizan las históricas en Bañaderos, Arinaga, Vargas, Tenefé o Las Casillas; en El Hierro se localizan en Timijiraque y en Las Puntas en El Golfo; mientras en La Palma destacan las de Fuencaliente y las de Los Cancajos en Breña Baja-.



Otros edificios destinados a la elaboración de artesanía o abastecimiento a la población

Edificios preindustriales fueron los secaderos de tabaco -construidos a base de paredes de madera y techos pajizos o de hojas de palma-, de planta rectangular o redonda, habituales hasta mediados del siglo XX en la zona de Breña Baja o Santa Cruz de La Palma, o en áreas del norte de Tenerife; los secaderos y almacenes de cochinilla -de planta rectangular alargada o cuadrada, de techos planos o a dos aguas- con escasas y angostas ventanas, típicos de Mala, Guatiza o San Bartolomé de Lanzarote; o las casas de madera de tea cubiertas de ramas, construidas en las zonas boscosas para refugio de resineros, fragueros o carboneros, habituales en los montes de Tenerife, La Palma o Gran Canaria. A ellas se unen los llamados corrales de pajeros -típicos de Fuerteventura y Lanzarote-; los sises, goires, efequenes o almogarenes, es decir, corrales de pastores ubicados en las áreas o vueltas de pastoreo cuya función era la guarda del ganado; hornos de pez; o los silos de grano -cuevas o casas- habitualmente forrados de madera.

Los graneros en las viviendas exentas se ubicaban en el piso superior -allí donde estaban más alejados del suelo húmedo, era más difícil el acceso a los roedores y se encontraban más ventilados- o, si éstos eran construcciones independientes, las edificaciones se caracterizaban por tener escasas ventanas, una sola puerta, estar forrados de madera sus suelos, paredes y techos, además de encontrarse cubiertos a dos aguas. En este último caso los almacenes se localizaban en un segundo piso, estando el inferior destinado a la guarda de aperos de labranza u otro tipo de almacenaje, accediéndose al piso superior por una escalera de cantería o madera.



A los mencionados aljibes se unieron otras construcciones relacionadas con el almacenamiento, conducción y obtención de agua. Entre las primeras sobresalen los hoyos simples, las maretas, los tanques -de madera de tea, tal como se registran en La Palma, o realizados en mampostería- y las cisternas, tan propias de áreas con considerables fases de sequía y lluvias torrenciales como Fuerteventura -Ampuyenta, La oliva, Antigua, Tindaya, Las Pocetas- o Lanzarote -Tahíche, Teseguite, Nazaret, Güime, Muñique, Uga-.

La conducción y transporte del agua en las islas ha ocasionado un considerable volumen de inversión en la creación de una densa red de acequias, albercones, acueductos construidos en piedra o madera y registros de agua establecidos por las heredades, cuya singularidad aún no ha tenido el suficiente reconocimiento. A ellos se unen las numerosas fuentes naturales o los abrevaderos labrados en piedra que salpican la geografía, así como los desembolsos y esfuerzos desarrollados en la captación de aguas con técnicas precarias -un gran esfuerzo humano y notables contratiempos generados por accidentes y muertes-, siendo ejemplo de ellos los pozos, galerías o alumbramientos de aguas.

A todas estas construcciones se añaden otras de menor inversión aunque no por ello menos importantes para la vida cotidiana y economía rural, como fueron los gallineros, los alpendres, las vaquerías, los palomares, los chiqueros, los secaderos de pescado, los colmenares, los ahumaderos de quesos y pescado, las fondas y mesones de caminos - de tanta consideración durante la Modernidad, tal como acontecía en Gran Canaria con los localizados en San Andrés, Trasmontaña de Arucas o Tafira-, las casetas del fielato -situadas a las entradas de las principales urbes, todas ellas elaboradas de madera con techumbres a dos aguas, cuyo tamaño minúsculo se multiplicaba con la suma de sus almacenes-, cuadras-cocheras, o talleres de diversas artesanías. Las casas de postas se encontraban situadas a la vera de las principales vías de comunicación, sobre todo en los cruces de mayor relevancia. Las referencias sobre estas construcciones se localizan en Tenerife y Gran Canaria, aunque debieron de existir en casi todas las islas. En ellas sobresalían el patio y las cuadras, allí donde se hacía el intercambio de recuas, además de aposentos, bodegas o almacenes para guardar la paja para el ganado de tiro. La casa de postas de Ingenio (Gran Canaria) presenta un amplio patio rectangular lateral al que se accede por un amplio portalón que da a una de las principales vías de comunicación entre la localidad de Agüimes, Telde y el sur de Gran Canaria. La vivienda es de dos pisos, destacando en su planta inferior la bodega, cobertizo, almacenes y cuadra.

