RINCONES DEL ATLÁNTICO: TERRITORIO Y COMPROMISO

Invitación presentación Gran Canaria 2010 Rinc

Texto que leyó Faustino García Márquez en la presentación de Rincones del Atlántico el día 14 de Julio de 2010 en la Casa de Colón en Las Palmas de Gran Canaria.

Faustino García Márquez

RINCONES DEL ATLÁNTICO: TERRITORIO Y COMPROMISO

Hace 50 ó 60 años, en una época que mis irrespetuosos nietos ubican más o menos en el Jurásico Superior, la ropa tenía la condenada manía de encoger al lavarla. Y había que lavarla muchas veces, no solo porque entonces el mundo estaba lleno de tierra y barro y matos y bichos y otras cosas maravillosamente sucias, sino porque esa ropa tenían que heredarla, entre amulamientos y rezongos, nuestros hermanos menores. Para contrarrestar la merma, nos la compraban bien grande, y los primeros meses íbamos flotando dentro de nuestras camisas de popelín y teníamos que apretarnos el cinturón hasta la asfixia para evitar imprevistos deslizamientos pantaloneros. Lo que no sabíamos entonces es que el mundo, nuestro mundo, también encogía, y que ese mundo también tenían que heredarlo nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos.

La isla.
No sabíamos que el inmenso territorio de nuestra infancia y juventud, que creíamos que era del mejor género existente, iba a mermar de forma tan descarada. Los largos viajes en un deslumbrante Willis Knight de 1935 desde Bravo Murillo a la Vuelta de los Tarajales para jugar entre las plataneras y ver las vacas nos daban una idea de su extensión, pero no eran nada comparados con la agónica excursión en coche de hora a la Fuente Agria y la interminable expedición de descubrimiento y conquista del Oasis y la Charca de Maspalomas, con permiso del señor conde.
Sin embargo, a lo largo de los últimos decenios, se fueron asfaltando las pistas que quedaban, y aparecieron autovías, autopistas, túneles y puentes. Cada vez podíamos vivir más lejos, ir más deprisa, llegar más pronto, al menos hasta que fuéramos tantos los que nos habíamos ido a vivir más lejos, que ya la carretera, la autovía y la autopista no dieran abasto y los atascos empezaran a robar tiempo y votos, y entonces aparecían los nuevos carriles, túneles, puentes, trenes que nos permitían vivir aún más lejos, ir más deprisa, llegar más pronto, hasta que fuéramos tantos que … y así una y otra vez, atrapados en este devastador círculo vicioso.
Y en esa carrera contra el tiempo y el espacio, se nos encogió brutalmente la isla. La Vuelta de los Tarajales, la Fuente Agria y hasta Maspalomas, desaparecieron del imaginario épico y descendieron, con la Unión Deportiva, al insustancial lugar cotidiano. El paisaje se comprimió a toda velocidad, al pasar desde los 30 a los 120 kilómetros por hora, y se limitó a un fugaz vistazo a la franja inmediata, a uno y otro lado de la autopista, y a la borrosa presencia de la cumbre como telón de fondo. Tanto mermó, que algunos creyeron que, en este viaje, la isla no solo había encogido, sino desaparecido; se había quedado en unas cintas negras de asfalto y hormigón, unos bloques edificados y un suelo arrasado.

La revista.
Pero entonces un amigo me dijo que había salido una extraña revista, una brillante y hermosa publicación. De natural incrédulo, me puse a buscarla y la vine a encontrar, por arte del diablo, justamente en el kiosco de la estación de guaguas. Cuando llegué a casa, con mi salomónica columna vertebral bastante perjudicada por el peso de la cosa, me puse a ojearla y comprendí el por qué de su singular nombre, Rincones del Atlántico. Porque la revista se dedicaba justamente a mostrar que la isla se había encogido, comprimido, pero seguía allí; solo que ahora sus esencias, sus presencias, sus paisajes, se ocultaban en sus más eróticos pliegues, en sus más recónditos rincones, y de allí los iba sacando cada artículo, cada foto, para permitir saborearlos página a página, una y otra vez.
Pero la revista no se limitaba a mostrar impúdicamente la belleza olvidada, plegada o escondida, sino que se implicaba, se comprometía con esa hermosura; tomaba partido por el paisaje y el patrimonio, tal como declaraba su propio subtítulo de “publicación para la difusión del conocimiento, la valorización y la protección del paisaje y del patrimonio”. Así ha seguido, ofreciendo la visión más consciente, completa y atractiva del territorio, con una edición cuidadosa y mimada, fotos deslumbrantes y una agradable tipografía. En éste número 6, los temas patrimoniales, paisajísticos y territoriales ocupan una parte sustantiva de la cincuentena de artículos que contiene; el anterior número 5 y el próximo número 7, con formato de auténtico y magnífico libro en dos tomos, se dedican íntegramente a la arquitectura tradicional en el medio rural canario, bajo el título común de arquitectura y paisaje.
A pesar de las diferencias de temas, autores, enfoques y sensibilidades, late en los artículos de todos los números un pulso común. El pulso del compromiso, el latido del amor a la tierra, la palpitación ante una realidad insatisfactoria. Si tras leerlos, no sienten ustedes un estremecimiento en el alma, unas ganas incontenibles de cambiar la vida, de salir y sentir el paisaje, de comprender y recorrer el territorio, si no sienten nada de ésto, les expreso mi más sentido pésame y lamento comunicarles que están ustedes completamente muertos.

El territorio.
Y no estamos aquí para velorios. Sin catastrofismos ni alarmismos, estamos en un momento especialmente crítico de nuestra historia, un momento que se denota, más que en ninguna otra dimensión de nuestra realidad, en el territorio. Un solo dato puede darnos idea: en Lanzarote, Tenerife y La Gomera, en quince años, desde 1987 a 2002, hemos invadido con edificaciones e infraestructuras más de la mitad del suelo que habíamos ocupado desde la llegada de los europeos. En Fuerteventura, hemos construido, en ese corto plazo, casi el doble del suelo utilizado en los 600 años anteriores. Somos la generación con mayor capacidad de destrucción territorial de la historia de Canarias, y lo estamos demostrando día a día, obra a obra, ley a ley.
No somos conscientes de nuestros límites y de los límites de nuestro territorio. No nos conformamos con esparcir nuestras viviendas, nuestras urbanizaciones, nuestros centros comerciales, nuestras infraestructuras. No nos saciamos con dejar nuestra huella indeleble en el paisaje natural, rural y urbano, con destruir el patrimonio arquitectónico y etnográfico de siglos, sino que abandonamos la agricultura, reducimos año a año la superficie cultivada, primamos las importaciones y exportaciones sobre la producción propia, y así, aumentamos cada día la dimensión posible de un evento catastrófico que el cambio climático hace más probable.
El principal problema de nuestro territorio somos nosotros, los que no lo amamos, los que no nos implicamos en su defensa, los que elegimos a unos políticos corruptos, incapaces o insensibles que nos dan coartadas protectoras y leyes destructoras, que se empeñan en avanzar en contraflecha, siempre hacia el hormigón y la depredación, contra las especies y espacios protegidos, a costa del dominio público del litoral, a favor de los infractores y en contra de la legalidad. Y si hay un negocio inmobiliario difícil de vender, llaman a una o varias estrellas del show bussiness arquitectónico mundial, para que les hagan la ola y un banal lifting urbano. Y si alguien les dice que van desnudos, con las ilegalidades al aire, protestan airadamente por el daño que hacen a las islas tales denuncias, que no los vergonzosos colgajos, y piden a gritos una mordaza.

El futuro.
Pero no nos queda tiempo para machangadas. El destrozo del territorio avanza y el cambio climático también. No podemos permitirnos el lujo de creer que no hay remedio, que detrás de este Berriel vendrán otros Berrieles, hasta el infinito y más allá. No hay sitio para la resignación, para la añoranza ni para la magua; tenemos que hacer un montón de cosas, desde la implacable fuerza que da la serenidad, la convicción, la voluntad y el conocimiento.
Y aquí vuelve el ejemplo y el compromiso de Rincones del Atlántico. Sin ruido, pacífica, tranquila, amable y tenazmente, Rincones lleva siete años formando, instruyendo, creando opinión, construyendo un hermoso espacio de reflexión y comunicación. A sus lectores nos toca ilusionar, consolidar, mover, extender, elevar, empujar, desplazar, implicar e implicarnos. Este es nuestro mundo, nuestro territorio, y no podemos mantenernos al margen.
Tenemos en este mismo número el ejemplo de la implicación de Rojas Fariñas y Enrique Sventenius; nos falta en esta sala la enorme, afable e incansable presencia de Jaime O’Shanahan, como nos falta en Lanzarote la presencia de José Saramago, el hombre que podía haber pasado por las islas como un extranjero más, aislado en una campana de cristal, ajeno a todo ruido externo, creando, y prefirió implicarse, levantar la voz contra la desigualdad, la ilegalidad, la corrupción y el destrozo del paisaje y del territorio canario.
Tenemos la inestimable ayuda de Rincones del Atlántico, contamos con el empeño, la voluntad, la destreza y el amor hacia su propia tierra de Daniel Fernández, que hace posible el milagro de que cada año se nos aparezca Rincones en lo alto de una humilde estantería, aunque sin pastorcitos cantando, que le darían un aire más rural y devoto. Cómprenla, hojéenla, manoséenla sin el menor pudor, morosa y amorosamente y cuando la terminen, sean consecuentes: pónganse en pié, implíquense, exijan. Y así sabremos que ustedes no están muertos, y nuestra isla tampoco.

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