Las casas de camineros comenzaron a edificarse en Canarias en las primeras décadas del siglo XIX, utilizándose de lugares de estancia y almacenes de materiales para los peones camineros. Su estilo es similar al registrado en algunas áreas de la península, predominando la planta rectangular; amplias dimensiones; techumbre a dos aguas -en el sentido de la fachada-; cubierta de tejas; tres huecos en la fachada principal, dos ventanas rectangulares y una puerta; enjalbegado en su parte superior y con una lista inferior de colores vivos (azul, verde).

Otras, aunque no sean ni casas ni anexos de ellas, se muestran como elementos fundamentales para evaluar y entender el esfuerzo socioeconómico en el cual se basó un periodo agropecuario cuyos ecos se van perdiendo a pasos agigantados. Ilustrativos son los miles de kilómetros de paredes de piedra seca construidas de división de terrenos; las realizadas para la contención de tierras de los cercados y bocados tomados al monte; los cantos y piedras empleados en los caminos reales y puentes; o el arduo trabajo plasmado en las numerosas infraestructuras de nateros o gavias.

Las eras son un último ejemplo a destacar dentro de las variadas tipologías de inversiones en la construcción de bienes inmuebles productivos. Estas construcciones son, ante todo, acondicionamientos y delimitación de terrenos para efectuar en ellas la trilla, aventar el cereal y su ensacado. La elección del terreno es importante pues debe estar en una zona de arrife cercana a los terrenos de cultivos o vías de fácil acceso para los animales. La primera labor es de desbastado y nivelación del terreno para, según la capacidad de los propietarios, enlosarse, ponerle callaos o, simplemente, apisonarse la tierra. Posteriormente se delimitaba por rebordes de piedra irregulares, sillares o meras piedras hincadas. Cercanas a ellas se encontraban cuartos de aperos, casi siempre de planta cuadrada o rectangular, donde se guardaban las horquetas, trillos o arneses de los animales de tiro. Antes de cada zafra las eras se barrían concienzudamente y se acondicionaban los pisos. Las dimensiones de las eras eran muy variadas, según el peso del cereal dentro de la economía local, siendo las más amplias las localizadas en Fuerteventura, Lanzarote y el sur de las islas. En algunas localidades, tal como se muestra en la foto adjunta, se registran conjuntos de eras próximas entre sí que permiten comprobar la notable intensidad de la labor agrícola cerealera en el lugar.



CONCLUSIONES

La cultura canaria se ha construido con las tradiciones aportadas por todos los grupos humanos arribados a la región desde los primeros momentos de la antropización de las islas, acumulándose y transformándose mediante un prolongado proceso de acrisolamiento, aculturación y eclecticismo. En el archipiélago la población, durante buena parte de su historia, fue, ante todo, rural, pues ésta hasta comienzos del siglo XX representó más del 80 % de los efectivos demográficos. No es posible entender la historia, tradiciones y cultura canarias sin antes comprender este amplio sector que hasta fechas recientes quedó eclipsado frente a los exhaustivos estudios del ámbito urbano. El hábitat rural aún carece de un análisis en profundidad capaz de recobrar una parte del patrimonio que día a día se destruye, ya sea por la ignorancia, la especulación o la incuria de los responsables de frenar tales desaguisados.

Evidentemente, una de las vías más importantes para intentar dar los primeros pasos en la recuperación social de este patrimonio es determinar los parámetros básicos y las líneas legales-técnicas de actuación. Es necesario conocer, delimitar, estudiar y saber actuar sobre los relictos patrimoniales que aún quedan, convirtiéndose en objetivo prioritario comprender la evolución histórica del paisaje rural, de la vivienda y de las formas de antropización en cada comarca de la región desde su génesis hasta la actualidad para poder entender el conjunto de ideas representadas. En este somero resumen se ha podido apreciar la extensión, variedad y singularidad del patrimonio existente en las islas, muchas veces desconocido para los propios vecinos, pero de un evidente interés científico-antropológico al indicar los procesos de cambio de mentalidad registrados en nuestra región en las últimas generaciones. En todo caso, la vivienda rural es una de las escasas muestras de la historia de una parte de la población, cuyo mayor logro fue mantener viva, pese a las adversas condiciones, una parte de su legado vital y del acervo histórico heredado. En la actualidad, de ese pasado sólo nos queda una foto fija sobre un amplio y complejo proceso de transformación, distorsionando esta sucesión de añadidos -de imágenes superpuestas- el concepto tipológico, funcional, social y, quizá, real de la vivienda rural.


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